Una visita al mundo waorani

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Texto: Ilán Greenfield

Fotografías: Jorge Vinueza

Los waorani han dado mucho de qué hablar en los últimos años dentro del mundo político del país. Su posición en plena encrucijada entre lo civilizado y la llamada «barbarie» de vivir en la selva con lanzas y taparrabos genera nuevas tomas de conciencia y cuestionamientos sociales: ¿qué es proteger la selva, e incluso, la propia ecuatorianidad, sin entender a quienes la habitan y representan? Frente a la paulatina venta del territorio ancestral de los waorani a petroleras (incluyendo el Parque Nacional Yasuní), los «wao» siguen siendo una pieza clave del rompecabezas. Y en las postrimerías de este mismo territorio, un inusitado proyecto turístico nos lleva al corazón de su realidad.

Otobo, su figura, su linaje, su relación con el mundo – tanto el nuestro como el suyo–, es excepcional. La historia lee algo como un relato mítico, más mágico realista que cualquier novela del boom.

Aunque el clan de Otobo vive en el asentamiento de Boanamo, a orillas del río Cononaco (un paseo en canoa de 10 horas desde el puerto más cercano, Shiripuno), Otobo tomó la decisión de vivir con su esposa e hijo de manera aislada, en la selva más profunda. Dice, con ambigüedad, que mantiene contacto con los Taromenane, un clan Waorani que voluntariamente ha reservado su derecho a una vida nómada, no moderna.

A veces toman lo que les gusta de lo que Otobo cultiva en su chacra sin pedirle. A Otobo no le importa. Esa es la ley de la tierra aquí. Tal vez incluso sea una muestra de respeto del grupo ‘no contactado’.

El abuelo de Otobo, Kempere, ve el mundo a través del ‘jaguar’. Según Otobo, no requiere de alucinógenos como la ayahuasca para ver más allá de lo mundanal, cayendo en trances profundos que le llegan a través del espíritu felino, que le permite ver tanto el futuro inmediato como el futuro a largo plazo del pueblo wao.

El mundo según los wao

Pobladores ancestrales de la zona comprendida entre los ríos Napo y Curaray, conocidos como los waorani (o wao) se remontan a sociedades selváticas pre-coloniales y luchan actualmente por consolidar su bienestar, entre otras cosas, defendiendo sus territorios naturales y adaptándose al mundo moderno. Hace 60 años, la tribu era totalmente desconocida en Occidente; vivían desnudos en la selva como imagen viva de la sociedad más pagana y menos civilizada que pudiera existir a través del planeta.

Aun cuando la mayor parte de waorani, en la actualidad, ha sucumbido al llamado de la tecnología y de las posesiones modernas —hoy se les ve vestidos, con celulares, están en Facebook— su reacción histórica frente a los advenedizos ha sido violenta. El mismo Kempere habría alanceado a misioneros en la década de los 50. Tiene, tal vez, 90 años de edad; 100; 110, no sabemos a ciencia cierta…

Otobo, que puede que tenga unos cuarenta años, viene diciendo que tiene 26 desde hace una década. Como la mayoría de los waorani, tiene un sentido algo distorsionado del tiempo “occidental”. Lunes puede ser antes que miércoles en su calendario semanal, pero no siempre, y nos puede estar guiando por un trayecto que dura dos minutos, según él (lo que significa 30 en tiempo real). O nos dirá que sólo falta un minuto para llegar (lo que termina siendo otra media hora).

No existen números después del veinte en el idioma waorani, por lo que la mayoría de cosas se sitúan entre los ‘miles’ y los ‘millones’. El español de Otobo es pobre, pero es mucho mejor que el de su padre, quien es más adepto a contar sus historias con señas (el ademán de alancear animales es un lugar común, sin duda).

Un proyecto turístico

Hace una década, Otobo decidió abrir su selva a visitantes de otros lados del mundo. Creó una de las aventuras más extremas que tiene para ofrecer nuestro país. Se tarda de 2 a 3 días para llegar a una rudimentaria estación de camping, construida cerca de su casa, donde Otobo se encarga de todo, incluyendo pescar y cocinar bagre de río.

Te lleva de paseo, rema la canoa, sabe dónde están los lamederos, visitados por tapires y loros; navega en busca de delfines de río (es uno de los mejores lugares para ver esta especie), al igual que anacondas.

Todo el día anda en calzoncillo y su mujer se pasea desnuda, como es la costumbre waorani. Su familia extendida de Boamano lo visita de pronto. De improviso. A veces los hermanos le ayudan a guiar y los visitantes pueden incluso llegar a pasar el rato con ellos durante la cena. Se animan, bailan y cuentan historias. ¡Y siempre dejan un desorden, que le toca limpiar a Otobo!

Su hijo de tres años de edad tiene 24 dedos (6 en cada miembro)… y cuando Carmen (su esposa) quiso amputar los adicionales, como le habían sugerido los médicos, Otobo fue terminante. De ninguna manera se le iba a quitar el antepasado a su bebé: un familiar legendario también compartía con el pequeño el prodigio de los 24 dedos.

El proyecto turístico de Otobo es una de las experiencias interculturales más especiales del país, en el punto de encuentro de dos visiones diferentes del mundo y de cómo vivir la vida.

Vida sedentaria frente a una vida vagabunda de la selva, Otobo es los dos mundos a la vez… Otobo, cuyo nombre significa «cesta», lleva en sí el deseo de compartir su mundo con quienquiera que se atreva a visitarle en su casa.

Para más información sobre el proyecto turístico de Otobo, visita www.rainforestcamping.com

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