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El mundo celebró el centenario del nacimiento de Alexander von Humboldt como se celebraría el fin de un milenio. Lugares tan separados como México, Melbourne, San Francisco o Alejandría, en Egipto, realizaron, el mismo día, un 14 de septiembre de 1869, sonados eventos conmemorando la vida de quien algunos consideraban el científico más famoso del mundo…  y otros, el hombre más importante de la Historia.

Ciudades se paralizaron frente a los desfiles que se organizaron en su nombre. Veinte mil personas en el Parque Central de Nueva York; ochenta mil en su ciudad natal de Berlín. Estamos lejos del Live Aid de Wembley o las finales de Copa Mundial de Fútbol de la era actual. En aquellas épocas, multitudes no se aglomeraban así no más, peor aún en sincronía a través del planeta (en un planeta sin internet ni teléfonos; aunque ya existiera el código Morse que el propio Humboldt ayudó a impulsar). El mundo se había reunido como nunca antes se hubiera reunido en torno a una sola persona. Había algo de poesía en el hecho. Porque si había una mente capaz de unir el mundo, esa debía ser la de Humboldt.

Fuera de los nombres de las calles y los nombres de los cráteres lunares y ríos, glaciares, bahías, corrientes, orquídeas, pingüinos, escarabajos, asteroides y montañas que lo honran hoy día (no hay persona que haya prestado su apellido a más sitios y especies en el mundo que Humboldt), fue su mente la que se convirtió en fascinación de toda una época en la historia. Hasta reyes en lugares como Tailandia colgaban su retrato en sus palacios. Personalidades de todo paralelo hacían lo posible por rendirle una visita. Desde Darwin, que no se habría montado en el Beagle si no fuera por sus libros o Ralph Waldo Emerson, el recordado poeta, que decía que sus ojos eran telescopios y microscopios a la vez.

En vida, Humboldt ya era un hito histórico. Uno hacía fila en los cafés de París para al menos apuntar una oreja en su dirección. Era magnético como una estrella de cine… un monumento al conocimiento humano cuyas conversaciones pasajeras eran discursos de simposio capaces de hilvanar, en la misma, fluida oración, reflexiones políticas con los más altos conceptos científicos de la época.

Cien años después de su nacimiento, diez años después de su muerte, el mundo lo recordaba con entusiasmo. Hoy, sin embargo, muchos hasta llegan a preguntarse: ¿Quién fue Humboldt y por qué importa hoy?

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