Vilcabamba, retazos de paraíso

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Como todo en la provincia de Loja, Vilcabamba tiene para una edición entera y a decir de nuestra amiga vilcabambense Elvia Delgado, “¡se le vendería como pan caliente!”. Es un orgullo profundo el que siente, casi como si hablara de un país… Sólo que es un pueblito: desde cualquiera de sus miradores, un conjunto de casas que caben en una mano.

A Elvia la encontramos ayudando a su hija en la ferretería. Le gusta hacerlo. Pero, cuando se trata de mostrar el terruño, no hay nada que la anime más. Y para eso estamos aquí. Para que nos lleven a conocer. Se le iluminan los ojos. En instantes la lista de lugares se multiplica. Llama a amigos por el celular. Al Chino le dice que se cruce de inmediato; al señor Vivanco le promete que estaremos a la hora del ordeño; al muchacho que hace caminatas no lo ubica, pero no importa, el menú para los tres días ya está copado: ancianitos en Tumianuma, la Sra. Clayton en su casa en la montaña, los primeros gringos de Neverland, los nuevos gringos de Chambalabamba, la señora que cura con barro sagrado de la montaña…

“¿Ya se fueron para Montesueños?” No, tampoco estaba en nuestra lista. “Es el mejor lugar para ver al Mandango,” explica. Ubicado al frente de este cerro-ícono del pueblo, cuya forma rocosa no puede ser sino la leyenda de un gigante que decidió echarse a dormir sobre la montaña, Montesueños revela un secreto: Mandango también es mujer. ¿Un cerro hermafrodita?

Paredes pintadas.

Habíamos llegado a Vilcabamba la noche anterior, el primer día de fiestas patronales, cuando salen los ecuatorianos a bailar frente al castillo y se esfuman los gringos como gatos ahuyentados por la bulla. En todo otro momento, el pueblo tranquilo es su dominio, jubilados de muchas partes del mundo que guerrean con el español en las tiendas y se dan por vencidos fácilmente, socorridos por los locales que aquí ya saben suficiente inglés como para solucionar problemas. A veces, uno imagina, incluso, que este pañuelo podría tener de capital del mundo.

Esa primera mañana fuimos testigos de la segunda edición de la Carrera de Longevos. Participaron cinco y llegaron a paso ligero. Muestras de longevidad en Vilcabamba, claro, están en todas partes: en pancartas y carteles, murales e ilustraciones en las paredes, en las botellas de agua, en las cajetillas de cigarrillos… Todos están al tanto de que hay un atractivo en verlos de cerca a los “longevos”, como buscando celebridades en Los Ángeles. Y muchas veces crees estar frente a ellos en el parque. Pero Elvia nos asegura que no son los de verdad… Esos son los “niñitos”. Los llama así porque tienen sesenta, setenta años a lo más… “Los verdaderos están por adentro,” indica con misterio, lanzando la mano hacia la quebrada.

Visita Murano para su excelente toque mediterráneo y deliciosos postres. También United Falafel Org, al lado de la iglesia, un lugar para tomarse un café, probar dulces y comida árabe en un jardín interior digno para pasar las horas. Ricos panes belgas esperan en la panadería francesa (Eterna Juventud y Vaca de Vega) y Katherine (Calle Sucre), ofrece platos tradicionales. Ya entrada la noche, busca un pincho del comedero a una cuadra al este de la plaza.

Montesueños es la casa que construyeron Brian O’Leary (fallecido en 2011) y su mujer, la artista Meredith Miller. Es una vivienda de arquitectura ecléctica, permanece la casa antigua de tejas pero sobre ella montaron estructuras modernas. Vale visitarla simplemente para ver el cruce de estilos. O’Leary, astronauta, que, en su momento, también fue consejero de candidatos presidenciales en EE. UU., también tenía su vena de instigador y a raíz de sus ideas alternativas, dejó el programa de NASA para instalarse en nada menos que Vilcabamba. Sus libros están en la biblioteca, junto a las esotéricas obras naranjas y turquesas de Miller, que aún vive en el lugar. Luego de descubrir las habitaciones, cada una más audaz que la otra, subimos a la parte más alta del mirador para observarlo, ahora sí, al Mandango… Sí, la doble forma que se acentúa con la caída del sol, revela no sólo al dios, pero también a la diosa, ambos acostados vigilando el valle de eterna juventud….

Descubre el jardín mágico de UFO

El pueblo, rodeado de montañas coloradas en esta época de sequía, se concentra alrededor de la bonita plaza, frente a la discreta iglesia (échale un vistazo al moderno altar), rodeada de restaurantes, en su mayoría muy buenos, y tiendas que aparte de los productos básicos que llevan las tiendas de pueblo, ponen en vitrina preparaciones artesanales de otros paralelos —galletas sin gluten, productos veganos —y otros locales como los chamicos (cigarrillos tradicionales) y sales y jabones de minerales extraídos de Agua del Hierro. Uno puede llegar hasta este ícono natural tomando la misma calle “Agua del Hierro” (una más al norte de la plaza) hacia la montaña, en dirección oriental. Cerca del sitio está Vilma Cruz, que ofrece masajes y terapias curativas con el barro de la montaña. Uno puede avanzar a la pequeña grieta natural por una escalera improvisada y con una botella recoger las gotas que caen de la ladera y traen consigo porcentajes altísimos de magnesio, potasio, hierro, sodio… Vilma “desintoxica, nutre y fortalece…” y asegura que sus masajes son muy efectivos, incluso, para la depresión (organiza una sesión llamando al +593 98 566 5559).

La longevidad: realidad o mito

Alfonso Carpio recuerda a su abuelo sobre caballos, caminando sin bastón, trabajando la tierra. Pero sólo tiene memoria de su (eterna) tercera edad, pues murió a los 127 años. ¿Cómo llegó a tan viejo? “El equilibrio,” dice Alfonso. “Quizás el traguito de puntas que bebía todos los días.” “O el buen humor y la convicción de que el tiempo lo cura todo.”  A Miguel Carpio Mendieta, uno de los longevos más longevos que el mundo haya conocido, lo visitaban de todas partes para estudiarlo. Hubo quien halló respuestas de sus excelentes condiciones en la calidad del agua o la templanza del clima… Encontraron también a otros longevos que, como él, eran ágiles de piernas, lúcidos y sensibles. Y hubo quien puso en duda su vejez, encontrando que, a diferencia de los vanidosos de otras latitudes, que suelen quitarse los años, aquí había la tendencia a sumárselos. Pero incluso los más escépticos hallaron una curiosa singularidad: pocos presentaban enfermedades geriátricas como la osteoporosis. Algo hay en el clima, en la energía, en el agua —en la vida misma de Vilcabamba— que, como todo mito, guarda algo de mito… y mucho de verdad.

Una bifurcación a la izquierda antes de subir a Agua del Hierro conduce al bosque protegido de Rumihuilco, una estadía sustentable en medio de la verde montaña con el mismo nombre… Y si continúas por la vía a Yamburara, pasas a la vera del hermoso río Yumbala, un balneario natural que atrae a los pueblerinos en días de calor, uno de los grandes motivos por el que tantos buscaparaísos norteamericanos se enamoraron de este sitio. Hay caminos hasta los Estoraques, extrañas formaciones rocosas llenas de leyendas (se dice incluso que son creaciones de sociedades subterráneas). De aquí parten los senderos del extremo sur del Parque Nacional Podacarpus… Entre estas tres opciones uno ya se arma por lo menos dos días de exploración profunda.

El pueblo es un refugio al que siempre se vuelve. Un nicho abrigado por un clima perfecto, reflejo de un equilibrio sistémico. En las sonrisas indelebles de los llegados hace quince años, como en el caso del mexicano Raúl Hernández, dueño del restaurante Murano, hacemos repaso de algunas personalidades que se refugian en montañas o quebradas del entorno. El caso de George Cook, que hace juegos con tecnología virtual o el saxofonista de la banda The Alan Parsons Project… pero claro, rememoramos también a su propio compatriota, Mario Moreno “Cantinflas”, una leyenda en el pueblo por haberse quedado tres meses comiendo verduras y recuperándose de una grave enfermedad. Dicen que por no volverse a vivir a Vilcabamba, la muerte lo alcanzó.

Chino’s Bikes

El Chino, o “Chino’s Bikes” como a veces le llaman, por el nombre de su local, no tiene pare a la imaginación… Sobre microondas dañados se imagina floreros y de aros de bicicleta confabula un asiento (sí, los de La Cleta en Quito son suyos). Tuvo sus quince minutos de fama en la televisión mostrando una bicicleta estática que también licuaba jugos (lo que inventó, también, para lavar la ropa) y aparte de mostrarte sus obras de arte reciclado, ofrece tours en bicicleta (y bicicletas para arrendar) para todo nivel. No desaproveches la fácil ruta de Los Huilcos, con su panorámica vista del pueblo u otras rutas hacia el Parque Nacional Podacarpus, además de caminatas hacia el atractivo número uno de Vilcabamba: subir hasta el Mandango.

Conversaciones como éstas nacen con igual facilidad en el almacén de vinos orgánicos de Alonso Reyes. Nacido en Zamora, nos cuenta de sus periplos en Francia y de su infancia, ofreciéndonos un trago de excelentes vinos de mora y pomarrosa (¡pide que te haga probar, de su la reserva, una deliciosa variedad de papaya!). Luego, vamos a comprar chocolates de Palanda (donde fue descubierta la primera manipulación del cacao del mundo) y una bolsa del excelente Café Santa Gertrudis en la chocolatería “Del Páramo” del belga José de Saeger, mientras su amigo Werner nos muestra fotos de basura que tira la gente en la vía. Mentamos a los inconscientes, afligidos del estado del mundo, con el espíritu ecológico que se nos sube a la cabeza. Pero bajamos los humos con un heladito de naranjilla de Konetto, el local de al lado.

Los famosos chamicos.

Elvia ha sido fiel guía, pero es hora de despedirse. Se encuentra con una “niña” de 80 y nos invita a volver pronto. Hay mucho por conocer aún, desde comunidades de paz y amor a casas que mandó a construir Silvester Stallone o la sagrada cascada de Palto en el seno del Podacarpus. Por ahora, seguir recorriendo queda para otra visita y bajo la luz de las farolas y entrelazadas de brazos, las dos mujeres se pierden en la noche. Y nosotros… a conciliar el sueño, cosa fácil en ciertos paraísos.

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