Tierra de gigantes: Arte urbano en el suburbio guayaquileño

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Narran los documentos de la historia que en el período Colonial, la inquisición no llegó con tanta furia al puerto de Guayaquil. Sin embargo, aquellos puritanos incrustados en la ciudad aprovecharon los momentos en los que se realizaba la quema de las ropas por causa de la peste amarilla que azotaba la ciudad y pusieron caretas con rostros de sus enemigos para satanizarlos frente a la sociedad…

Así, la cultura guayaquileña fue adoptando este gesto como propio y poco a poco se fue convirtiendo en una tradición dinámica, que ha mutado en el tiempo desde esta quema, a cuando los niños caminaban al Barrio del Astillero a pedir viruta y aserrín para llenar al viejo (monigote). Luego fueron los personajes de papel maché, sólidos y coloridos, graciosas representaciones de la fantasía, la política, el deporte (ocho cuadras de ellos en la 6 de marzo). Gigantes de hasta nueve metros de altura dan muestra de la genialidad del arte urbano de las calles del puerto y de cómo su gente ha sabido expresar su opinión y sentimiento el último día del año, cada año.

El 31 de diciembre de cada año, sucede una catarsis colectiva, la furia y la fe mezcladas el momento de cerrar un capítulo y pasar al siguiente.

En el Suburbio Sur Oeste, en Argentina y la 28, donde desde hace 6 años, artistas urbanos guayaquileños dan rienda suelta a la imaginación, construyeron un “titanic” enorme, que el momento de la quema tuvo que ser irónicamente “inundado” por el cuerpo de bomberos, ya que las llamas amenazaron seriamente las casas y los cables de la zona; esto simplemente detonó y encendió la mecha del gusto por los gigantes, las explosiones, el fuego y fueron aprendiendo a crear, de manera ingeniosa, criaturas que le imprimen un aire surreal al paisaje urbano guayaquileño.

Desde entonces muchos han sido los artistas urbanos: Boris Cajas, Gabriel Sosa y Felipe Medina, Charles y Eduardo Vilema, Kevin Rondal, Carlos Célleri, y muchos más, cada uno con su gallada que se ha sumado a esta tendencia en las calles del suburbio, creando así una ruta que atrajo a los ciudadanos a curiosear su arte y espontáneamente se generó un circuito turístico en una zona que nunca estuvo en los planes de visita de nadie que no fuera de la zona misma.

Con actividades como shows, los gusanos, manzanas acarameladas, chuzos, la infaltable fotografía de 1 dólar (o 50 ctvs si la cámara es suya), logran recuperar en algo, el dinero invertido y los casi dos meses de trabajo que requieren estas obras: aproximadamente 50 quintales de papel periódico, pintura, madera y una idea en la cabeza, dando vida a estos gigantes que encarnan al realismo mágico.

Aunque cada vez los controles y las advertencias sobre los peligros de los explosivos son mayores, parecería que el fin de año en Guayaquil, cada abrazo y cada deseo explota en el cielo y retumba en cada rincón, pues no será muy difícil que los tumba casas, cohetes chinos o las clásicas camaretas se le crucen en el camino.

El 31 de diciembre de cada año, sucede una catarsis colectiva, la furia y la fe mezcladas el momento de cerrar un capítulo y pasar al siguiente, con nuevas promesas con nuevos anhelos, en los hogares guayaquileños que encienden la fiesta; en el suburbio, los gigantes esperan por su hoguera controlada las primeras dos semanas del año.

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