Playas de Manta

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Es difícil creer que detrás de una refinería de petróleo exista un entorno tan pacífico, natural y poético como el que vamos a invitarles a explorar en las siguientes páginas.

Las playas a partir de San Mateo y la ruta que desde estas se desprende, son parte de una aventura tan inspiradora que vale el viaje a Manta para descubrirla. “Enrumbados” (como dirían los manabitas) hacia el sur sobre una carretera “nuevita”, bordeando lo menos turístico de la ciudad –la refinería de Petroecuador– nos encontramos con playas extensas, aún sanas, y mares alegres que se regodean con sus olas sobre la arena y las rocas.

El letrero de Santa Marianita anuncia lo que se ha convertido en la zona de paseo y descanso de los manteños, donde se urde el día de playa perfecto, experiencias de surfeo, brincar las olas, relax con una larga fila de chozones que ofrecen de todo en camarones, pescado, patacones y cerveza. Está también 3 Platos, que ofrece excelentes pizzas y deliciosos platos fuertes, especialmente a partir del atardecer.

Los rótulos de tiendas y paraderos, con sus nombres tan singularmente manabitas, generan sonrisas al leerlos

Hacia el sur, por el camino de la playa, se pasa por Santa Marianita, un pequeñísimo pueblo de pescadores. Aquí, encontramos su diminuta iglesia, las tienditas de abarrotes, las casas de los pescadores, guardando sus atarrayas después del día de pesca, entre Land Rovers antiguos, bien arreglados y pintados, que sirven para remolcar sus botes. La ruta entera se llena de color gracias a los murales populares, como el propio de este pueblo, que ilustra un barquito llamado Yoli.

La carretera orilla la playa, pero una ruta escénica nos lleva hacia el interior (izquierda) vía a Pacoche, donde se ubica el hotel Sumak Kawsay (una estadía cómoda y sin pretensiones en un hermoso entorno). Desde este punto atravesamos un portal hacia épocas anteriores, un escenario color canela, con piedras, algarrobos, palo santo, uno que otro ceibo, por donde se asoma un burro cargando fardos de hierba verde, su dueño con sombrero blanco -propio del campesino manaba- y, por supuesto, su machete.

Nos encontramos con más burros (y sus dueños) caminando en dirección contraria; todo un tráfico de patas y piernas, que no terminan de acostumbrarse al pavimento, que hace meses era tierra y grava. Un borrico nos conduce hasta el pueblo de Pacoche, con sus casitas todas de caña, sus árboles de ceibo o mango y, de repente, un glorioso flamboyán florecido (ojo, el nombre local es jazmín, por si se confunden al preguntar entre los pueblerinos). El pueblo parece dormido; el sol y el calor en su máximo apogeo, causan un sopor general, pero nos damos cuenta cómo las dueñas de casa lo observan todo desde sus frescas ventanas. Les saludamos, ellas sonríen y responden.

Volviendo sobre este camino hacia el mar, descansa el pequeño poblado de Ligüiqui, el cual se encuentra en la parte alta de la loma. Desde aquí, la vista del mar es panorámica y podemos seguir el camino del pueblo y bajar hasta la hermosa playa: un tesoro escondido. Nos cuentan que aquí los nativos practican una pesca ancestral, alanceando peces que quedan atrapados en grutas y las bases de los acantilados cuando la marea empieza a bajar. Los cerros detrás del pueblo pertenecen a una pequeña reserva natural llamada El Aromo, aunque la zona protegida más importante, que cubre los cerros sobre San Lorenzo, es el bosque tropical húmedo Pacoche, una de las visitas ecológicas más interesantes de la costa ecuatoriana.

Secuencias de pequeñas bahías forman la costa manabita. Esta de aquí es la espectacular medialuna de San Lorenzo.

Desde el pueblo, todavía en la parte alta del acantilado, continuamos hasta el faro, donde se aprecia la playa de San Lorenzo y el prominente islote La Monja. Se cuenta que la zona es dominio de una sirena que pernocta en las cuevas debajo del faro, quien “secuestra a los hombres guapos”.

La playa de San Lorenzo es una hermosa extensión de arena blanca y mar de un color aguaverde muy hermoso. El camino lleva al pueblo de San Lorenzo, otra comunidad pesquera, yendo brevemente hacia el interior para volver a orillas del mar, a la altura de Piñas y Santa Rosa, dos hermosos pueblos pesqueros (el ruido de Manta ya es un lejano recuerdo) en cuyas cocinas se encuentran los deliciosos viches de mariscos (como el de centolla) o la conocidas ‘tongas’, comidas enteras envueltas en hojas de plátano verde. El camino vuelve a internarse, llegando al pueblito de Pile, otro recinto silencioso, conocido por sus ‘tejenderos’, o en español corriente, sus tejedores de paja toquilla.

La ruta es una caminata inolvidable en cada segmento de su trayecto, y muy recomendable para andarla en bicicleta, sintiendo la brisa fresca del océano y recorriendo los pueblos tranquilos, mágicos y poéticos que se esconden “detrás de la refinería”.

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