Milagro en las calles del Quinche

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Quienes realizan la kilométrica peregrinación nocturna cada noviembre hasta el pueblo de El Quinche dicen que la Virgen cura enfermedades complicadas, sana heridas profundas, ayuda a encontrar a la pareja ideal. Asegura buenos negocios a futuro. Y, sobre todo, da felicidad a quienes vienen hasta Ella cada año.

Es una virgen ‘de pueblo’ en el sentido más profundo del término, posiblemente la virgen más popular de todas las vírgenes del Distrito Metropolitano de Quito. Y es desde los pueblos que la gente parte para llegar hasta ella, cruzando, toda la noche —para no congestionar las vías durante el día. Llegan a ser más de 700.000 con velas prendidas, rezando y contando cuentas del rosario.

Milagros para todos los gustos

Vetas de luces pintarrajean las distancias a medida que pueblos enteros avanzan hacia la iglesia parroquial más grande de Quito. Algún campesino relatará cómo se le rompió la pierna, cómo sufría de una enfermedad terminal o cómo era siempre rompe y raja con su pareja hasta que un día no solo le rezó a la Virgen de El Quinche, sino que le prometió una gran fiesta, un regalo especial y su devoción incondicional.

El acuerdo espiritual se lo paga en el mundo de los vivos; la Virgen lo exige con anterioridad. Por esto le traen atavíos, prendas como mantos o coronas para que esté linda, buena comida para que esté sana, flores para que esté elegante. Los exvotos sellan el milagro… y los llamados “milagros”, pequeños íconos que orfebres elaboran para guindarle al ropaje, también ayudan a consolidar el trato entre este mundo y el otro.

La Virgen recibe feligreses todo el año. Sobre una alfombra bendita, los padres ruedan a sus hijos para recibir las bondades divinas. Otros llevan sus carros. Antes llegaban a la propia iglesia, y la entrada al pueblo parecía una arteria capitalina durante la hora pico. Se bendice el motor, el interior del auto, el capó, al dueño, pues un ente tan importante como un auto merece ser bendecido por la gracia divina de Nuestra Señora de El Quinche.

El exvoto, un recuerdo de esta vida para la otra

En una esquina, la Virgen, dadora de luz y esperanza, irrumpe de las nubes. En primer plano, un autobús atravesando las montañas. Vemos el precipicio mortal que lo espera. Abajo, el texto escrito en blanco, como parte misma de la obra de arte, con sus característicos pincelazos, parte de su poesía popular, recordando el día en que aquel accidente no dejó ni un solo herido.

Otro cuadro recordará la noche en que un hijo se salvó de un incendio. O la inesperada recuperación de una madre postrada. El fin de una epidemia. La sorprendente recuperación financiera de una familia que perdió todos sus haberes en un terremoto. La Virgen es milagrosa. Esto hay que retratarlo.

No importa NI gramática NI caligrafía, el exvoto es arte en palabra e imagen E IMPRIME EL recuerdo DE UN milagro…

Quien haya sido testigo de un milagro lo plasma en lienzo y lo entrega —como prueba de fe— a las ya voluminosas colecciones de exvotos que reposan en tantas iglesias del Distrito Metropolitano, especialmente en la iglesia de El Quinche. Paredes y paredes podrían ser llenadas de todos los exvotos que se le han rendido a este ícono singular.

Para estos pueblos, para la gente del pueblo, el exvoto es la puerta del ser humano hacia su religiosidad, la fórmula para trasladar el espíritu a la imagen, el milagro a la representación, lo inexplicable a lo humano.

Cada exvoto que se ha pintado en la historia parece devolverle a la Iglesia todo el barroquismo que esta le habría legado. Juntos forman un mosaico que va más allá del arte, un archivo de hechos inexplicables que, a más de revelar la bondad de Dios en el mundo humilde y remoto de estos pequeños pueblos de Quito, supera los límites de la fe. Una fe que se vuelve, precisamente, arte.

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