Todos los caminos conducen al amorfino

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Se dice que un hombre puede cambiar de familia, de novia, de amigos, hasta de dios. Pero jamás cambia su pasión. Las pasiones las llevas en el alma hasta las últimas consecuencias. Dumas Mora, un personaje que encontramos en los vericuetos vecinales del pueblo de Calceta, tiene una pasión que lo distingue, algo que lo delata desde el momento en que empieza a hablar. Para confirmarlo, basta con observar los cuadernos amontonados sobre su mesa, llenos de versos. Dumas está hecho de ellos. La poesía es su gran amor.

A su encuentro nos llevó Alexandra Cusme, una ‘amorfinera’ que lleva años estudiando la tradición oral de Manabí. En el camino nos dijo que podríamos entrar por la derecha o izquierda, que daba igual ya que “todos los caminos conducen a Dumas”. En el sitio El Corozo de Calceta, frente a la casa de don Espíritu Santo, seguimos un camino de hojas secas, palmeras altas y árboles frutales. Campesino, agricultor, lector incansable, conversador inagotable, su casa llena de matianchos, bototos, sombreros, sucres, libros, fotografías, Dumas es el ejemplo vivo del montubio de Manabí.

Entrar en su sombreada vivienda es una distracción total; no hay rincón que esté vacío. Su finquita, como él la llama, le da todo. Por eso el dinero no le es imprescindible para vivir; algo imposible de concebir en cualquier otro lugar de nuestra sociedad contemporánea. Dumas no hace más que abrir sus puertas al visitante; conversa de cualquier tema, porque conoce de todo; su sentido del tiempo, es el de quien no tiene compromisos sino con el aquí y el ahora; y mientras ofrece un recorrido, reparte sus regalos: cacao, mangos, los frutos de su tierra. Su generosidad, sin duda, nace de aquella libertad de vida que lo sostiene, como vivo ejemplo del montubio manabita. Pero para coronar el legado, Dumas es, además de todo (o sobre todo) amorfinero.

La acumulación de recuerdos es una característica del montuvio de Manabí.

El término amorfino nos remonta al propio inicio del amor y el romanticismo en Occidente, trasladándonos a edades en las que trovadores de la vieja Francia se hacían paso libertinamente, a través de las campiñas de su país, ofreciendo a las damas de su anhelo poemas acompañados de música para llamar su atención y enamorarlas. La práctica se la conocía como el ‘amor cortés’, cuya palabra occitana, uno de los idiomas tradicionales de estos trovadores, curiosamente era ‘fin’amor’. Cruzando océanos durante la Conquista, y mezclándose con distintas formas de expresión popular, esta reliquia de la humanidad sigue viva en las planicies aluviales de nuestra costa, y en especial, en la provincia profundamente poética de Manabí.

Libertino trovador, Dumas no cree en religiones, pero ha escrito su propio credo. No cree en la educación de la escuela, sino en la que aprendió en sus propios libros de poemas. El verso no es solo una forma de expresarse, es una forma de interpretar el mundo, una forma de ser, voz que narra su presente, cuenta su pasado e imagina su futuro.

Si Dumas Mora muere

que lo velen en un altar,

en medio de lindas mujeres

y en Calceta, la sin par.

Cien chicas vestidas de blanco,

todas de edad muy tierna,

que luzcan lindas piernas

y un clavelito blanco…

y tengan por algo cierto,

que si esto llega a pasar,

tendré los ojos bien abiertos

para poderlas contemplar.

Dumas recuerda lo que llama el ‘tiempo galante’, ese pasado remoto cuando tocar el brazo de una mujer estremecía y cantarle amorfinos era un honor. En esos tiempos, existían aún los ‘juegos de rueda’ que enfrentaban a hombres y mujeres armados de amorfinos durante las fiestas montubias.

Se puede decir que toda la nostalgia que invade a Dumas se fundamenta en el estilo lisonjero, parte central de su vida

El amorfino se vuelca sobre el día a día, sobre las fantasías y los anhelos, y los sentimientos profundos que lo invaden a través de los años; toda vivencia quedando grabada en el acto poético. Es evidente que piensa y vive en verso; el verso, por supuesto, que adquiere una intensidad especial cuando se dirige al eje mismo de su inspiración; a su musa; a la razón de su existencia y motor de su pasión: la mujer.

Esta herencia oral viene de lejos y encontró hogar en el entorno rico y abundante de esteros y ríos, montañas, bosques y sementeras, a pocos metros del gran océano, en Manabí. Sus versos coquetos, llenos de doble sentido e ingeniosa rima, son voz viva de las raíces, creatividad y singularidad de la cultura manabita.

Amorfino para casarse

Es poco lo que se conoce de la mujer amorfinera. Aquí les dejamos con el “Amorfino pa’ casarse” que según cuentan fue compuesto por Lorenza Párraga, poeta de pueblo que, desde los años 1920, cantaba estos versos que han quedado en la memoria de Calceta como muestra de la inspiración de la mujer montuvia.

Si casarse fuera un día

una semanita o dos

pero eso, es toda la vida

y eso sí, no lo quiero yo.

Si es flaquito, es un bejuco

que todo se ha de doblar

si es gordito, es sofocante

que hasta me puede asfixiar.

Si alto, es un gigante

que no lo puedo alcanzar

si es bajito señores

hasta se me ha de extraviar.

Si es viejo, es un caballo

que no lo puedo amansar

si es joven, es un potranco

que me puede dominar.

Para hacer lo que me gusta

no me tengo que casar

y si sigo solterita

que mejor felicidad.

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