Manos inquietas hacen bellezas

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Existen dos grandes «malentendidos» en el idioma inglés: las famosas French fries no son de Francia y los codiciados Panama hats no son de Panamá. La gran mayoría de estos últimos son, de hecho, confeccionados en Cuenca, Ecuador. Para decir verdad, fueron inventados en la costa ecuatoriana, en el poblado de Montecristi, provincia de Manabí, pero los cuencanos, trabajadores, perfeccionistas y con gran visión empresarial, hicieron suya la industria.

El susodicho sombrero ‘Panamá’ se lo encuentra por toda Cuenca y sobre todo, en sus alrededores; hay por lo menos dos museos dedicados
a su arte e historia, un par de modelos compi- tiendo en Guinness para coronarse como el más grande del mundo, y sombreros en casi todos los colores, estilos y tejidos.

En Ecuador, por supuesto, no se llaman Sombreros de Panamá —podríamos empezar por rechazar el término por completo— y se conocen como ‘sombreros de paja toquilla’. La paja toquilla, una fibra de una especie de palma en particular (Carludovica palmata), es secada al sol (a veces durante meses) y enhebrada para crear estos ítems de exportación que, los más finos, pueden caber, doblados, en una cajita de fósforos.

La paja toquilla disfruta de su mística. Los
más refinados sombreros, por ejemplo, se los confeccionan bajo cielos nublados; alguna gente, incluso, está convencida de su dependencia
a Hollywood (Urban Cowboy e Indiana Jones aparentemente crearon auges en el mercado, aunque estadísticamente uno de los años récord de exportación es 1977, antes de que salieran las películas, con 5 millones de sombreros a 120 países).

Azogues. Foto: Juan Pablo Verdesoto.

El sombrero ecuatoriano fue alguna vez el accesorio más codiciado de América, llevado
a la fama por una fotografía de 1904: era el presidente estadounidense Theodore Roosevelt quien portaba un ejemplar en la cabeza mientras supervisaba la construcción del Canal de Panamá.

El sombrero se convertiría, desde entonces, en uno de los impulsores económicos más importantes de la historia de Cuenca. Es, por ello, un hecho curioso que, siendo tan rentable y de renombre mundial, no haya creado una sociedad dependiente de sus ventas. En realidad es todo lo contrario.

Cuenca es el tipo de lugar donde cada artesano se especializa en otra cosa, desde tejidos, bordados, joyería, albañilería, herrería y estaño hasta la alfarería y cerámica fina. Es un mundo de artesanos, un lugar donde las artes y oficios rigen el quehacer de la gente en general, un grupo humano que además goza de su reputación: los cuencanos tienen buen gusto.

Foto: Jorge Vinueza.

Iván Encalada, ingeniero civil especializado en tecnología minera, produce una de las cerámicas más especiales de la ciudad —y del Ecuador— basada en una arcilla negra. Su padre José, quien como muchos artesanos de Cuenca irónicamente no heredó la tradición de sus padres, lo aprendió por voluntad propia e ‘inventó’ el material. Ahora ha cedido su desarrollo y comercialización a su hijo Iván, quien ha asumido la responsabilidad en parte como hobby, en parte para honrar el trabajo de su padre.

Debajo de la casa de familia, y debajo de la mayoría de los hogares del barrio de la Conven- ción del 45, donde viven los Encalada, los vecinos encontraron depósitos importantes de arcilla; por tanto, se desarrolló el oficio. Hoy, los Encalada cuentan con una tienda agradable donde uno puede comprar sus artículos y ver a la familia trabajando, el papá, José, moldeando una olla, una de sus hijas, pintando un jarrón, Iván cociendo
la vajilla.

Cuando lo mandan a provincia por un proyecto de minería y tiene un tiempo libre, Iván se dedica a dar clases de cerámica a miembros de comunidades cercanas. Organiza talleres improvisados y siempre empieza desde lo primordial: «¿Cómo es el suelo? ¿Qué tenemos, en el lugar, para trabajar? Es lo primero que analizamos, la materia prima, que podría estar incluso ahí, donde estamos pisando. Es decir, si no se obtiene arcilla de cierta calidad en el lugar donde uno está, no vale aprender el oficio. Es demasiado caro comprar de un proveedor y esperar que se sostenga la producción… Si tenemos arcilla, estamos hechos». Los ojos de Iván se iluminan de repente, «y la gente luego se emociona mucho. Es una cosa muy linda».

Iván está emocionado, además, porque este año ha organizado el primer Festival del Barro, el cual tendrá lugar en la casa. Suena como una reunión de agasajo, una especie de evento «puertas abiertas». A su Festival vendrán algunas de sus comunidades aprendices junto con productores de cerámica establecidos de las zonas rurales. Mientras me cuenta esto, está mirando a su alrededor, seguramente tratando de imaginarse cómo se verá la casa con todos los invitados, convencido de que será un evento importante —muy necesario, en realidad— para ayudar al oficio que empezó su padre y que siempre podría beneficiarse de un pequeño empujón.

Foto: Yolanda Escobar.

Lo cierto es que hay la sensación, después de hablar con la gente y darse uno cuenta de lo mucho que se trabaja para comercializar los productos artesanales, hechos con tanto esfuerzo y cariño, que hay siempre una preocupación hacia el futuro. Aunque Cuenca se cimiente en sus tradiciones artesanales, siempre hay mucho por hacer para mantenerlas vivas y saludables.

Los cuencanos son sin duda gente emprendedora. Sabrán qué inventar y cómo luchar para subsistir y seguir aprovechando su talento. Es una ciudad que cuenta con una historia sorprendente, una historia de orfebres cañarejos, una historia de tejedores incásicos, una historia ligada a la cerámica amazónica, entre las más antiguas del continente, una historia que sin escuelas de arte clásico hasta el siglo XIX, creó esculturas y pinturas coloniales de gran reconocimiento, una historia de destreza fina, de formación autodidacta, de dotación artística… y que parece consistir en algo que lo une todo: las manos trabajadoras, talentosas y prestas para seguir adelante de su gente.

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