Un día en Crucita, La Bella

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A tan solo 30 minutos de la capital de Manabí, llegamos a un destino de playa y estuario, lleno de encuentros con una asombrosa naturaleza, esparcimiento en el mar y deliciosa comida.

Entre Crucita y San Jacinto, donde terminan ambas playas, desemboca el río Portoviejo en las aguas del Océano Pacífico. Es alrededor de esta división donde reposa uno de los ecosistemas de mayor importancia para la región. Se trata de un megadiverso manglar conocido como La Boca, en la comuna Las Gilces. Es aquí, navegando por sus aguas, donde comienza nuestra aventura.

A las orillas de este estuario se ubican los coloridos botes que portan orgullosamente la bandera de Manabí en su cubierta. Este es el transporte para adentrarse en el tupido terreno del manglar que, a diferencia del mar, nos aleja de las visiones arena y playa. No obstante, ambos conviven en perfecto contraste y armonía.

Pascual Cobeña será el conductor de nuestra embarcación. Nació en la comuna San Jacinto, esta y 3 comunas más forman parte de la mancomunidad estuario “río Portoviejo”. Mientras organizamos el equipaje, Pascual nos muestra sus identificativos que indican que es un guía certificado. Conoce las rutas, las aves… está listo para llevarnos. “Hay que andar con quienes saben, porque, aunque no parezca, la corriente sí jala”, afirma.

Basta ingresar un par de metros para que empiece el espectáculo. Las aves no dejan de asomarse en cada esquina, obligándonos a ir despacio para apreciarlas e identificarlas. Aquí podemos encontrar varios tipos de garzas de todos los tamaños y colores, correlimos, íbises, cigüeñuelas, fragatas y pelícanos que asientan su colonia más numerosa en este ecosistema. Además de la fauna, la flora también es especial. Aquí nacen cuatro tipos de mangles: rojo, blanco, negro y jeli, todos ellos purifican las aguas del río. Pascual relata que incluso casas eran construidas con este material, pero ahora es prohibido; y la zona, protegida.

La actividad que sí se permite es la pesca de jaiva. Carlos Vietra, un pescador local, va en balsa junto a su esposa para recogerlas. Las trampas son de hierro y un buen día conseguirá entre cuarenta y cincuenta.

En la época de verano la marea es, por lo general, más alta. Sin embargo, esto no impide caminar por la playa para llegar a los próximos destinos a pie. Eso sí, hay que estar dispuesto a hacer ejercicio.

Unos treinta minutos toma la caminata hasta la comuna Las Gilces, donde se puede disfrutar de un delicioso almuerzo o desayuno con vista al mar. Los mariscos siempre frescos y la inconfundible sazón del lugar son la mejor combinación para disfrutar un día de playa con todas sus letras. Recomendamos todos los platos con maní de cosecha local (que son varios).

Dentro de la comuna está el Centro de Interpretación Ambiental Las Gilces, un lugar para aprender junto a guías locales la importancia y desarrollo de la zona. Cuenta con cinco estaciones interpretativas dinámicas y didácticas donde se explica la importancia del estuario del río Portoviejo.

Las relajadas playas de las Gilces, acompañadas del buen clima y nada más que el sonido de las olas, es un buen lugar para descansar un momento… o tomarse la tarde entera. Pero puedes también continuar hasta Crucita. Recomendamos el bus que pasa por el camino principal desde La Boca. El trayecto hasta el malecón toma alrededor de quince minutos.

En la dorada playa, hay dos opciones: relax o aventura, con todo a la mano para disfrutarlas plenamente. Si la elección es la segunda, la oferta de actividades acuáticas es amplia. La primera opción es quizás la más popular: la banana, un inflable con forma de esta fruta, impulsada por una lancha a alta velocidad. Le sigue la bestia, muy parecida, pero en forma circular, que crea olas aún más grandes. Finalmente, el parasailing, una cometa para una o dos personas que, a diferencia de las otras dos opciones, no se arrastra sobre el océano, sino en el aire.

Para relajarse, camina la amplia playa y su malecón. Disfruta de un refrescante granizado o alquila una carpa para descansar en la arena y protegerte del sol. Crucita es muy conocida por las coloridas carpas añadiendo color al paisaje.

La gastronomía también es deliciosa. Desde cazuelas, ceviches, viches, arroz marinero y mariscos con todo tipo de preparación. Rimini Bar es el restaurante predilecto para probar todas estas delicias. Héctor Núñez, su administrador, pone a disposición la mejor sazón del malecón para los turistas locales e internacionales que no dejan de sorprenderse y volver al lugar durante sus vacaciones.

Isabel es otro de los lugares predilectos para degustar la comida crucitense, incluso en un mismo plato: el “El Crucitazo” contiene todos los mariscos que se pescan en los alrededores. También están los clásicos —Las Gaviotas y Alas Delta— donde las bandejas marineras son un éxito. O quizás quieras aventurarte a probar el camotillo frito, una especialidad en Yolita o en Aloha.

Para finalizar la tarde, no hay mejor opción que una vista panorámica para quitarse cualquier duda de por qué a esta playa se la conoce como “La Bella. Al final del malecón está el acceso hacia La Loma, un restaurante y aeródromo. La vista de Crucita es maravillosa. Puede ser ventoso, por lo que recomendamos llevar un abrigo ligero. Con suerte, podrás participar de un vuelo de parapente; se puede realizar vuelos los 365 días al año en los horarios indicados por los guías certificados. Para los manabitas, este es el lugar indicado para hacerlo.

Y así, con el horizonte como paisaje, concluye el día en esta, la playa de Portoviejo.

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