Pastaza, bella durmiente

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La historia de Pastaza no parece haberla escrito nadie. Como una novela que nadie ha alcanzado a soñar aún. Es, sí, una historia humana. Una historia humana de un mundo sumido en naturaleza y una historia natural en la que todo parece borrado por la uniforme e infinita selva que la domina. Oculta en un mapa que se extiende hasta las postrimerías del país, Pastaza está llena de ríos y de puntos que no se trazan ni se geo-referencian, que vencen la tecnología del Google Maps. 

Técnicamente, es el pedazo de territorio ecuatoriano menos “tocado” del país. La provincia con menos densidad poblacional que, hasta el día de hoy, menos impacto ha sufrido de la codicia de gobiernos y compañías de explotación. El motivo: su lejanía, su selva indomable, desde otro planeta quizás el segmento que más se parece a un gran hoyo negro en medio de las grandes constelaciones urbanas que pueblan de luz a la Tierra. Pero la realidad es mucho menos poética. Porque parece que todo lo que nos ha alejado de esta provincia en el pasado, ha sido parte de un sistemático e histórico acercamiento hasta sus orillas. El hacha de la Historia vuelve a cerrar el ciclo. Toda la mentalidad de expansión del ser humano, aquello que ha labrado en el mundo, todo lo que ha ido excavando, tumbando, extrayendo y arrasando, todo parece llegar finalmente hasta aquí.

Baile tradicional del pueblo kichwa.

Hoy, estamos al filo de ese encuentro. Estamos en el momento de esa larga historia en que el progreso de la revolución industrial finalmente ha llegado a su última frontera. Está tocando a la puerta. Tocando con insistencia. Intentando derrocarla. Acorralando su silencio, ensimismándose a su pequeño hueco de milenios olvidados. Frente a esta escena, Kurtz, el invento literario de Conrad, indudablemente frunciría el mismo apocalíptico rostro ad infinitum: “Oh, el horror, el horror”.

Aquella larga historia sin historia, el cuento sin escribir, esa epopeya cantada, como las guerras homéricas, en voz de nativos étnicos que han protegido este trecho de país que llamamos Pastaza con sus lanzas y sus espíritus de jaguar, está ahora llegando a las primeras planas de los noticieros. El fallo del 26 de abril —seguido del fallo del 11 de julio— en el que la comunidad waorani —un grupo nativo que sólo hace un poco más de medio siglo se topó cara a cara con el primer hombre vestido— logró defender un pequeño trecho de su bosque de la explotación petrolera y nos puso a todos los ecuatorianos de cara con ese hoyo negro de nuestra propia geografía.

Es probable que no hay, en todo el mundo, provincia humana más conectada con la naturaleza que Pastaza

En cuestión de horas, el artista de cine, Leonardo di Caprio, llevó el ínfimo hilo de esa pequeña historia a la marea digital del Twitter: “Los Waorani están a un día de salvar medio millón de acres de selvas de la industria petrolera”.

La novela de pronto se empieza a escribir (aunque, el Twitter, lo sabemos bien, es olvidadizo).

Dos cosas caben recalcar: proteger 180 mil hectáreas (el “medio millón de acres”) de la industria petrolera puede sonar alentador, pero es una de muchas amenazas que azotan a la región. El majestuoso Piatúa ya está siendo intervenido por una hidroeléctrica. Las mineras están acorralando todos los rincones de la Amazonía… por todos lados. Lo segundo es, claro, que la victoria waorani bien podría ser una victoria pírrica. Porque volveremos. Como los lobos insaciables que somos. Volveremos una y otra vez hasta que consigamos nuestro cometido. ¿Cuándo, hasta aquí, ha podido detener a la avaricia humana un fallo legal y un tweet de Di Caprio?

Guacamayo Escarlata (domesticado), mucho menos común de lo que era.

Es la avaricia de quienes jamás han bebido la chicha. Ni tampoco navegado en el río. Jamás han visto al rey mono, a la diosa serpiente ni han soñado al jaguar. No han bailado al ritmo de las tobilleras de semillas; no se han parado frente a una lanza de verdad. Pero no lo duden, con sus mapas y sus trazos georeferenciados, ignorantes de estas selvas llenas de vida, son ellos quienes deliberarán sobre su suerte para sacar su tajada.

Detrás de la dramática epopeya, está aún, por suerte, el sueño profundo de aquella historia sin escribir. Y es ahora el momento ideal para acercarnos a la gran selva que es Pastaza. En este despertar del turismo, todavía es un mundo auténtico, virgen, autóctono, lleno de experiencias, abarrotado de naturaleza, donde te esperan familias dispuestas a compartir todo lo que los hace tan especiales: nuestros queridos habitantes de la Amazonía.

Vengamos en silencio. Y en paz. Miremos y admirémosla, descubriendo su mágico resuello, su pura tez de naturaleza, su intocada esencia. Escuchemos lo que de ella cuentan sus antepasados. Escuchemos las canciones que hablan de guerras animadas por espíritus de la jungla. Mientras los pocos que la conocen gritan por ella en las calles y la defienden en las altas cortes, conozcámosla también. Pero no la despertemos. Esta bella durmiente es más bella dormida.

Anochecer en Lisan Wasi: lejos de la contaminación lumínica, vemos la galaxia.

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