Quebradas de Quito: Hacer jardines de basureros

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Pensemos a las quebradas del Pichincha como el monumento insigne (en este caso natural) de la capital ecuatoriana. Son el escollo que definió a la ciudad colonial, la ventaja que aprovechó el inca Huayna Capac para crear sus ‘baños de placer’, entre las cuales vio un lugar donde asentar la capital del Chinchansuyu; son estas formaciones las columnas que levantan el gran muro natural de la montaña en sí, protector del valle de los Kitus, que tantas bondades ofreció a sus primeros habitantes. Y pensar ahora lo que nuestras generaciones han hecho del lugar…

“Son auténticos basureros,” explica Tatiana Santander de Aves y Conservación: “la gente ve una quebrada y no lo piensa dos veces: allá va su basura”. Cuando empezó su proyecto para reforestar las quebradas de Quito con flora nativa, sabía que le esperaba el hercúleo trabajo de sanearlas. Son zonas no sólo sucias, sino peligrosas.

¡Hasta colchones! ¡Qué no bota la gente en las quebradas de Quito! (foto tomada durante la primera minga del proyecto Wayku; Andrés Múñoz).

“Tuvimos que ir con policías para realizar nuestras visitas de reconocimiento,” me cuenta, “pisaba cosas que ni siquiera quería saber qué eran. Olía terrible. Era terrible. Te encontrabas con muebles, sillas, con muchísima basura, con una mochila con todo y cuadernos adentro, que algún choro tiró del puente. Ya es cultura de la gente: cuando quiere deshacerse de algo, ¿a dónde van?… a la quebrada.”

Pero hay que imaginar al Pichincha y su naturaleza original. Sus bosques nativos de Polylepis, de tocte, de palmas, camachos y decenas de variedades de colibríes. Tenemos una idea de lo que eran estos bosques en muy contados lugares de los Andes, entre ellos, los ricos ecosistemas del Noroccidente, bajando por ’la otra’ ladera del Pichincha.

Podemos imaginarnos las bromelias y musgosas ramas de los árboles y, sobre todo, la cantidad de cascadas, a este lado del mundo que tanto se ha resecado a través de los años, creando mucha erosión y debilitamiento de tanto la tierra como el ecosistema.

Minga de limpieza

El proyecto de Aves y Conservación se ampara en el conocimiento de plantas y flores de bosques menos impactados que podrían sobrevivir en las condiciones actuales de las quebradas al lado quiteño del Pichincha. De esta manera, se podría empezar a diversificar lo que en realidad es una ecología empobrecida.

Aparte de ser ‘monumentos metafóricos’ de nuestra ciudad, estos espacios de quebrada –de por sí verdes y poco utilizados (y utilizables) para la población– podrían convertirse en pulmones urbanos; parques, jardines y sitios de visita.

Aparte de los muchos beneficios ecológicos que pueden ofrecer las quebradas de Quito, están sus asombrosas vistas (foto: Paula Holguín).

“No sabemos cómo les irá a las plantas y flores que hemos identificado, todas probablemente presentes aquí hace cientos de años. Las condiciones ecológicas no son las óptimas, pero es posible que algunas de las más resilientes puedan subsistir y así podremos dar paso a una verdadera reforestación; al arribo de especies, incluso, que hace mucho tiempo dejaron de frecuentar la ciudad,» explica Tatiana.

Si funciona, las aves volverán, se fortalecerá la población de especies emblemáticas y endémicas, incluyendo el cutín de Quito, un pequeño anfibio amenazado, y se darán las interacciones ecológicas necesarias para un ecosistema sano…

«Desde luego,» recalca Tatiana, «solo si la comunidad del Tejar decide acoger este proyecto, podremos ser exitosos. Y lo mismo diría para la ciudad entera y sus quebradas. Solo si los quiteños nos proponemos a hacerlo, daremos nueva vida a la montaña representativa de nuestra ciudad.”

En marzo del 2019, Tatiana lideró la primera minga entre los vecinos de la quebrada del Tejar para dar inicio al Proyecto Wayku (wayku quiere decir ‘quebrada’ en kichwa) con el propósito de «empezar a limpiar toda la basura» que había en el lugar (un esfuerzo titánico). La segunda parte del proyecto tendría que esperar más de un año, para sembrar «plantas y cosechar colibríes».

Este sueño que, por más difícil que parecía al inicio, daba indicios de que podría funcionar. La minga logró reunir a muchos lugareños, quienes pudieron comprender y, sobre todo, ver por sí mismos el estado en el que estaba «su» quebrada.

Las comunidades de El Tejar y Toctiuco Alto participaron en la primera minga del proyecto Wayku para sanear su quebrada (foto: Andrés Múñoz).

Una segunda minga de limpieza –¡se desecharon 12 toneladas de basura!– y la reintroducción y siembra de especies nativas en lugares clave de la quebrada, ha hecho de la Quebrada del Tejar un lugar que hoy los mismos vecinos pueden aprovechar y visitar para reconectarse con la naturaleza (puedes ver, en este enlace, un video sobre el proyecto Wayku).

La comunidad quiteña tendría que acoger este proyecto como su más preciada iniciativa. Este primer paso debería ser replicado a través del Pichincha, en todas sus quebradas, si es posible. En conjunto con planes de mitigación de riesgos, la regeneración de nuestras quebradas y nuestra preocupación por ellas sólo puede ser beneficioso para la ciudad.

“Recuperar las quebradas, traer la flora nativa, bajar la contaminación, concienciar a nuestras comunidades, mejorar la captación y calidad de agua, fortalecer el suelo… mitigar la erosión… sanear los bosques de nuestra montaña querida… esa es la prioridad”, conlcuye Tatiana.

Es una acción certera para hacer de nuestra sagrada montaña el verdadero protector que sus dioses habían tenido en mente cuando la crearon.

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