Playa de Oro: Un rincón de muchos quilates

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Por: Óscar Molina | Fotos: Martín Jaramillo

Es hora de almuerzo y unos cuantos hombres regresan al pueblo cargando sus cañas de pescar y un balde con las ofrendas del río: carnosos y plateados gualajos. Otros retornan con el machete colgado al cinto y con un racimo desbordante de verde sobre el hombro o con una funda llena de cacao maduro. También hay quienes se dedican a la cacería y a la minería formal en sectores cercanos.

Las mujeres, en cambio, vuelven con tinas de ropa recién lavada o con una batea de madera cóncava quizá vacía, quizá con unos pocos pedacitos de oro. A veces, cuando tienen tiempo y el clima es benévolo, ellas bajan a ‘playar’ (buscar oro) en las orillas cercanas del río Santiago. Así, a breves rasgos, se resume la cotidianidad y la subsistencia de los habitantes de Playa de Oro.

Playa de Oro es una comunidad de 10 400 hectáreas, situada en el cantón Eloy Alfaro, a una hora en lancha desde Playa Rica. Trechos interminables de selva rodean a un poblado pequeño, de casas de madera, con una cancha de fútbol iluminada y siempre ocupada, y un muelle al que bajan a bañarse, a la luz de la noche, chicos y chicas. Por su ubicación excepcional junto a la Reserva Ecológica Cotacachi Cayapas, los mayores atractivos están al aire libre, desplegando su esplendor vegetal y geológico a cada lado.

Basta con navegar, como nosotros, una mañana y una tarde enteras, por el impetuoso río Santiago para comprobarlo.

De camino a El Salto —la frontera rocosa detrás de la cual el Santiago se vuelve torrentoso y más difícil de navegar—, río abajo desde Playa de Oro, encontramos paisajes puros que nos hacen sentir como los primeros expedicionarios en descubrirlos. En la mitad del recorrido vemos formaciones rocosas que parecen una catedral, una ballena o una sirena. El juego, de hecho, consiste en adivinar cada silueta, y es tal nuestra gratitud por todo lo visto que brindamos “por la belleza de la naturaleza” con lo que tenemos a la mano… vasos de agua.

Vemos también, en las copas aéreas de los árboles, a un mono de brazos largos que se balancea de rama en rama y a un tucán asustadizo que vuela a camuflarse en el espesor del bosque tropical. Playa de Oro, de hecho, es un destino propicio para el avistamiento de aves. Alberga 330 especies endémicas. Encontrarse con al menos un par de éstas es siempre una coincidencia afortunada; y a treinta minutos del poblado, de hecho, está el hostal El Tigrillo, donde suelen hospedarse ornitólogos de Estados Unidos, Canadá y Europa. La bienvenida a este sitio es con media caña de azúcar recién cortada de las parcelas frente a la entrada. Masticarla toda es, como dice don Julio Arroyo, encargado del complejo, “buen deporte para la mandíbula”.

A la mañana siguiente, después de haber descansado en las confortables cabañas del pueblo y luego de haber probado las imperdibles tortillas de verde de doña Neura Arroyo, nos trasladamos a la Cascada de San Juan. Para llegar hasta su caída diáfana y estruendosa, caminamos media hora bosque adentro, equipados con botas y un terno de baño en la maleta.

Nada despierta tanto nuestra curiosidad como este paseo en el que, a cada paso, nos vamos encontrando con nuevas texturas, nuevas figuras y hasta nuevos tamaños de troncos, hormigas y sapos.

La vuelta es a la luz del crepúsculo y, ya en el pueblo, nos esperan cantoras con sus abigarrados trajes y emotivas voces, listas para recordarnos, al ritmo de un arrullo, lo que habíamos constatado en la jornada, que “el río Santiago es muy hermoso. Tiene muchos bosques y cascadas bonitas”. Al despedirnos de ellas, recibimos la medianoche conversando con don David Ayoví, uno de los más antiguos del pueblo, quien nos traslada a otras épocas y usanzas en esta larga velada…

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