Tras las cortinas de La Ronda

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La cantina del Comandante Antonio Alomía no era para cualquiera. Ahí entraban solamente los de altura intelectual; personajes como Eduardo Ledesma Muñoz, Enrique Noboa Arízaga, y Hugo Moncayo, que en esos días eran apenas jóvenes precipitados. El Murcielagario, como lo bautizó el Comandante, era el primer paradero en La Ronda por esos tiempos, pero a pocos pasos estaba la casa de la señora Ana Luisa Muñoz Jiménez, donde se realizaban tertulias con frecuencia. En esos días de gloria, cuando La Ronda era el lugar más interesante de Quito, nació Amparo Carvajal, en la casona de El Murcielagario.

“Sentado en la casa esquinera de las calles Morales – el nombre oficial de La Ronda – y Guayaquil, el poeta Alfonso Moscoso encontró la inspiración para su famoso texto “El Viejo de la Esquina”.

La Ronda no es más que una callecita del Quito antiguo. En su tiempo se situó en los límites de la ciudad, y como margen, no atrajo a familias adineradas ni mereció edificaciones monumentales – en una fundación colonial donde sobraban iglesias, a La Ronda no le tocó ni una capilla -. Pero si bien nadie vino a santiguarse al borde de la quebrada, muchos fueron los hombres que vinieron a inspirarse. Así, Amparito jugaba en el umbral de la puerta por donde pasaron novelistas, poetas, periodistas y compositores que hoy se suman a la lista de los nombres destacados de la literatura, música y arte ecuatoriano.

“La Ronda era uno de los enclaves que estaba en riesgo de perderse,” explica Fernando Jurado Noboa, autor de varios libros sobre las calles de Quito, incluyendo La Ronda: Nido de Poetas y Cantores. Recién a los 40 años, el historiador se permitió tomar un paseo lento por el callejón, pues como a muchos quiteños, en los 90 no le interesaba perderse en el “relajo” del centro de Quito.

“La Ronda se había salvado casi milagrosamente a nivel estructural, pero había caído en un estado de deterioro material y moral,” cuenta Jurado, quien concibe su libro sobre la histórica calle como un grito de auxilio a los alcaldes de la ciudad.

José García Moreno llegó a La Ronda en 1945. Era el menor de dos hermanos, que vinieron desde Guayaquil a vivir con sus tíos; sus padres habían fallecido. Se acomodaron en una casa andaluza del siglo XVII, una de las tres que sobreviven en la primera cuadra de la calle, y en poco tiempo, se habían acostumbrado a reunirse entre amigos, a tomar la bebida llamada, en ese entonces, hervido de naranjilla, hoy el tradicional canelazo. En unos años, al heredar la casa, los hermanos decidieron hacer uso del exceso de habitaciones y abrieron la primera pensión de La Ronda, ofreciendo una estadía modesta a los viajeros interprovinciales, que se multiplicaron en un par de décadas, con la apertura de la terminal terrestre Cumandá, unas cuadras más abajo.

Sentado en la casa esquinera de las calles Morales – el nombre oficial de La Ronda – y Guayaquil, el poeta Alfonso Moscoso encontró la inspiración para su famoso texto “El Viejo de la Esquina”. Fue quizás con estas veinte estrofas, escritas a principios del siglo XX, que La Ronda dio sus primeros destellos de musa. Se destacaría en los siguientes 40 años. Ya por 1931, si uno era artista, no había mejor lugar donde pasar una fría noche quiteña que en la casa número 963. La dueña, la misma Ana Luisa Muñoz, había heredado, como reliquia familiar de cuarta generación, la enorme casa que muchos dicen es la más hermosa de La Ronda. Ahí decidió hacer un sitio de “tertulia literaria de bohemia”. En otras palabras, un lugar para compartir versos, repartir melancolía, beber, platicar y entrar en controversias intelectuales. Los personajes eran Jorge Carrera Andrade, Augusto Arias, Sergio Mejía Aguirre… Fue Mejía quien marcó historia y apodó en este lugar cuando escribió el pasillo “Negra Mala”, dedicándoselo a la propia señora Muñoz. La composición tuvo tal éxito que llegó a los rincones menos esperados del continente.

La señora Muñoz presenció los entierros de la mayoría de sus contemporáneos. A los 94 años, en 1992, escribió su testamento, en el que obsequió la gran casa de su familia a la congregación italiana “Misioneras de la Niñez”.

Llegó así, finalmente, a instalarse una pequeña capilla en La Ronda. Modesta, y casi siempre vacía, la capillita marcó, de alguna manera, el final de una era y el comienzo de una serie de cambios profundos que han transformado a la calle.

Amparito Carvajal sintió un gran alivio cuando el Municipio anunció la rehabilitación integral de la calle. Los años de El Murcielagario, de cuando ella era niña, le traían gratos recuerdos, y fueron éstos los que convencieron a su marido, años después, a comprar la casona de la esquina donde nació Amparito. Sus hijos no tuvieron la vida de barrio que su madre añoraba. Ya la calle no atraía a intelectuales. Había dejado de inspirar, y sin inspiración, las fondas y cantinas se convirtieron en un nido de vicios.

Al finalizar la obra municipal del 2006, el chaquiñán de herraduras, como un día se conoció, lucía un adoquinado nuevo, paredes con pintura fresca y colorida, casas completamente renovadas y abiertas al público, iluminación especializada en los túneles, balcones con macetas floreadas, y faroles nuevos, hechos expresamente a semejanza de los viejos.

Resucitar a La Ronda, resucitar lo que simbolizó en su apogeo de margen poético, ha sido un sueño escurridizo. ¿Cómo trasplantar la inspiración de otros siglos? ¿Cómo obviar las décadas de hampa y “relajo” que se tomaron sus veredas…? Los esfuerzos han sido importantes, y necesarios, en busca de extraer lo positivo de un ícono urbano como este, que marca el principio (y final) de una ciudad. Aun así, existe hoy el sentimiento de que esa Ronda emblemática de antaño se ha convertido, de pronto, en una parodia de sí misma.

El nuevo Quito Colonial que propone el paseo “refaccionado” por entre casonas, techos de tejas, adoquines y balcones decorados de geranios, se acompaña de los anacronismos de nuestra época: tiendas de souvenirs, karaoke, actores que se hacen pasar por personajes históricos y bandas de pueblo contratadas para darle color autóctono a algo que ya no es lo que fue. Y en todo ese movimiento postizo, claro, uno no puede perderse la empanada gigante, y un buen canelazo; no puede dejar de visitar a un imperecedero del barrio como Humberto Silva, el hojalatero…

Durante el día, el municipio de Quito ha buscado revitalizar la calle con el proyecto Manos en la Ronda, con una peculiar instalación de “juegos tradicionales” animados por jóvenes vestidos de época. Se han habilitado algunas de las casas antiguas como espacios para tiendas de artesanía y diseño contemporáneo, talleres de oficios como el de un conocido fabricador de trompos, panaderías, chocolaterías, productos hechos de miel, una boutique de ropa inspirada en el maestro Guayasamín, hasta un escenario para presentaciones de danza. Los proyectos fueron escogidos arbitrariamente, en un concurso; y, curiosamente, no pertenecen, históricamente, al barrio. Sin embargo, procuran ayudar a dinamizarlo.

Aprovechando la concurrencia, Victoria Carvajal, hija de Amparito, abrió un café en el segundo piso de la casa. Los vecinos pronto siguieron el ejemplo. Si el compositor Gonzálo Benítez fuese hoy a La Ronda a cantar una serenata, como en años mozos lo hacía, tendría que competir con los parlantes vociferantes de los nuevos bares del barrio. A tan solo una década de la restauración, la calle se ha zafado del corsé colonial con que se la ha disfrazó, y encamina su propia caprichosa transformación. Su historia no vive ya en la calle, se recorre en las palabras del propio Benítez, “tras una cortina de años”.

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