Rosas: una industria andina que florece

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En nuestro camino al norte de Quito, es difícil pasar por alto las pancartas que anuncian que Pedro Moncayo es la Capital Internacional de la Rosa. La primera “Reina de la Rosa” fue elegida en 2010 como representante oficial de esta designación, en un concurso que reunió no sólo a candidatas locales, sino también a participantes de países como Rusia y Brasil.

Plantaciones de rosas, una tras otra, que inician en Pedro Moncayo y se extienden en toda dirección a través del área de Tabacundo y Cayambe, validan la importancia de este producto en esta zona del país. Sigue siendo un dato curioso. Las rosas llegaron al Ecuador hace apenas 30 años y su proliferación mundial no deja de ser digna del asombro.

La verdad es que la producción de rosas ecuatorianas no tiene parangón en el mundo. Las condiciones naturales (la altura y un sol que brilla con la misma intensidad todo el año) hacen de estas tierras, creadoras prodigiosas de un producto no sólo estable, sino de gran calidad. Como una fotografía saturada, los rayos del sol perfectamente perpendiculares imprimen un potente color a los pétalos. Con una variedad mayor que la de mercados competidores como Colombia y una nueva y positiva conciencia social, la producción de flores en Ecuador es hoy un referente a nivel mundial.

El pequeño Ecuador se ha tomado el mundo con sus brillantes rosas de todos los colores.

A simple vista, la industria florícola ha cambiado la cara del Ecuador rural. Ofrece beneficios sociales para los empleados —desde seguros médicos, guardería para madres que trabajan, hasta sistemas corporativos para que los trabajadores tengan acciones en la empresa— algo inexistente en gran parte de las actividades agrícolas.

Estas recompensas existen desde hace una década y favorecen especialmente a las mujeres, quienes son valoradas por su atención al detalle y su delicadeza en el manejo de las flores. Mayores ingresos y seguridad de empleo también marcan la diferencia.

Hacia lo orgánico

Sebastián Medina de la empresa Flor y Campo nos guía a través de su plantación, una de las más importantes del Ecuador, con instalaciones impecables, organización meticulosa y un ambiente en general amigable y convidador. Nada de miradas desconfiadas, sólo sonrisas y un “buenos días” afectivo de cada uno de los empleados.

El éxito, dice Sebastián orgullosamente, se basa en dos aspectos. Primero, la innovación. Flor y Campo crea variedades únicas de flores de verano, entre ellas las llamativas alstroemerias gigantes o las hojas de col (sí… el vegetal) aparte de decenas de tipos de rosas de toda estirpe. Segundo, crear medios de producción orgánicos y sostenibles. Ambos aspectos requieren paciencia, tiempo y mucho esfuerzo, pero no cabe duda que a largo plazo reducen costos y crean importantes nichos de mercado.

La vermicultura y otras prácticas sustentables en la industria de las rosas, una tendencia…

Sobre la innovación, no se revela mayor cosa, por supuesto. Hay secretos por guardar. Sería terrible que fuéramos a divulgar las características de algunas de las variedades únicas que produce la finca. En cuanto a procesos orgánicos y sustentables, Flor y Campo pone todas sus cartas sobre la mesa para quienes los visitan.

Algunos tips para la producción ecologica de las flores

> Rosas que no se utilizan (y cualquier otra materia orgánica también) puede reciclarse en el suelo.
> La vermicultura crea humus, un fertilizante orgánico de alta calidad.
> De este “sistema digestivo” artificial nace gas natural (o bio-gas) que puede utilizarse como calefacción o para generar energía.
> Pesticidas naturales como los hongos mantienen limpias a las flores desde la cosecha hasta la entrega.
> Criaderos de ácaros producen un ejercito hambriento de especies que comen especies dañinas para las flores, sin la necesidad de pesticidas.

¿El turismo de las rosas?

Flor y Campo ofrece un interesante recorrido que revela lo último en tecnología de producción y métodos sustentables. Aparte del volcán Cayambe en días despejados, la experiencia es más bien de corte científico. Pero pocos kilómetros más adelante, en dirección a Otavalo, un leve desvío a la derecha nos lleva hacia la plantación de rosas Rosadex y a solo minutos subiendo la loma, hasta Hacienda La Compañía, un destino que combina las rosas con una visita romántica en los Andes.

Hacienda La Compañía, un receptáculo de historia y belleza en el corazón de los Andes

La residencia de la hacienda se ha mantenido prácticamente intacta desde 1919, año en que terminara su construcción. El dueño habría trasladado muebles y decoración —hasta el papel tapiz— desde Europa. Planchas antiguas, teléfonos con mancuernas, viejas máquinas de escribir y otros objetos que han sucumbido al arte y no a las funciones que alguna vez cumplieron, están en muestra permanente.

Rosas (que se envían a cualquier parte de los EE.UU. en tan sólo 6 días) también están en muestra permanente. Son colocadas en floreros sobre cada mesa disponible. Francisco Vallejo, fundador de Rosadex, piensa que pocos comprenden el verdadero potencial del producto: «Por eso las exhibo así. A las rosas hay que mostrarlas en todo su esplendor».

Al final de una majestuosa escalinata a un costado de la casa yace la estancia jesuita original. El terreno cumplía un propósito más bien agrícola y la iglesia no presenta las mismas pretensiones que las del centro histórico. No por ello deja de ser una capilla patrimonial de siglo 18 con sus obras de arte y su propio cristo articulado.

El florido showroom de la Hacienda La Compañía, cercana a la ciudad de Cayambe.

Cruzando una pequeña calzada empedrada, otra construcción jesuita sirve de showroom, donde una estructura para desgranar maíz con los pies y antiguas monturas para mujeres se exhiben frente a centenares de resplandecientes rosas y sus muchas variedades. Visitantes pueden almorzar en el comedor, pero no se puede pasar la noche.

Para reservas, llamar al 02 224 7825 ó 09 749 4194 (haciendalacompania@yahoo.com)

PH: Jorge Vinueza

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