Protectores del Yagé

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Marcada por un historial de enfermedades, invasiones y amenazas de colonos a su territorio ancestral, la milenaria profesión del curaca (chamán) se encuentra en grave peligro de extinción, y con ella, su cultura entera se mantiene amenazada.

El sol no da tregua a orillas del río San Miguel, que traza la frontera entre Ecuador y Colombia. Sus vertientes recorren la zona del Putumayo que a su vez es el principal territorio donde habitan los cofanes. El rojizo color del agua se intensifica con cada rayo de luz que atraviesa el cielo despejado.

Tras una corta espera, el intenso calor se refresca cuando vemos llegar a César en su canoa. Él es habitante de la comunidad Cofán Avié, una de las catorce que habitan en el país. Con una población de 1.200 habitantes, la etnia A’i Kofán (“gente de verdad”) es una de las más reducidas actualmente de nuestra Amazonía.

El río San Miguel divide a Ecuador y Colombia; y conecta a los hermanos y hermanas de la nación Cofán.

De camino a la comunidad, César nos relata un logro reciente. La comunidad cercana de Sinangoe, con apoyo de otros hermanos y hermanas cofanes, lograron que se sentencie en segunda instancia la protección del territorio que se veía amenazado por más de cincuenta años a concesiones mineras. Esto hubiese representado la inminente contaminación de los ríos Aguarico, Chingual y Cofanes por las indiscriminadas actividades extractivistas de metales, en especial el oro. Notamos en su voz la emoción; el historial de lucha y defensa de sus territorios ha sido, sin duda, amplio y turbulento.

El bejuco sagrado de la Amazonía

Al llegar a la comunidad Cofán Avié, conocimos a Alex, hermano de César. Su padre, Isidro Lucitante, es uno de los últimos taitas conocedores de la medicina del yagé. Durante años de aprender la comprometida profesión de su padre, ambos han presenciado la lucha no sólo de la conservación del territorio, sino también de los saberes ancestrales que se pierden.

Pilar fundamental para el origen de su cosmovisión, el sagrado yagé acarrea una historia de dolor para la nación Cofán, pero también de esperanza. Los ancestros se comunicaban con los espíritus de la selva a través de ella. Eran estos entes los que transmitían la importancia de proteger y conservar el entorno. Cuando los kukamas (extraños) arribaron a estos territorios con la misión de evangelizar, los espíritus fueron desapareciendo.

En el mundo Cofán no existen herencias de bienes ni funciones sociales. La única excepción es el cargo de curaca (chamán) que es de vital importancia. Tanto así que son ellos los jefes políticos de mayor jerarquía en la comunidad. El poder de los curakas nace de su comunicación con los seres espirituales, son intermediarios de ambas realidades. El elevado consumo del yagé (ayahuasca) les permite desprenderse del cuerpo físico y ascender al mundo de los espíritus que transmiten su conocimiento a la comunidad.

Los conquistadores buscaban asustar a los taitas, lo que resultó en un cambio repentino para la nación. Les habían convencido que tomar yagé era una práctica que los ‘conectaba con el demonio’. Tan profunda fue esta idea que incluso al día de hoy hay quienes conservan la tradición católica, alejados de su espiritualidad ancestral. Otros antepasados escaparon de sus tierras para realizar ceremonias y escuchar de nuevo a los espíritus de la selva, clamando por su sabiduría y consejos.

 

En esta búsqueda conectaron incluso con sus hermanos de la nacional Siona, lo que representó una sincera unión entre ambas etnias amazónicas. Fue después de estos encuentros que se empoderaron para construir, en Sinangoe, una nueva casa de ceremonias. En ese entonces, la comunidad estaba dividida. Fue la sabiduría de los taitas y las sagradas visiones del yagé lo que permitió que se fortalezcan de nuevo los vínculos. ‘Ese es el poder de la medicina. Te hace entender que todos somos iguales y uno sólo con la naturaleza’, concluye Alex.

Con pasos firmes, la comunidad cofán ha defendido su territorio durante años de invasiones a sus territorios.

Supervivencia de una nación

Caminamos a la casa ceremonial de la comunidad Avié. Por fuera está decorada con retratos de papagayos, los que representan los matices de su colorida selva. Por dentro, los rostros de los antepasados protectores del yagé observan fijamente, al igual que lo hacen los espíritus del bosque. Cuenta Álex que cada vez que recolecta el bejuco para preparar la medicina, los espíritus de la selva aparecen en forma de cucuya (animales de poder) —el jaguar, la boa— para observar quién prepara la bebida.

Los hermanos habían preparado una limpia de ortiga con mi nombre inscrito. Me dijeron que dolería un poco, pero que después podría refrescarme en el río para calmar la hinchazón. El ritual se hace con la intención de sanar dolencias generales del cuerpo y mejorar la circulación.

Mientras los espinos de la ortiga chocan contra mí, César y Álex me cuentan sobre su nación. La población cofán tuvo alrededor de 20.000 habitantes en su momento más expansivo. Este número se redujo drásticamente en épocas de invasión como sucedió durante la fiebre del caucho. Muchos murieron o desaparecieron. Además, muchos ríos fueron contaminados. Hoy, la principal lucha es proteger la cabecera del río Aguarico, la cual, de ser afectada, dejaría sin agua y alimento a las ya debilitadas comunidades del sector.

El territorio Cofán Avié reposa dentro de un área protegida. Aún así, los desastres de la minería y petróleo acabarían con sus recursos.

A pesar de encontrarse dentro de la reserva ecológica Cofán-Bermejo (otro de los ríos que atraviesa Avié), el desastre que produciría esta contaminación llegaría al resto de ríos aledaños, sin distinción de territorio.

Ejemplos como el caso de Sinangoe son muestra de que los únicos protectores de estos territorios son ellos mismos, quienes sin intereses ocultos preservan el sueño de sus antepasados, el derecho ancestral de ser quiénes son y vivir como deciden hacerlo.

Una canción de esperanza

Alex también es músico. Las composiciones que entona acompañado de su guitarra son las mismas que le cantan sus antepasados durante las ceremonias. Todas ellas acogen potentes mensajes de satisfacción e inconformidad que alientan a la comunidad a conservar su cultura. Ya sea en castellano o en A’ingae (su idioma nativo), las armonías de Álex retumban con fuerza en el interior de quienes las escuchan, incluyéndome.

Álex no compone canciones, las aprende de los ancestros con los que se comunica durante las ceremonias de yagé.

Fue en el río Aguarico donde nació la conexión espiritual de los cofanes con los atianvi a’i (gente invisible), quienes les enseñaron a cuidar su tierra. Al igual que los athensiandekhu (sabios mayores), los hermanos Lucitante y la comunidad Avié buscan el resurgir de su nación. Los saberes de sus taitas, las lenguas nativas, el conocimiento de plantas sagradas y los valores de su cultura son los pilares de la educación que se transmiten a los más jóvenes.

La travesía continúa ahora en tierras siekopai. No sé qué nos espera, pero camino transformado por las melodías de Alex que todavía retumban en mí: “soy del Aguarico, con quien hablo todos los días. Con su voz me dice que lo cuide con fuerza, acompañado de sus valientes guardianes, bendecidos por el yagé».

Guacamayos Frenticastaños atravesando cielos equinocciales.

Visita a la comunidad

La comunidad Cofán Avié se encuentra a orillas del río San Miguel, Sucumbíos. Para llegar, se visita Sevilla, a una hora de Lago Agrio. Hay chivas que salen tres veces al día hasta el puerto. También se puede llegar en transporte propio o alquilar taxi ($20). Organiza tu visita llamando a +(593 9) 9234 8399.

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