Pichincha pre-histórico

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Existen en todo el largo y ancho del Pichincha lugares que revelan lo poco que se ha podido exhumar del prodigioso pasado indígena de Quito, ruinas comunitarias, paredes preincaicas, nichos funerarios y centros ceremoniales…

Construimos nuestras casas en terrenos baldíos y pensamos que somos los primeros en colocar nuestros ladrillos. Nos dicen, y lo podemos ver, que aquí es hacia donde está yendo la ciudad, como si la ciudad jamás hubiera llegado tan lejos. Pero tan sólo hace un año, por el descubrimiento de unos cuantos huesos humanos, a un albañil le dieron el día libre. Esto ocurría en una de las ur­banizaciones recientes del noroeste de la capital. Eran esqueletos de épocas prehispánicas que se suman a los más de 200 sitios arqueológicos de la zona de Cotocollao.

Uno de los sitios más antiguos (descubierto en 1930 por Jacinto Jijón y Caamaño), e investigado a fondo en diferentes momentos de la historia reciente, es hoy un fascinante museo que destaca las tradiciones funerarias de los antiguos habi­tantes del Pichincha. Bautizado La Florida, estas tumbas ofrecen un vistazo 15 metros bajo tierra a ritos ceremoniales, arte simbólico y la relación simbiótica entre la vida y la muerte según lo consideraban y vivían los Quitus (en el barrio San Vicente, subiendo hasta el final de la calle Antonio Román, la sexta calle desde la entrada al CC. El Bosque subiendo desde la Occidental).

Un segundo sitio en Rumipamba, (Valle de las Piedras), más al sur, revela los dominios de una comunidad ancestral —sólo un porcentaje peque­ño de la zona ha sido investigada—a las orillas de la avenida periférica de Quito conocida como La Occidental (Av. Mariscal Sucre y Mariana de Jesús). Ruinas de viviendas, tumbas prehistóricas con esqueletos, muros antiguos complementan el agradable paseo del parque ecológico, trasla­dándonos miles de años a la vida ocupada de pobladores prehispánicos.

Los Dioses Sol y Luna

Quienes recibieron el solsticio de invierno del 21 de diciembre 2012, en Catequilla, probablemente se habrían ahorrado el viaje si no fuera porque se anunció el fin del mundo con tanta insistencia por el internet. El grupo se acurrucó en el frío lomo de este segundo ‘panecillo’, esperando que saliera el sol y brillara sobre la pequeña cumbre de uno de los nuevos sitios hito del esoterismo quiteño.

El Catequilla, un eterno botadero minero, es hoy considerado un ejemplo más de la inteligencia prehispánica. Se trata de una pequeña colina marcada por un disco de piedra en su cumbre, a través de la cual pasa la línea equinoccial por todo su centro. El sitio pudo haber sido elegido debido a su relación con el sol, pero su posición justo en medio de los ramales occidentales y orientales andinos, en el valle de Quito, lo convierte en un mirador por demás eficaz y especial.

Curiosas coincidencias en torno al sitio han dado lugar a teorías sobre la precisión astronómica prehispánica. El hecho de que desde Catequilla se divisen las ruinas arqueológicas de Pamba­marca, Quitoloma, Cochasquí, o Rumicucho —las cuales parecen haber sido creadas en relación a esta loma, por otro lado, indistinta del entorno desértico— sugiere que es, en realidad, punto re­ferente de un observatorio gigantesco. La palabra Catequilla, en sí, quiere decir «luna siguiente». (Se toma la Av. Equinoccial desde la Mitad del Mundo; dos calles luego de la calle Lulumbamba girar a la izquierda por una vía sin nombre que algunos til­dan de «camino del polvo y del olvido» hasta llegar al tanque de agua del EMMAP, cerca del sitio).

También vale trasladarse a las ruinas más cerca­nas desde Catequilla: Rumicucho. Más o menos 3 km. al este, por el camino que une a San Antonio de Pichincha con San José de Minas, Rumicucho es un pucará (fortaleza) inca bastante fotogénico, y seguramente pieza importante de este rompeca­bezas astronómico equinoccial.

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