Vacaciones en familia en Santa Cruz

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Fotografías por: Jorge Vinueza

Llegamos a Galápagos un día de abril, la semana más calurosa del año, cuando el agua es más cristalina y las gorras (y las cervezas frías y jarras de limonada) son obligatorias. No todos los meses son así. Es la cosa con Galápagos, depende cuando visitas y la experiencia cambia muchísimo…

Somos cuatro. Dos niños, uno de 4 y una de 9, mi mujer y yo y ni bien llegados al Canal de Itabaca para cruzar a la isla de Santa Cruz, las imágenes empiezan a impregnarse en la memoria colectiva.

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He estado en Galápagos muchas veces y el canal me ha dado todo tipo de bienvenidas, más allá del paisaje en sí, con su agua turquesa oscuro, a veces hasta verde selva, y las siluetas moradas de las islas como cabezas de dinosaurios planetarios que se asoman del horizonte marino. He sido testigo del espectáculo natural más comentado del sitio, cuando cientos de Piqueros Patas Azules hacen de kamikazes para inaugurar la hora de la pesca. A la distancia parece una avalancha de proyectiles orquestando salpicones sobre la superficie del agua.

No quise hablarles a mis hijos de la posibilidad de presenciar el evento antes de llegar, para que la llegada tuviera mayor efecto en sus ojos impresionables. Pero resultó que no era la hora de la pesca para los piqueros y la frustración terminó siendo solo mía. ¿Va a ser esta la vacación en familia que tanto soñé?

Llegada al Canal de Itabaca, punto de entrada a la isla de Santa Cruz.

Fue un detalle lo que llamó la atención de mi hija mayor: un pescadito que mordisqueaba la cuerda de la gabarra que nos llevaba de Baltra a la isla de Santa Cruz. “¡Papi, es Dory!” dijo, con los ojos saltando de la cabeza. No era Dory, por supuesto; la especie que inspiró Pixar es un tono azul eléctrico y este pez era plateado; pero como Dory tenía una brillante cola amarilla y su nado era similar, con las aletas robóticamente desprendiéndose del cuerpo chato. El Pez Cirujano Coliamarillo. El nombre era gracioso para ambos de mis hijos.

Ahora, mi hijo se asomaba al filo del bote, estupefacto. Su admiración me llenó de alivio. Sabía que habría sido la misma expresión frente el “bombardeo” de piqueros. Galápagos es Galápagos, me dije, y esta no será mi experiencia, sino nuestra experiencia. Sentí, entonces, un profundo remezón de entusiasmo en las venas.

Cinco días de en el corazón de Galápagos

Lo primero, claro, fueron los lobos marinos y la afición de tanto mi hijo como mi hija de tomarles fotos… a todos los lobos marinos que se nos cruzaran en el camino. Los que ocupaban las bancas, los que cruzaban los pasos cebra, los que dormían sobre las gradas, los que holgazaneaban en los botes: los pequeños, los grandes, los medianos… La memoria de ambos celulares a capacidad en menos de una hora. Entre mi esposa y yo dedicábamos parte de cada velada para hacer espacio en los celulares.

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Todo en Galápagos es metafórico. Los cactus son árboles y las tortugas, claro, dinosaurios. Los túneles de lava, catedrales de piedra, los granos de sal que encontramos en camino a Las Grietas son diamantes y los cráteres “Gemelos”, las pisadas de gigante más gigantescas que nuestras mentes pudieran imaginar.

Son además, experiencias inmensas, como lo es, incluso, estar frente al pingüino más pequeño del mundo y frente a la tórtola de ojos turquesas más bonita del Pacífico y al pinzón más amigable de la historia de la naturaleza; no sabías quien iba a romper el hielo primero. No era descabellado ver a alguno de mis hijos en pláticas existenciales con aquel curioso amigo emplumado cuando se acercaba a la mesa de desayuno.

Los pinzones de Darwin, un enigma de la naturaleza y evidencia de la evolución.

Aún si no logre recordar una imagen certera de su estadía, porque visitó Galápagos cuando era demasiado pequeño, todo niño será impactado irreversiblemente con sentimientos ocultos que cargará en la mente el resto de sus días. En algún lado vivirá aquel momento en que se paró frente a la tortuga y miró dentro de sus ojitos de ET o la vez que caminó sobre el corazón de lava de la isla y nadó en la playa de cristal, con los tiburones de arrecife y los pecesitos arcoíris y las iguanas que sacuden la cola como un timón para avanzar en el agua.

Desde el mismo muelle vimos rayas doradas que parecían las escamas de un dragón… en la pescadería al aire libre de Pelican Bay, vimos cuatro pelícanos, dos lobos marinos y una gaviota de lava conspirando para robarse un pescado de la vendedora, logrando su cometido luego de varias estratégicas tentativas.

Galápagos y su infancia eterna

Para un niño, para el niño en nosotros mismos, Galápagos, y en este caso Puerto Ayora, no es un simple destino de vacaciones; es una inmersión en el gran misterio de su propia naturaleza. Es un universo confabulado por la imaginación de un planeta olvidadizo, pues, aunque todo parezca familiar, aunque imperen las mismas leyes de la física que todos conocemos, existen aquí suficientes aspectos inesperados que lo diferencian de todo lo que hayas vivido antes.

Sí, sorprende que un niño pueda salir del agua luego de haber nadado con un tiburón como si saliera de una piscina. Para un adulto, estos sentimientos atraviesan la maquinaria de la lógica y solo pueden producir un corto circuito muy breve: una “inquietante extrañeza”, como la que describió Freud.

Pero en la mente de un niño, todo lo extraño tiene sentido. En realidad, lo extraño de Galápagos lo que hace es expandir el universo posible de sus mentes. La esponja que tienen en esa cabecita recibe cada cosa como dada… Cuando le mostraba a mi hija la diferencia de los picos de los pinzones, ella me decía que era la profesión que cada una de estas especies ‘de Darwin’ debió heredar de sus padres. “Sus padres eran plomeros, por eso tienen el pico como llave de tuercas,” decía con lógica jocosa.

Los asombrosas árboles Scalesia, una especie de margarita gigante de Galápagos.

Luego de visitas a islas que parecían lunas y caminatas entre bosques poblados de la única especie de margarita que es, en sí, un árbol (la ‘Scalesia’), estos paisajes fantasmagóricos son ahora paisajes de nuestro mundo compartido, un mundo que se ha duplicado— multiplicado, incluso —en cuanto a sus posibilidades, en cuanto a su belleza, en cuanto a su complejidad. Y pese a la larga caminata —yo teniendo que cargarlo al más pequeño en los hombros durante una hora—no perdíamos la oportunidad de terminar los días en Tortuga Bay.

¿Por qué Tortuga Bay? No lo hablábamos mucho. Sólo íbamos… Ahora que lo pienso, aquella playa era la imagen con la cual queríamos quedarnos, como símbolo de la infinita dimensión de Galápagos, de su horizonte pacífico, y claro, de lo que ello le brindaba a nuestras propias cabecitas de niño. Era la mayor de las metáforas: un universo de espejos en expansión. Aquella arena blanca, una arena tan blanca que te ciega; aquel manto de cristal, una planicie de olas interminablemente turquesas, que se hundía en el cielo, detrás del horizonte…

Cae el sol sobre las islas…

Ahí, descubrimos el pequeño remanso ubicado en el último rincón de la llamada ‘Playa Brava’ que durante su marea baja forma una pequeña piscina que se llena de tiburones de arrecife y un gran acuario de peces tropicales (peces arcoíris de Cortés, peces ángel y claro, Dory… de nuevo, Dory…). Ahí nadábamos como en cualquier playa, como en cualquier “piscina”. Ahí, hacíamos de este universo distinto, el universo más lógico del mundo.

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PH: J. Vinueza

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