Vuelta larga hasta El Cisne

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Las pendientes que se despeñan de la vía parecen buscar el mero centro de la Tierra y ya lejanas vuelven a surgir del otro lado, abrumadas por sus propias formas, cayendo una sobre otra como bultos inmensos. El panorama es difícil de olvidar. Avanzamos sobre una especie única de culebra polvorienta y los pueblos que nacen del camino son como solitarios suspiros que nadie escucha. Una inquietud menos poética: ¿somos los únicos aquí? 

Debajo de la capa de tierra seca que se arremolina con cualquier soplido, siguen impregnadas las huellas devotas de las pisadas que cada año cargan su fe hasta El Cisne y su Virgen, la más famosa de esta parte del mundo. El pueblo de El Cisne, donde descansa el ícono religioso la mayor parte del año, es un hito en las postrimerías del paisaje, lo más parecido a un destino final de esta aventura. Pero no por ello podemos dejar de explorar.

Saliendo de Loja, antes de seguir hacia Catamayo, tomamos la vía que se bifurca al norte, hacia Cera. Nos engaña con su asfalto y anchura, pero, en poco tiempo, revela su verdadera naturaleza, una realidad de vericuetos, de caseríos ocultos, suspendidos en peñascos, de lastre y piedra…

Cerámica en vez de hojas, en cera.

Una serie de árboles de ramas sin hojas son curiosamente decoradas con grandes cuencos y ollas de barro. Anuncian la llegada a Cera. Uno de los árboles más imponentes, marcando el caminito de subida a Santiago —el que puedes tomar si buscas un atajo a Saraguro —es estratégicamente el mejor ubicado para conocer este quehacer. Pero hay varios lugares en la vía y en el pueblo. Avanzando hacia Taquil, nos internamos en zona agrícola. El pueblo viene experimentando novedades, un flamante sistema de agua potable y la nueva cancha de fútbol-basquet donde los goles y aros son bendecidos por la imponente iglesia amarilla que se levanta a sus espaldas.

La zona es parte del atractivo de Hacienda Gonzabal, ubicada a pocos minutos de Taquil. El desvío a este acogedor alojamiento te desafía a hacer lo que has temido hasta este punto: seguir las vetas del barranco y bajar… pero la recompensa es irresistible.

Vista de Chuquiribamba al atardecer.

En el barrio de Cachipamba, pasando Cera, María Luzmila Pillajo, ceramista desde que su madre le enseño, realiza hasta cuarenta piezas al día. Si la visitas, podrás ver como transforma en no más de un minuto trozos amorfos de tierra, midiendo al ojo lo que necesita, en cuencos, jarrones y ajiceras. También ha incorporado una técnica para crear piezas negras, restregándolas con aserrín cuando salen calientitas del horno.

Siguiendo adelante está Chantaco, un pueblo misterioso, llamativo desde el instante que llegas, con dos bonitas puertas de metal (no basta la puerta de entrada, porque hay una de salida también). Preciosas casas de teja y un hermoso parque central lo hacen muy fotogénico, un lugar que te invita a pasearte con un helado en mano (hay una tienda en la entrada del pueblo).

Nos damos cuenta que la arquitectura se ha ido transformando. Lo que era, al inicio, un par de casas de tapial entre mucho hormigón armado, ahora es un estilo que comienza a dominar el paisaje hasta llegar a su fuente, la parroquia de Chuquiribamba. Casi todas las casas aquí revelan al menos una pared de tierra maciza sin pintar. Si no fuera por la costumbre de decorar las fachadas de colores, el lugar sería un reino de barro. La capacidad de conservar esta arquitectura tradicional fue, sin duda, uno de los motivos para declarar al pueblo Patrimonio Cultural del Ecuador en 2013. Pero los chuquiribambenses se enorgullecen de muchas cosas: de sus cuyes, de sus músicos, de sus coladas con panela y zambo, de su agricultura libre de químicos, de su horchata (la marca “Lojana” tiene su fábrica en los barrios altos del pueblo y produce el té aromático con más de veinticinco ingredientes). Descubrimos los “kekes”, pancitos dulces, y sus “puntas” (alcohol) con “agüita” (horchata), un aperitivo abridor que puedes pedirle a don Guille en su tienda.

Casas de adobe y soportales de madera.

Desde ciertos ángulos, en la parte alta de Chuquiribamba, uno ya vislumbra la inmensidad del atractivo principal de El Cisne: su espectacular basílica y “campo mariano”. Nos estamos acercando, pero pasamos primero por el humilde poblado de Gualel con su “larga” iglesia de tejas, su nuevo mercado con bonitas puertas pintadas y callecitas de tierra con viviendas de tierra y huertos familiares…

El Cisne, el pueblo eje de estas montañas, está dominado por las masivas construcciones religiosas, pintadas celeste con blanco, que afirman la devoción espiritual de la provincia. Lucen curváceas y femeninas, o cuadradas y señoriales, según el ángulo en que las mires. Aquí duerme, como princesa, la mimada “Churonita” (el nombre que con cariño le han legado los pobladores). Si tienes tiempo, visita el museo y la torre de reloj o continúa tu “ruta religiosa” poca distancia, en dirección a San Pedro de La Bendita, hasta “Agua del Milagro”, otra pomposa construcción de muros escalonados y balcones, donde fieles llegan a presenciar (y comprar) el agua milagrosa que mana del lugar y que habría famosamente socorrido a un peregrino sediento allá por el año 1800. Le faltaba poco para llegar a su destino, pero la sed y el cansancio no le permitieron seguir. Supo invocar a la Churona y en el sitio Ella produjo una fuente natural que, hasta el día de hoy, continúa vertiendo agua. ¡No es cualquier milagro, lo avala la Iglesia Católica!

Detalles neo-góticos.

La vuelta completa a Loja se cierra en Catamayo, o La Toma, como le dicen los propios. Este valle de cañaverales y eterno sol se extiende a lo lejos, brindando gran luminosidad al paisaje. El Coliseo de Gallos “El Ruiseñor” es lugar de encuentro y expectativa para locales y visitantes, y siendo tierra de la caña, es imperativo probar, en el centro, las roscas de viento con azúcar. Puedes visitar el Ingenio Azucarero Monterrey, símbolo de crecimiento comercial de la región (p. xxx) y existe una aventura más, en la parroquia de San José, al noroeste del cantón: la Cueva del Diablo, donde podrás subirte a sus enormes piedras. Según cuentan, aquí vienen a vender sus almas a cambio de bolsas de oro.

Si el hambre ataca, nada como las cecinas que se preparan al frente del terminal terrestre de Catamayo que se disfruta con yuca y cebolla encurtida.

Qué ver:

Ceramistas en Cera; el pueblito de Chantaco y Chuquiribamba; Hacienda Gonzabal; el museo y templos de la Virgen del Cisne; Agua del Milagro; Ingenio Monterrey y la Gallera El Ruiseñor en Catamayo; Cueva de Shiriguana.

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