Marco Cruz y su montaña

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Mil y una noches sobre el Chimborazo

Los habitantes del Ricbamba, asiento de puruháes, incas, españoles y ecuatorianos actuales, siempre han visto al gran Chimborazo como se ve a la luna, tan cerca y tan lejos. Pocos han sido los intrépidos que decidieron explorar sus hielos, abrigarse con su frío, conocer su inmensidad. Entre estos poquísimos mortales está Marco Cruz, una leyenda del andinismo, un hijo prodigio del glorioso nevado más imponente del país.

Marco Cruz pertenece a la Era de la Exploración. Es de los últimos expedicionarios de nuestra época moderna. Y no porque haya nacido hace más de 100 años, sino porque es, en vida, una figura que nos recuerda, en cada una de sus historias, en cada una de sus pasiones, el tesón y leyenda de Humboldt, de Whymper y de aquellos románticos de siglos pasados que se movían en aras de la ciencia y el descubrimiento.

Los negativos y la fotografía de Marco Cruz evidencia el retroceso de los glaciares y el comportamiento de la montaña y sus hielos.

Un día, hablando casualmente con él en su casa a las afueras de Riobamba, mientras ojeábamos sus archivos tan celosamente guardados, nos contaba, en son de anécdota, que había conocido a Neil Armstrong. La expresión en nuestras caras fue de asombro absoluto. Por un segundo nos paralizamos, escuchando atentamente la breve historia de cómo lo conoció: en una expedición a la mítica cueva de Los Tayos en el oriente ecuatoriano. Su encuentro con Armstrong fue tan casual en medio de la selva, que recuerda aquel estrechón de manos como un instante pasajero, un “Hello, Neil Armstrong…” “Hola, Marco Cruz” que no duró ni un instante en su memoria. Marco no tuvo tiempo de dimensionar la talla de la personalidad que se presentaba ante sus ojos. Armstrong, de la misma manera, nunca pudo dimensionar la talla de Marco Cruz. Cada uno un gigante en su historia, llegaron a lugares que la inmensa mayoría, en vida, nunca llegaremos, y la casualidad los unió como alegoría de lo imposible.

Con más de mil ascensos a las cumbres del Chimborazo, Marco Cruz conoce cada ruta para explorar la gran montaña.

El prodigio de conocer las entrañas del Chimborazo es parte esencial de Marco, un hombre con una nobleza y humildad tan grandes como las tantas montañas a las que ha subido en toda su vida y que lo siguen definiendo como el ser humano que es. Un hombre eternamente curioso, un ávido lector de historia y conocedor de leyendas, ha salido en busca de ellas, explorando sus caminos, hurgando sus tesoros naturales y culturales, volviéndose incluso un escritor de lo que más lo apasiona: sus viajes, su provincia, su montaña. Sus travesías le han regalado innumerables recuerdos que van su- mándose a sus 70 años de edad. Haber estado enterrado en una avalancha, haber conocido a los padres del alpinismo, o simplemente haber contemplado, agradecido, el vuelo mágico del colibrí entre los pajonales y vientos helados del alto páramo, está escrito en sus ojos llenos de experiencias sublimes. Desde los 12 años, Marco se aventuró, por mero capricho, a intentar ascender hasta la cima del Chimborazo. Hasta el día de hoy ya son más de mil ascensos a las tres cumbres. Debido a su profundo vínculo con la montaña, uno de los 18 glaciares del volcán lleva su nombre.

Marco Cruz.

Subiendo hasta la luna, bajo ese manto de estrellas que parece cada vez más cercano a medida que la cima se cubre de cielo y la noche se envuelve de nieve, la idea de llegar más allá del mundo mismo, empieza a materializarse, como un gran salto para la humanidad.

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