Ninguna ciudad es una isla

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Que te llamen una isla no es, al parecer, el denominativo más halagador si tus playas no son de arena y carecen de palmeras. Pero Cuenca es tan única e incomparable -y, a fin de cuentas, tan autónoma, también– que es difícil ignorar la analogía. Ilán Greenfield remó hasta sus costas para investigar.

«No somos una isla, nos han hecho una isla», respondió Gladys Eljuri, una de las figuras prominentes de Cuenca, cuando la visitamos en la Fundación Municipal de Turismo de esta ciudad, entidad que maneja con singular emprendimiento. «Me gustaría que empiecen a pensar en Ecuador como un todo», continuó. Y esto, en sí mismo, nos recuerda una queja eterna que los cuencanos, parece ser, han tenido no sólo que afrontar, pero aprender a superar: nadie le hace caso a Cuenca. Así que Cuenca se fue haciendo sola.

Hay una realidad geográfica, sin duda. La ciudad está amputada del resto del mundo gracias a la topografía nudosa que la rodea, y por ende se encuentra obligada a mirarse a sí misma desde las cuatro paredes de su territorio… Quizás lo que mejor lo ilustra es el acento tan único que no se presenta en ninguna otra parte del país, ni al norte, ni al sur, ni al este, ni al oeste.

Teorías intentan explicarlo en base a los mitimaes, una táctica incásica de transportar toda una población a tierras recién conquistadas con el fin de dominarlas. Una distinción en el habla podría explicarse si el grupo advenedizo fuese lo suficientemente grande. Pero la verdad es que, después de 300 años de historia colonial y 200 de historia republicana, el cantado está más fuerte que nunca.

Fotografía: Jorge Vinueza.

La mera idea de hablar de aislamiento, sin embargo, parece ser contradictoria, ya que encontramos un impulso diametralmente opuesto en el carácter mismo de la ciudad —un estilo de don, lo llamaría yo— en la búsqueda constante de otras latitudes ya lejanas a las fronteras del Ecuador. Yo, personalmente, siempre imaginé a la ciudad de Cuenca como «un pueblo grande», ese tipo de sociedad demasiado pequeña, apenas influenciada por el mundo exterior, sumamente tradicional y conservadora. A más del hecho de que todos, como dictan los estereotipos, ya estaban en cama a las ocho de la noche… Por supuesto, me he encontrado con algo muy distinto. Para Alexandra Kennedy, una de las principales historiadoras del país —quiteña, que, por cierto, ha hecho de Cuenca su segundo hogar— todo esto es parte de un conglomerado de mitos.

«Una de las grandes distorsiones», explica, «es pensar que Cuenca es un lugar conservador y ultra-religioso». Aunque existan 52 iglesias —una para cada domingo del año— me he topado con términos fuertes, que cuestionan el dogma, en paredes a través de la ciudad, frases que afectarían, incluso, a los no practicantes. Es improbable aún que un movimiento de este tipo fuera a despuntar en las llamadas ciudades cosmopolitas de Quito o Guayaquil.

«Cuenca es considerada como un lugar en el que nadie está en desacuerdo, pero no es así. Esta ciudad es activa políticamente, su gente es curiosa y hay criterios encontrados. Su población debate constantemente. Hay disputas intelectuales sobre cómo deben hacerse las cosas todo el tiempo», me dice Alexandra. «Supongo que por eso los cafés en Cuenca son toda una cultura; son lugares donde uno pone sus ideas sobre la mesa».

Cristóbal Zapata, un poeta de trayectoria, cuencano, director de la Fundación La Lira, entidad que promueve la literatura, nos recuerda que los cafés fueron fundamentales para la creación de la historia literaria de la ciudad. «El fenómeno alcanzó su apogeo en la década de 1920, convirtiéndose en el movimiento creativo más importante de la historia de Cuenca. Pero hubo un distanciamiento intelectual entre los poetas románticos tradicionales y los más atrevidos modernistas. Y todo ello surgió al momento en que la fisonomía de la ciudad se estaba transformando durante el auge de la construcción…», ese auge en el cual una ciudad romántica y luego moderna estaba siendo erigida por sobre la antigua ciudad colonial, una nueva ciudad que claramente prevalece hasta nuestros días.

El auge, en gran parte es el resultado de la expansión económica provocada por la exporta- ción de la cascarilla (la quinina), y más tarde, por el comercio de sombreros de paja toquilla, que cambiaron la historia de Cuenca en todo sentido. «La verdad», afirma Alexandra Kennedy, «es que gracias a ello Cuenca aprovechó de una oportunidad dorada para eludir a Quito y conectarse con los mercados del primer mundo». Cuenca llegó a ser autosuficiente. Su sociedad se inyectó de influencias de otros lados. No había necesidad de importarlas a medias de las grandes ciudades del Ecuador para sentir el éxtasis del progreso.

Pero por lo mismo, una realidad persistía: Cuenca sigue siendo una ciudad recluida en un embeleso casi proustiano, fascinado por el mundo exterior, mas obligado a vivirlo por dentro. Cuenca fue y sigue siendo una ciudad en sí misma. Así, ha creado su propia dualidad, su conversación interior. Es conservadora y tradicional, nos encontramos con las monjas de clausura, sí, pero también están sus contesta- tarios, los poetas eróticos, por ejemplo, que no sólo sonrojaron a todo el Ecuador, pero fueron aceptados y laureados por los propios cuencanos.

Efraín Jara, uno de los poetas vivos más importantes del país, nos cuenta, incluso, la reacción hacia uno de sus poemas más feroces: «yo pensé que sería rechazado por el pudor de la gente, tan sensiblera que es, pero no, mis poemarios más eróticos son los que mejor han gustado». Vemos tradiciones fuertes y profundas, vestimentas arraigadas, vemos, sí, lo piadoso; vemos el deseo de conservarlo todo nítidamente, pero por otro lado, vemos un lugar como Lo Prohibido, sus esculturas impactantes, que sin duda serían dignas de la censura en otros rincones del Ecuador. Y en términos políticos, en cuanto a tecnología y progreso, es una ciudad de avanzada, de miradas refrescantes, con proyectos de fibra óptica, con los proyectos de biogás de metano… cosas que aún en el llamado «primer mundo» están siendo consideradas.

Fotografía: Jorge Vinueza.

Ya poco interesados, a estas alturas, en lo que pueda otorgarle el resto del país, no es de extrañar que este pueblo de emprendedores haya resuelto con éxito los sistemas de gestión de residuos, la planificación para evitar barrios marginales, planos de transporte público ecológicos como el Tranvía, o el fabuloso sistema de aguas residuales que permite que todo quien viva o visite Cuenca beba directamente de la llave. Existen dos eventos internacionales culturales de grandísima escala, la Bienal de Arte y el Festival de Poesía de La Lira, que son mucho más ambiciosos y mentalizados para una internacionalización de la cultura que cualquier otro esfuerzo semejante a través del país.

Es una hazaña para un valle condenado al aislamiento, una isla en medio de los mares tumultuosos de los Andes. Pero como diría Cristóbal Zapata, la hazaña verdadera radica en la ciudad en sí, la ciudad que, naturalmente, tal vez por la voluntad de los dioses, o por el feliz encuentro de un millón de circunstancias que desembocan sobre ella, crea ese ambiente propicio para la discrepancia consensual, ese acogedor y plácido oasis en medio del mapa ecuatoriano, autónomo, cohesionado, único… que acepta el destino que le ha deparado la historia y es capaz de abrazar el futuro como pocas ciudades.

Manuel Serrano, fotógrafo.

Manuel J. Serrano, icono de la fotografía temprana en Cuenca, médico de profesión, encontró su pasión por la fotografía entre los insumos de su farmacia y atraído por el encanto de fijar momentos en el tiempo dejó el estetoscopio y medicinas por químicos de revelado y un infinito encanto por la luz. Retrató eventos, personas y paisajes de su entorno y de su tiempo, ejerciendo la fotografía como su gran pasión.

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