Rafting en Familia en Plena Amazonía

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Esto no era para nada lo que esperábamos. De hecho, todo estaba saliendo terriblemente mal. Nuestra hija Emma, de nueve años, lloraba a mares, el pecho contraído, faltándole la respiración y con las mejillas rojas, rojas…

Estábamos parados a las orillas del río Anzú, la mañana gris y nublada, todo menos un buen augurio si tienes nueve años. El río café con leche —de un ancho de unos cinco autobuses— corría con rapidez. Emma se había mostrado tranquila —hasta entusiasmada— con el prospecto de navegar en una balsa inflable en la Amazonía. Bueno, tal vez no entendía muy bien lo que quise decir con eso de “ir de rafting en la Amazonía”. Pero era evidente que no estaba a tono con la realidad que presenciaba: un bote inflable color azul que el equipo de Torrent Duck había sacado de su Land Cruiser hacía dos minutos. Aunque Emma nunca lo dijo, estoy seguro de que estaba pensando: «¿Me trajeron hasta aquí para montarme en esa cosa? ¡Idiotas! ¡Todos vamos a morir!”

Mientras mi esposa Amira la consolaba, y el equipo inflaba la balsa y comprobaba que todo estuviera en orden, nuestro guía dio inicio al briefing de rigor. Todos nos pusimos los cascos y chalecos salvavidas, ajustamos las correas hasta que estuviéramos a la moda aventurera. Gino, en todo momento, fue un guía y líder excepcional: altamente calificado, con una década de experiencia. Esto es, en realidad, su trabajo de fin de semana, o como lo describía él, su “escapada” de fin de semana. Su “verdadero” empleo en CNT (la compañía telefónica estatal) es como técnico, donde debe coordinar el funcionamiento de una docena de infocentros en la región. «Soy más feliz en el río y en la naturaleza», nos había dicho en camino al lugar. «No hay nada mejor para despejar la cabeza y apreciar la naturaleza que remar». Díselo a Emma.

Aunque 9 años suena demasiado joven como para el rafting, a nuestra familia se unió una madre con su niña que no tenía más de tres años. ¿Tres años? ¿En una balsa? ¿Para hacer rafting en los rápidos de la Amazonía? Pues sí. Torrent Duck cree que puedes hacer rafting a cualquier edad (aunque probablemente es mejor si sabes nadar): se trata de elegir un equipo experimentado y las secciones correctas del río en el momento adecuado del año. En ese sentido, Ecuador cuenta con toda una gama de opciones. Con ríos que descienden ambos lados de los Andes, aquí puedes navegar cualquier mes, en cualquier época del año —aunque, cabe decir, la deforestación, las mega represas hidroeléctricas y los proyectos mineros son una amenaza real para las cuencas hidrográficas de todo el país.

Gino nos explica qué hacer si caemos en el agua (hay que dejarse llevar por el río con los pies hacia abajo, el remo entre los pies), qué no hacer con el remo (golpear a tus compañeros de viaje en la cabeza; perderlo), y cómo remar en equipo. Este es quizás el aspecto más interesante del rafting. Hay que hacerlo juntos. Si no lo haces en equipo, te vas del barco, pirata. Debes aprender los movimientos, seguir las órdenes del capitán y remar en sincronía para hacer que funcione.

La Emma de tres años está ahora persiguiendo con un cuestionario implacable a la reticente Emma de nueve: “¿Por qué llorabas, eh? Te vi llorar antes, pero ¿por qué?” Las niñas fueron ubicadas en los asientos del medio en la sección trasera de la balsa, entre la nevera con el almuerzo a bordo y una bolsa seca para artículos delicados. A la Emma grande le dieron un cordón (impresiona ver cómo uno gana seguridad con solo poder aferrarse a algo) y mi esposa, Amira, que no sabe nadar pero siempre está presta a todo, está a su lado. Estoy en la parte delantera con Julián, mi hijo de catorce años, para darle un poco de empuje.

Continuamos una hora hasta llegar a Puerto Napo, sin ver mayor señal de civilización. Sólo la naturaleza verde, el susurro del viento en los árboles, el gorgoteo y la espuma del río a medida que avanzamos.

Así, zarpamos. Por lo general, al menos un kayakista acompaña al grupo, actúa como guía y balsa de seguridad por si nos terminamos volcando o alguien cae al agua. Pero hoy, como es domingo, nos acompañan tres. Maniobran alrededor de nosotros con destreza, como perros pastores arreando el rebaño.

Más tarde, durante el almuerzo, Roberto Rueda, uno de los socios de Torrent Duck, me explicó la visión de su compañía: «Un día de rafting es una actividad maravillosa para familias. Es una gran mezcla de diversión, adrenalina, naturaleza y relajación. Personas de todas las edades pueden disfrutarlo. Hemos estado creciendo como empresa con los grupos que nos visitan del extranjero, pero es una pena que más ecuatorianos no puedan disfrutar más de su entorno natural. Nuestros viajes familiares están diseñados precisamente para incentivar eso».

Gino lee los giros del río con inteligencia, lanzando órdenes al aire con una voz entre amistosa y contundente. Está en su elemento, disfrutando de un tranquilo paseo dominical y llenándonos de confianza. Todos nos sentimos cómodos cuando empezamos a acercarnos a las aguas blancas que se forman adelante.

Por lo que sé, es crucial lograr entrarle a un rápido correctamente. Se trata de maniobrar la balsa hacia el lugar idóneo del río antes de que éste te hale, de modo que cuando la corriente acelere su ritmo por debajo de la balsa y las olas comiencen a hincharse y marcar sus curvas, tú estás exactamente dónde quieres estar.

Gino coordina esta entrada exactamente cómo quiere: en nuestro caso, evita deliberadamente las olas más altas, manteniéndonos alejados tanto de las orillas del río como de los rápidos que él considera demasiado poderosos para nuestra embarcación, con un promedio de edad que no sobrepasa los 15 años. Por supuesto, una vez que siente que el grupo se siente seguro, superando su miedo inicial, nos conduce a aguas más fuertes, donde la oleada empieza a llenarnos de adrenalina.

Después de algunas secciones de aguas rápidas, una larga recta quiere decir que quienes quieran nadar un rato podrán hacerlo. Mi hijo de 11 años, Tomás, no se hace de rogar. Salta con los pies al frente, emergiendo del agua con una gran sonrisa. Pronto me uno. Luego Julián. Y antes de que nos demos cuenta, la mitad del grupo está chapuceando en el agua. Esto es mejor que llevarlos a la quincuagésima Avengers, sin pensarlo dos veces.

A medida que avanza la mañana en el Anzú, las nubes grises se dispersan, reemplazadas por el cielo azul. He disfrutado de nuestra excursión hasta aquí, pero cuando sale el sol, todo se vuelve aún más mágico. Me veo de pronto fascinado frente a la luz incandescente reflejada sobre las olas; paso minutos enteros contemplando el bosque, las nubes en lo alto, incluso mientras remo.

Aunque Emma rechaza las reiteradas oportunidades de meterse en el agua, acepta la oferta de Gino de «montar bronco» en la parte delantera de la balsa (después de que su hermano Tom le muestre cómo se hace con estilo). Mientras se sienta en el borde inflable, con los pies colgando sobre el filo —y pegando alaridos cuando nos acercamos a las olas grandes— nunca habrías pensado que estuvo lista para demandarnos por negligencia parental hace solo dos horas.

Hacemos una pausa para almorzar en Puerto Napo, en una casa municipal a orillas del río, cerca del puente antiguo, donde un grupo de bomberos y voluntarios hacen rapeling sobre una roca para divertirse. Los niños juegan en la arena y caminan por la orilla y el equipo prepara una mesa, donde disfrutaremos de un delicioso almuerzo —rico en carbohidratos, eso sí— surgido de la nada.

Y eso sería todo, pero Roberto nos tiene una sorpresa. Nos montamos a la balsa una vez más y nos dirigimos río abajo, el sol radiante. Estamos ahora en el río Napo. Unos cuantos rápidos más adelante, nos detenemos en una orilla del lado derecho. Desembarcamos y subimos unos escalones. Pasamos una cabaña. Y pronto llegamos a una encantadora piscina con un idílico bosque alrededor y una cabaña con techo de paja: es el Hotel Selina (antes Cotococha Lodge).

El sol lo ilumina todo ya empezando su descenso tras los flancos de los árboles hacia el oeste. Emma, ahora una consumada profesional del rafting, y sus hermanos, piden Coca-colas y chifles. La luz de la tarde juega entre las ramas, proyectando sombras sobre la luz dorada; nos envuelven las brisas, música electrónica sale de un parlante detrás de los arbustos y una cerveza fría aparece de la nada… Ahora sí estamos hablando: un día de familia para recordar en la gloriosa Amazonía.

Los chicos de Torrent Duck estarán gustosos de organizar todo tipo de excursiones en aguas bravas a través de Ecuador desde su base en Tena. Sus viajes familiares cuestan $55 por adulto y $35 por niño, con almuerzo incluido, guías, etc. También realizan salidas nocturnas con luna llena y pueden organizar encuentros corporativos para empresas de uno día o más, lo que es fantástico para los procesos de integración de equipos de trabajo.

CONTACTO

Torrent Duck

+593 9 8679 933

www.torrent-duck.com

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