Tagua, madre y semilla

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La pepa de tagua es común en tiendas artesanales de Ecuador, transformada en joyas, esculturillas, hasta piezas de ajedrez, pero pocos entienden el cuidado – y peligro – que representa recolectarla.

La llamada ‘mococha’ de la palma “de cade” o tagua, es como un vientre listo para dar a luz. Cuando finalmente se ‘rompe la fuente’ de esta enorme bolsa de fibra natural, asida a la base de las hojas del árbol, una veintena de sus semillas caen a la hojarasca del bosque tropical. Pepas ovaladas que algunos han llamado oro blanco, y que alguna vez fue el tesoro mejor guardado de sus descubridores; son como huevos prehistóricos del suelo de bosque, listos para ser recolectados.

Se dice que quien corte la mococha antes de hora, apresurando el proceso natural de la palma madre, “pierde” el árbol para siempre. La leyenda tiene su verdad. Pero los productores ahora saben que, frente a esta violación del proceso natural de gestación, la resentida palma solo queda infértil por 2 a 4 años, antes de volver a producir lo que ella produce sostenida y perpetuamente si se la deja en paz.

La paciencia es, sin duda, una de las muchas lecciones que la palma de tagua puede legar a su contraparte humana.

La industria de la tagua obligatoriamente se remonta a tiempos anteriores a la agricultura, a un antiguo quehacer de recolección en selvas recónditas que difícilmente podríamos imaginar en el mundo de hoy. Y por más modernas que sean nuestras sociedades, fábricas o técnicas de masificación de productos, ningún empresario, científico o agricultor ha hallado la fórmula de crear plantaciones a gran escala de la especie. Ella da lo que quiere dar. Así nos lo cuentan Francisco Luna y Sandra Dirani, dueños de Trafino, uno de los exportadores de tagua más importantes del mundo. Saben bien que la única fórmula para aumentar la producción de su industria es fortalecer los bosques de Manabí, conservarlos y esperar que la palma se sienta en casa, y que, bajo sus condiciones, en bosques primarios y saludables, prospere.

La tagua es nativa de la zona ecuatorial suramericana, pero su versión más grande es endémica de Ecuador. Su interés productivo, que nació en el siglo diecinueve para abastecer la industria de los botones en Italia, fue desarrollada en el país por alemanes, que se internaban en las marañas de selva en Manabí y Esmeraldas, para recoger las semillas, evitando con escopetas las venenosas culebras del matorral. Las pepas las preparaban cortándolas en lonjas con sierras y las exportaban a Alemania, donde en tornos de fábrica creaban discos, los cuales vendían a los italianos. En realidad, ellos ignoraban la procedencia ecuatoriana de la materia prima, secreto que los alemanes pudieron guardar durante muchos años, a tal punto que los italianos supusieron que la tagua venía de África. Finalmente lograron dar con Ecuador y terminaron instalando sus propias fábricas para preparar la tagua directamente y reducir sus costos de abastecimiento.

A medida que surgieron nuevas tecnologías, a mediados del siglo pasado, el auge de este preciado material orgánico empezó a decaer. Como Trafino, son pocos los que persisten en la industria, un negocio que pide gran sabiduría de sus empresarios, sabiduría para conservar los taguales, cuidar a las palmas madres e instaurar un espíritu de sostenibilidad en las comunidades de recolectores que aún ingresan en las marañas, a riesgo de ser mordidos por serpientes. Todo lo hacen por abastecer la demanda de un nicho que todavía aprecia la belleza, durabilidad y calidad del incomparable marfil vegetal de Ecuador.

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