Una ruta de leyendas quiteñas

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Personajes religiosos, vestimentas excéntricas, pactos con el diablo y objetos que cobran vida, las leyendas tradicionales de Quito ofrecen mucho realismo mágico con su toque de lección moral. Éstas son cinco de las leyendas quiteñas más populares, todas con el Centro Histórico como telón de fondo.

Para todo lo que tenga que ver con Quito y sus tradiciones, no dejes de visitar la página de visitquito.ec y aventúrate a visitar los lugares que han aterrado y encantado a los quiteños durante años:

Leyenda de la Cruz Verde

La leyenda de la Cruz Verde cuenta que dos hermanos franciscanos, José Roberto y Manuel, devotos de las almas del Purgatorio tenían un gran talento para cantar. Todas las noches caminaban hasta el barrio San Roque, de incógnito; sacaban sus guitarras y cantaban a viva voz.

Sus voces eran melodiosas. Enamoraban a todas las sanroqueñas que salían a sus balcones a escuchar la música. Desde luego, no tenían el mismo efecto en los sanroqueños, quienes sentían celos de que sus chicas suspiren a la noche. Decidieron, pues, buscar el origen de aquellas voces engatuzadoras.

La legendaria Cruz Verde en el barrio de San Roque (PH: J. Vinueza)

Finalmente, llegó la madrugada en que los hermanos franciscanos se vieron acorralados por los sanroqueños, prestos a atacarlos, y gritaron a la neblina que cubría las calles del Centro: “¡a nosotros, almas benditas del Purgatorio!”. Inmediatamente, varios entes misteriosos portando largos mantos negros aparecieron y espantaron a los sanroqueños, no sin antes regañar a José Roberto y Manuel por abusar de su talento. Nunca más se escucharon los cantos de los monjes franciscanos en el barrio.

En el sitio se alzó la “Cruz Verde” en el lugar que también es conocido como la “esquina de las almas”.

¡Al frente de este ícono, no te pierdas los dulces —o colaciones— de la Cruz Verde, un clásico de la ciudad!

Dirección: Calle Imbabura y Bolívar, esquina.

Cantuña

Hay mucho que decir sobre Cantuña. Tiene la fama de ser la primera leyenda del Ecuador y se centra en la Iglesia de San Francisco. Se cuenta que en la época de la Colonia, los padres franciscanos comisionaron a un indígena llamado Cantuña a construir el atrio de la Iglesia. Le dieron un plazo de seis meses y le prometieron un buen pago.

Sin embargo, Cantuña no logró avanzar a tiempo y la noche antes de su entrega se encontró desesperado. El Diablo se apareció y le ofreció terminar el atrio al amanecer a cambio de su alma. Cantuña aceptó.

El Diablo trabajó el resto de la madrugada para terminar el atrio pero al llegar el primer rayo de luz del amanecer faltaba tan solo un ladrillo para completar. Cantuña había escondido el último y engañó al Diablo, pues el pacto no se concretó y Cantuña se salvó.

Muchos se divierten en encontrar, en el atrio de San Francisco, el vacío que queda del ladrillo perdido.

No te pierdas una visita del Museo Pedro Gocial. En una de las paredes del patio central, cercanas a la entrada, podrás ver la tumba de Cantuña, donde se señala que descansa Cantuña y sus herederos. Además, asómate a la Capilla de Cantuña… el Cantuña histórico es todo un cuento en sí, tan leyenda como la leyenda… Sigue este enlace para descubrir al verdadero Cantuña!

Dirección: Plaza San Francisco y Bolívar

La Bella Aurora

Para algunos quiteños esta leyenda tradicional es realmente un cuento de terror. La historia cuenta que una hermosa joven quiteña, conocida como la Bella Aurora, vivía con sus padres en el Centro Histórico en la casa 1028. Un día la joven junto con sus padres fueron a una corrida de toros en la Plaza de la Independencia. Al iniciar el evento, un toro negro y enfurecido salió a la arena y miró fijamente a la Bella Aurora. La bestia no quitó la mirada y caminó directo hacia la joven. Impactada, se desmayó y la llevaron de vuelta a su casa: la 1028.

El toro, algunos dicen enfurecido y otros dicen enamorado, salió corriendo detrás de Bella. La siguió hasta la casa 1028 y tumbó todas las puertas de la casa hasta llegar a la habitación de la quiteña. No se sabe qué pasó después. Encontraron a la niña bañada en sangre, su cuerpo sin vida y sin rastro del toro. ¡La versión quiteña de la Bella y la Bestia es sin duda más escalofriante que la de Disney!

Dirección: Calle Guerrero Mora Oe3-32, casa #1028

El Gallito que se levanta orgulloso desde los domos de la Catedral de Quito (PH: Yolanda Escobar)

El Gallo de la Catedral

Unas cuantas mistelas de más y un gallito de metal, ¿qué podría salir mal? Don Ramón Ayala y Sandoval era un hombre adinerado que disfrutaba del alcohol y la vida nocturna. Todos los días tenía una rutina estricta por la mañana (comer, ir a la Biblioteca Nacional y descansar); al llegar la tarde empezaba con las mistelas, su bebida preferida. Estaba, además, enamorado de Mariana, la dueña de un local de licores.

Ya pasado los tragos salía a las calles del Centro Histórico a querer enamorar a Mariana, y sobre todo, a gritar por las calles molestando a los transeúntes y a desafiar al gallito de metal que está ubicado sobre la cúpula de la Catedral.

“¡Para mí no hay gallitos que valgan, ni el gallo de la catedral!” era la frase que el quiteño adinerado repetía ya borracho. Una noche, tras gritar osadamente al gallo de la Catedral, la figura del animal alzó la pata y lastimó la pierna de Don Ramón Ayala. El hombre se cayó al piso y el gallo lo volvió a golpear, esta vez en la cabeza. Don Ramón pidió perdón al animal, asustado. Se dice que desde ese día, el hombre no volvió a beber una sola mistela.

Para acercarte lo más posible al gallo, sube a las cúpulas de

Dirección: Plaza Grande y Eugenio Espejo

El santo que dio marido

Era una bella doncella la que vivía en la última casa de Mama Cuchara, aquél viejo barrio que marcaba el límite sureste de la ciudad colonial de Quito. Era soltera y los años no pasaban en vano, por lo que apretó el acelerador en busca de marido. Pero ninguno le placía.

Eran o muy flacos. O muy bajos. O muy feos. O muy chabacanos. Nada para la linda (y desesperada) muchachita. Cuentan pues que a esta doncella le habrían sugerido una receta de amor muy particular de colocar a un santo italiano de cabeza y rezarle durante nueve días. Así hizo. Y al noveno día salió en busca de su don Juan. Nada. De nuevo…

Ya pasadas sus cinco etapas de la desesperación, a punto mismo de aceptar su destino, lanzó los últimos improperios al pobre santo, lo tomó y lo lanzó por la ventana. ¿Qué pasó? Pues le cayó en la cabeza de quien terminaría siendo su marido. Indignado de que le haya caído la estatuilla en la cabeza, golpeó a la puerta de la casa y pidió ver a quien se lo había lanzado. Se vieron a los ojos y fue amor a primera vista.

El balcón por el cual fue lanzado el santo es hoy una de las hermosas habitaciones del Hotel Mama Cuchara. Te recomendamos evocar esta leyenda con tu pareja, con un delicioso coctel en mano, en el bar-azotea del hotel…

Un trago entre dos… desde el bar-azotea «El Santo que da marido» del Hotel Mama Cuchara

La Torera

Poco se sabe a ciencia cierta de la mujer excéntrica que caminaba por las calles del Centro Histórico en los años 50 vestida de manera extravagante y llamativa. Su nombre, algunos dicen, era Anita Bermeo, era oriunda de Baños (aunque esto tampoco se sabe con certeza), y había sido una costurera por lo cual confeccionaba su propia ropa. La gente de ese entonces la apodó la Torera, porque vestía siempre un sombrero con un pequeño tul, vestidos o faldas, pañuelos multicolores, una sombrilla y un bastón.

La Torera ya era una mujer mayor y su ropa no era el último grito de la moda en esa época, no obstante ella caminaba por las calles del Centro orgullosa. Se cuenta que muchos jóvenes la molestaban y humillaban pero la Torera no se inmutaba. ¿Leyenda mística o un ícono de moda adelantada a su época?

Pues hoy solo nos queda imaginar a esta peculiar dama en todas nuestras caminatas por las calles del Centro Histórico…

Foto portada: Yolanda Escobar

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