No se da puntada sin nudo: la técnica del Ikat

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Lo llaman “ikat” porque alguien —José Jiménez no especifica si un funcionario de gobierno o un simple turista— comparó el proceso que utiliza para crear sus chalinas con la técnica del «ikat» de Balí. Jiménez dice que lo aprendió de sus abuelos.

También dice que, a su conocimiento, es el único que mantiene la tradición intacta: el único «en todo el Ecuador». No es el telar de espalda lo que hace única a la macana. Todavía existe un puñado de estos tejedores en el país. Es la técnica del anudado que su esposa Ana nos demuestra con denuedo —el famoso «ikat»— lo que, me dice José, «marca la diferencia».

Antes de que uno pueda empezar a analizar cómo hizo el «ikat» para atravesar un océano hasta las manos de Ana de Ulloa, ella silenciosamente, sentada en una es- tructura cubierta de hilos, empieza a anudar —un nudo tras otro, sencillos, dobles, triples— con soga de fibra mediana. Mientras miramos, José Jiménez promete que lo que ella hace es en realidad la base de una serie de finos diseños que se revelarán como una mariposa que extiende sus alas por primera vez.

Foto: Jorge Vinueza.

Al parecer, cuatro mil nudos por día es, en promedio, lo que produce Ana Ulloa con sus manos. Las hebras de hilo llenas de nudos son teñidas, entonces, con colores naturales (líquenes hacen un verde claro, hojas muertas tonos marrones, la cochinilla el rojo, que con sal o limón crean el amarillo o el naranja, Jiménez llega a utilizar el alfalfa o la cebolla para obtener matices específicos).

El hilo teñido se cuelga para secar, y una vez seco, los nudos son cortados, finalmente, revelando cualquier nú- mero de diseños, desde filas de triángulos a pequeños colibríes, a través de toda la tela. Está sin terminar, por supuesto, las hebras todavía no han sido unidas, pero José Jiménez se adelanta: «ésta es la famosa macana. Mi abuelo lo truequeaba por sal, azúcar o velas en pueblos cercanos hace mucho, mucho tiempo».

Foto: Jorge Vinueza.

Arriba, en el segundo piso de este rústico taller-vivienda, nos encontramos con una pequeña tienda de souvenirs, donde macanas terminadas, alrededor de $50 cada una, se amontonan a lo largo de mesas centrales y laterales de una habitación mal iluminada.

Entre las más especiales están un par, hiladas por la abuela, piezas invalorables en realidad, que no sólo tiene su valor sentimental, también son sobrecogedoramente hermosas.

Y si bien la técnica del ikat, la que se anuncia en un rótulo a la entrada, es en sí mismo muy digno de visita, José Jiménez llegó a los ojos del mundo entero gracias a otra urdimbre en particular: los bordados hoy conocidos como las «chalinas de Salma Hayek». «Todavía estoy esperando que la señorita Hayek llegue en limusina y me extienda su mano», evoca don José, quien nunca ha visto la película en la que la actriz los viste. «Me dicen que se veía muy bonita», añade.

Detalles. Foto: Jorge Vinueza.

Una de las muchas asistentes del filme Frida, en la que Hayek interpreta a
la aguerrida artista mexicana Frida Kahlo, se detuvo un día en frente del taller y se dirigió directamente a José para preguntarle si podría confeccionar 12 chalinas en 2 meses. «Era un montón de trabajo, teniendo en cuenta el proceso lento y meticuloso de cada prenda, pero bueno, uno lo hace. Ya teníamos cuatro que habíamos terminado hace poco y se las dimos para adelantar la producción».

A lo largo del taller abierto sin puertas ni ventanas, lleno de antiguas maquinarias incluyendo un telar colonial, un telar de cintura, y la estación de anudamiento «ikat», nos encontramos con los resultados delicados de cada artículo, que desde hace poco incluyen zapatos de tacón.

Sólo para ser testigos de la creatividad y originalidad de estas piezas vale la pena visitarlo a José Jiménez en su taller, un imperdible para quienes visitan Cuenca. El y su mujer encarnan la esencia del cuencano hábil y emprendedor.

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