Un recorrido desde Catedral Nueva

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El Parque Calderón, núcleo de la urbe, es una plaza inmensa con árboles inmensos, entre ellos, ocho araucarias traídas directamente de Chile, que cercan la estatua central en honor a Abdón Calderón, el héroe de guerra cuencano que murió apenas a los dieciséis, izando la bandera (¿con los dientes?) durante la Batalla de Pichincha para librar la independencia.

La plaza está sentada frente a la sensacional Catedral Nueva (o Catedral de la Inmaculada Concepción), indiscutible punto de referencia de toda Cuenca, con sus fulgentes cúpulas celestes que dominan las demás edificaciones del centro histórico —ninguna puede, por ley, excederla en altura— y su fachada románica de ladrillo (y vistoso mármol en los arcos) que llevaría al Papa Juan Pablo II a preguntarse si había sido transportado de regreso a Roma al entrar en su interior. Por supuesto, hay cuencanos que dicen recordar, aún, el comentario de su Santidad, así como la histeria general que éste produciría.

La construcción comenzó en la década de 1880. «Quiero un templo tan grande como mi fe» fueron, dicen, las órdenes del Obispo Miguel León al arquitecto alemán el Hermano Johannes Stiehle, encargado de su construcción. Fue concebida como la iglesia más grande de Sudamérica, una magnífica estructura neogótica cuyo resultado final sería frustrado por un error de cálculo.

Si se hubiera completado como lo previsto, habría caído por su peso o quebrado en dos. La catedral, sin embargo, tiene capacidad para albergar 10.000 personas, que llega a su máxime en eventos como el Domingo de Ramos. Nótese la intensidad de las vidrieras, el mármol blanco de Carrara del suelo y el altar mayor, hecho casi a propósito para no encajar, en un estilo neobarroco (¡tallada en parte por Fabián Vinueza, pariente

de nuestro querido director fotográfico!). Se pueden visitar las Catacumbas el 2 de noviembre.

Al lado de la Iglesia, Raymipamba sirve buena comida para pasar el rato y justo al lado, la heladería Tutto Freddo ofrece una buena muestra de sabores ¡Cuenca ofrece mucho, y si te quedas con nosotros, te diremos dónde, cómo y por qué!

Detrás de la Catedral Nueva, hacia el oeste, desembocamos en la concurrida Plaza de las Flores, una pequeña plaza que parece nacer orgánicamente del Claustro del Carmen de la Asunción. Su iglesia está a menudo cerrada, pero el milagroso Señor de la Justicia por lo general recibe, durante el día, a los fieles que acuden desde todos los rincones de la ciudad a visitar la roca sobre la cual aparece pintada la imagen de Jesús. La plaza en sí es un mercado de flores pintoresco, regentado por las prota- gonistas irrefutables de esta ciudad, las cholas cuencanas, que no sólo venden rosas, sino bromelias, aves de paraíso, helechos y otras flores y plantas tropicales y de verano.

Fotografía: Juan Pablo Verdesoto.

No hay que olvidar el agua de «pítimas» (un pite –o sea, un poco- y más, apuntando a una receta que sólo quienes «tienen la costumbre» podrían descifrar) de la tienda lateral, una bebida relajante concebida por las monjas carmelitas para depararle paz a las prisas cotidianas (también puedes comprar trajes en miniatura, pensados en sí para figurines sagrados, pero excelentes regalos para los niños que deseen disfrazar muñecas).

Siguiendo hacia el sur, hacia las blancas paredes y detalles naranja pálido de la Iglesia San Francisco nos topamos con tiendas de abarrotes que venden cantidades récord de chucherías de plástico, artesanías y el mercado al aire libre de San Francisco, donde los artículos artesanales del norte del país se mezclan con ollas, ropa sintética, calzados, maletas, y demás. Los clásicos de la región se encuentran en tiendas al oeste de la plaza, donde encontrarás las coloridas polleras, bordados y lliglias de las cholas, y el Centro Municipal Artesanal que vende sombreros y bolsos de paja toquilla, filigrana en plata y oro y cerámica.

Más tiendas se suceden sobre la Calle General Torres, especializadas en todo tipo de venta

al por mayor y menor, desde importadoras, panaderías y nutricionistas a la concentración inusual de tiendas de productos agrícolas con veterinarios vestidos en batas blancas: un frenesí comercial que conduce a su nave nodriza, el Mercado 10 de Agosto, aquél que «lo dice todo» sobre Cuenca y su realidad popular.

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