Salinas: La vida en chanclas

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Situada a poquísima distancia de la punta del continente, Salinas es la ciudad más occidental del Ecuador continental y uno de los balnearios más populares del país, rodeada de todo tipo de mares: mansos, bravos y revueltos…

A Salinas la comprendes —su vida, su ritmo— cuando te quedas más de dos días o de un fin de semana. La situación ideal es tener la vista al mar, levantarte oyendo —sintiendo— el romper de las olas, ver la actividad de media mañana sobre la anchísima ensenada: los moribuguis, la llegada de los barcos pesqueros, los bañistas, los que juegan su deporte de arena preferido (incluyendo el paddle-ball con redes de volley), los yates dibujando sus sinuosas líneas blancas en el ancho azul del mar.

Bicicleteando en La Chocolatera

Desde la distancia de un balcón a varios pisos de altura, este tipo de descanso le da un sentido a la ciudad.
Mayor sentido, por supuesto, es cruzar la avenida (pues en Salinas hay avenidas) hasta la arena misma, dejar que el nuevo vestuario, el terno de baño y camiseta, la toalla en el hombro y las sandalias (las indelebles ‘chanclas’) se conviertan, como para los lugareños, en parte de tu alma. En ninguna otra ciudad de Ecuador —y Salinas, por la cantidad de asfalto y edificios que la dominan, puede fácilmente considerarse como una ciudad— se ve tanta gente en chanclas. En el mercado, supermercado, restaurante, banco y sí, cruzando avenidas… Parece que de este oximoron nació la ciudad: de la simple idea de hacer de una playa, una urbe.

La característica forma en gancho de su península significa que la playa principal, San Lorenzo, es uno de los pocos lugares en la región con aguas mansas. Mirando desde el malecón, el sol brilla sobre varias docenas de yates y veleros que se balancean suavemente en su mar turquesa. Marcada por un nuevo muelle, la playa curva hacia el oeste y culmina sobre el puerto del exclusivo Salinas Yacht Club. Al otro lado, empieza la segunda bahía, larga y también protegida, playa Chichipe, que suele tener menor acogida y ofrece un simpático paseo vespertino.

Salinas al atardecer

Uno termina caminando el Malecón sin darse cuenta, llegando al lado de la iglesia y su lindo parque —domingo es día misa en un entorno muy tropical, lleno de brisas de mar y tranqulidad— donde siempre llama la atención la torre del edificio y los grandes árboles que lo rodean. En las tardes, panaderías ofrecen pan recién salido del horno. Comprar una bolsa es parte importante de la rutina de los lugareños. Muchos también buscan pan de yuca con yogurt en Naturissimo, las ricas Empanadas de Pedro o helado en Ice Cream Planet para cerrar la jornada.

Un lado ‘salvaje’

Las motos acuáticas y bananas inflables son parte indiscutible del paisaje de Salinas, pero hay como romper con la rutina y alquilar un bote o tabla (paddleboard) y lanzarse a navegar. Para clases de surf, paddleboard y recorridos inusitados, acércate a la escuela Paradise Surf —llamando al +(593 9) 88 55 8124 o ingresando a sergbzn.wixsite.com/surfparadise— del ex surfista (campeón nacional) Víctor Bazán y su esposa María Reyes.

Playa en todas sus dimensiones: en esta foto, Mar Bravo se convierte en el lugar ideal para recibir la noche.

Víctor te contará toda la historia de Salinas. Nacido y criado aquí, te hablará de un malecón antes del cemento con un solo edificio y en vez de las salinas que dominan el entorno, manglares. Son 40 años que lleva explorando las olas cercanas y ha sido salvavidas desde hace 26. Ofrece clases de surf en todas las rompientes de la zona (dependiendo del nivel de habilidad) y cuenta con el transporte y equipo necesarios.

Para experimentar un lado que pocos conocen, Víctor también organiza recorridos de paddleboard en los manglares que todavía existen entre Salinas y Punto Carnero. La gran mayoría de estos manglares fueron destruidos con el tiempo, pero una pequeña zona fue replantada hace 12 años como parte de un proyecto conjunto con la Universidad de Guayaquil y la Universidad de Santa Elena. Este frágil ecosistema proporciona un hogar para una amplia variedad de aves, incluyendo garzas, garcetas, ostreros, flamencos y espátulas.

Una vista privilegiada del mar, desde El Barranco, en el pueblo de Ancón.

Salinas es, además, el trampolín ideal para el turismo de la provincia, pues desde aquí puedes realizar muchas visitas cercanas, algunas detalladas en esta revista. Entre otras aventuras, puedes aprovechar de un bonito día para visitar los desérticos paisajes de Ancón y conocer su historia, detenerte un momento en La Libertad para comprar lo que puedas encontrar de parafernalia playera e ingredientes frescos y mariscos de su mercado, visitar el Museo de los Amantes de Sumpa en Santa Elena (y su linda iglesia de madera), pasearte por Mar Bravo y Ecuasal o ingresar a La Chocolatera para ver las olas (solo expertos nadadores y surfistas pueden intentar domarlas) y subir la costanera hacia los pueblos pesqueros que conforman la turística Ruta del Spondylus…

Puedes realizar un recorrido de observación de aves con el célebre (en Salinas) Ben Haase. Dueño del emblemático Oystercatcher Bar, dirige también el interesante Museo de Ballenas (www.museodeballenas.org) ubicado al lado del bar, que alberga esqueletos de varias especies de ballenas y delfines. Para ver ballenas (vivas) en temporada (julio-agosto), Ben puede llevarte en su velero. Llama al +(593 9) 86 74 7607.

Comilona salinera

Hay varias especialidades de la comida tradicional de la provincia y el pescado suele ser su eje, con el plato más popular siendo el ceviche. De hecho, toda una cuadra desde el extremo oeste del malecón de San Lorenzo hacia el interior de la ciudad, conocida localmente como Cevichelandia, se dedica a servir este plato de mariscos marinados. El clásico lugar es Lojanita, aunque dicen que ya no es lo que era.

El clásico Hotel Yulee, hoy alberga el excelente Claudio y Alberto Bistro&Coffee

Bordeando el malecón, hay varias opciones populares ofreciendo mucho de lo mismo, pescado asado, patacones y menestra, aunque Luv n’ Oven ofrece una combinación de mariscos y comida italiana. Para algo más sofisticado, no te pierdas la excelente comida (y ambiente) en Claudio y Alberto Bistro & Coffee en el antiguo Hotel Yulee.

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