Zapotillo y otras fronteras

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Hay que abrir bien los ojos: en la oscuridad, apenas se distinguen las palmeras de plátano que bordean el sendero en medio de la chacra familiar. El olor a ajo, naranja y hierbas inunda el lugar. Al final del camino, una mujer desentierra algo, usando una pala grande que produce un ruido metálico… una y otra vez. Es el único sonido que corta el silencio en medio de la noche cerrada de Zapotillo. Parecería alguna brujería. Pero es magia pura.

Doña Elvia deja la pala de lado. Cuidadosamente, retira primero las hojas de plátano que rodean una pesada lata, luego la levanta. El olor se vuelve aún más fuerte mientras las brasas, colocadas dentro del agujero en la tierra, no paran de crepitar. Elvia saca una olla y la lleva de regreso por el sendero hasta la casa. Los platos colocados sobre la mesa a la expectativa, al igual que la gente sentada alrededor. Con mano de madre, reparte el contenido de la olla en partes iguales: el Chivo al Hueco está servido.

El sabor de este plato tradicional de la zona –cuya receta se ha pasado de abuela a madre y de madre a hija— es indescriptible. Doña Elvia confiesa uno de los secretos: mientras el ganacho (perro guardián) los cuida, los chivos se alimentan solo de semillas de faique. Sólo así la carne no tiene tufo.

Plaza central de Zapotillo

A esta zona se la conoce como la tierra de los Guayacanes, debido al espectáculo que brindan estos árboles cuando florecen: todo el paisaje se torna amarillo, como salido de un cuento fantástico. Dado que Zapotillo es una zona de bosque seco, el resto del año el paisaje se mantiene lleno de troncos con espinas, cascadas secas en verano y desbordantes en invierno, serpientes equis y la peor amenaza de todas: el “lión”, como se le dice localmente al puma.

En la zona de Cazaderos (también hogar del Chivo al Hueco) está el Berraco. Él no es exactamente amistoso. Como dice don Rufino Gallo –quien lo conoce desde hace mucho– “él es prejuicioso”. Llegar hasta él no es fácil, hay que andar con cuidado: uno confunde el camino con los pantanos. Don Rufino golpea el agua con su machete gritando “Berraco” una y otra vez. A veces solo y a veces acompañado de la hembra. Es un caimán de 2 metros de largo y ojos hipnotizantes. Los perros de don Rufino ladran y se mantienen atentos, siempre detrás de su dueño, batiendo sus colas.

A siete kilometros de la ciudad de Zapotillo (aquí recomendamos el restaurante Los Yahayros, con platos a la carta con un toque costeño) se puede disfrutar del Balneario del Inca en Mangahurco (ubicado a 25 km de Cazaderos), tres piscinas circulares formadas por el desgaste de las rocas. Existen también piscinas naturales vía a El Limo, en el camino que conecta Mangahurco con Puyango (a 80 km de distancia, de los cuales sólo 16 km están asfaltados), un lugar ideal para hacer senderismo en caminos de lodo rodeados de lagunas cristalinas y fósiles.

Un lugar imperdible en El Limo: el Bosque de Marfil o Bosque Blanco. Se trata de 200 hectáreas protegidas de palma de Cade, de la cual  se extrae la tagua.

Estos fósiles son el abreboca para lo que espera en Puyango y su Bosque Petrificado, 2659 hectáreas lleno de yacimientos fósiles marinos, árboles enormes y madera hecha piedra. Guarda restos de entre 65 y 120 millones de años, propios del período Cretácico. Está ubicado a 45 minutos de la ciudad de Alamor, entre las provincias de El Oro y Loja, quienes alternan su administración cada dos años.

Este es el detalle más curioso sobre este bosque: a diferencia de otros bosque petrificados existentes en las Américas, en este todavía hay vida: hay restos de araucarias de hace 65 millones de años, ubicados junto a enormes petrinos que requieren de los brazos de seis personas para poderlos rodear. El contraste entre lagartijas amarillas de cola turquesa, ardillas y tímidos venados junto a hojas y almejas fósiles es el baile perfecto entre la vida y la muerte.

Visiones del bosque petrificado de Puyango.

A una hora de aquí –pasando por Alamor– está Pindal, lugar por el que pasan todas las principales carreteras de la zona. Al ser un sitio de paso obligado, es importante recomendar la Hostería B&Z como el lugar ideal para descansar, juntar fuerzas, relajarse, dormir y comer antes de continuar con el viaje. Cuenta con piscina, espacios de recreación y un excelente servicio. Se encuentra en la Troncal Costa, junto a las Piscinas Naturales (donde se puede disfrutar de hermosas cascadas rodeadas de un paisaje impresionante). Entrar en estas aguas, escuchar las cascadas, sentir el sol sobre la piel y dejarse ser es, sin duda, una experiencia que agradecen cuerpo y alma.

En dirección este desde Pindal está Celica. En cuestión de 30 minutos se pasa de un entorno de costa a uno de sierra, con ceibos que se mezclan con el maíz; la temperatura desciende y el paisaje se vuelve verde.

A Celica la llaman “La Celestial”. Este apelativo cobra sentido cuando se visita la Puerta del Viento, el cerro Huayrapungo, lugar donde se levanta la placa conmemorativa del accidente donde murió el recordado presidente Jaime Roldós (1981). Aquí se puede encontrar una réplica de su último discurso.

NAUN BRIONES

Nació en Cangonamá en 1912, estableció su casa en Sozoranga. Amó sin fronteras la tierra y toda la provincia. Protegió y luchó por defender los derechos de los campesinos pobres. Fue muerto en 1935 por los militares que lo perseguían, cuando un explosivo borró del planeta parte de la cueva donde se escondía junto a dos de sus amigos. Su delito fue robar a los ricos y, según dicen, repartir el botín entre los pobres. Aprendió de los mejores: fue cercano al Águila Quiteña, al Chivo Blanco y al Pajarito, todos famosos bandoleros de la época. Naun Briones, el Robin Hood ecuatoriano, sigue cabalgando en las historias que cuenta la gente, en los secretos que oculta la tierra. Su figura de redentor en una época de grandes hacendados y desigualdades aun más graves lo convierte, de alguna manera, en un provocador, un reivindicador, un justiciero. De hecho, una de las obras literarias ecuatorianas más importantes del fin del siglo pasado relata su historia magníficamente: Polvo y Ceniza del lojano Eliécer Cárdenas. La paradoja de Naun, en todo caso, es trascendental: el deseo de cambiar las reglas del juego en un mundo en el que los más vulnerables son siempre los vencidos.

Atardece y mientras el sol cae, las nubes pasan en segundos del dorado al malva. Mientras el gran astro toca la línea del horizonte, justo al frente se levanta la luna, un cielo que se extiende con fabulosa armonía y por un momento, rey y reina, coronan la inmensidad. Mientras el cerro se mantiene en silencio, batallones de nubes lo rodean todo, haciendo del Huayrapungo una suerte de balcón planetario. En Celica también está el lugar donde el tiempo no tiene espacio: los Megalitos de Quillusara. Un rótulo abre paso hacia varios círculos contiguos conformados por piedras, algunos con una de ellas en el centro y otros no. Se sospecha que estas formaciones –cuyos tamaños varían entre 50 centímetros y 3 metros– eran lugares ceremoniales para las culturas antiguas.

Algunas llevan inscritos petroglifos que aún no han sido descifrados; otros tienen curiosas formas que recuerdan a iguanas y a hombres. Apuntan todas hacia el sureste y hacia el noroeste y entre los círculos hay un sendero marcado por piedras blancas a ambos lados. Aquí el silencio habla, casi como si el viento le preguntara al corazón qué memoria antigua recuerda sólo con pararse entre estos gigantes milenarios.

Entrados en gastos, hay que darle un buen final a esta aventura: el ceviche de carne de Macará. Sí, lo leyeron bien. Esta ruta empezó con un plato fascinante y se cierra con otro. A 63 kilómetros de Celica, sobre la vía principal hasta El Empalme donde se toma el desvío hacia la derecha hasta Macará. En el mercado central está doña Alcira Rodríguez, y su Cevichería Alcirita (puesto #5) que prepara este plato típico de la zona. Se trata de lomo o bola cecinada, auchada (quemada en baño maría) y curtida con limón, culantro y cebolla. La textura de la carne no se compara con cualquier otra preparación que hayas probado antes.

Las piscinas de Pindal

Terminado el viaje por tierras silvestres, cada quien es libre de tomar la ruta que desee. Sin embargo, tenemos una recomendación. Se toma la vía principal que conecta Macará-Sozoranga-Cariamanga-Gonzanamá. En este trayecto, según cuentan los locales, transita la muerte. Se esconde en los cerros y a veces acompaña a los conductores, quienes saben que si de repente sienten mucho frío, deben concentrarse en el camino y no regresar a ver para evitar un accidente.

Al llegar a Gonzanamá, se toma el desvío por la vía de segundo orden que conecta Gonzanamá y Malacatos, pasando por Purunuma, de preferencia al atardecer, conectando con Vilcabamba.

Al avanzar por la carretera, parece que se corre algún velo en el paisaje y queda al descubierto una visión capaz de dejar sin aliento a quien tiene la suerte de verlo: los montes y cerros que conforman el noreste de Loja pueden verse desde aquí. Ante semejante visión de grandeza, sólo queda recordar lo ínfimos que somos, mientras el viento parece citar las palabras de Fabrizio Caramagna, escritor de aforismos: “Algunos lugares son un enigma. Otros, una explicación”.

Fotografía: Jorge Vinueza

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