Los rostros ocultos de Hola Vida

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Los nativos dicen que esta cascada tiene poderes curativos. Es por ello que el lugar no fue tan sólo aposento de antiguos caminantes, fue además testigo de ritos y ceremonias para quienes buscaban sanación; he ahí la razón de su nombre.

Como en toda aventura, viajar hasta la cascada Hola Vida nos obliga a tomar un desvío. En la carretera hacia Macas está La Esperanza, territorio donde habitan miembros de diversas comunidades indígenas y enrumbado hacia el corazón de la selva, vuelven a mí historias de la cascada. Patricio, un viejo amigo y guía del lugar, cuenta que ahí habitan seres que ayudan a las personas. Si estás perdido, ellos te enseñan el camino; si hay algún peligro cerca, no te dejarán partir hasta que se haya alejado.

Camino a la casacada.

Para llegar a la cascada, caminamos desde el pequeño villorrio de cabañas que se ha instalado a la entrada. Patricio nos recibe en este punto con una gran sonrisa. El camino, de selva y exuberante, ofrece el espejismo de innumerables bifurcaciones; algunos senderos sí llevan a otros destinos, incluyendo las cascadas la “Escondida” y la “del Chamán”, apelativos —si bien lugares comunes por estos lares—que encajan con el misterio. Recogiendo en sus manos una arcilla gris a la orilla de un riachuelo, Patricio nos explica que este tipo de tierra se llama “caolín”. Me la coloca en el rostro y dice que es el mejor remedio para la piel. “En un spa se paga mucho por esto y la selva sólo lo comparte”.

Caolín.

Ya sobre las inmensas rocas que sostienen el mundo oculto de Hola Vida, una caída de más de 20 metros esparce un refrescante rocío. Vemos tallados con rostros humanos la faz brillante de ciertas piedras, lo que nos dice Patricio probablemente se trataba de un punto de encuentro para comunidades que practicaban rituales de sanación. El pozo natural, que por cientos de años ha formado la cascada, es frío, pero a medida que uno se acerca al centro, paradójicamente, comienza a calentarse. Este efecto mágico se combina con el hecho de que uno sale prácticamente seco y recargado de sus aguas.

Al regreso nos espera comida lugareña, dominada por los maitos de tilapia que preparan las familias, al igual que sus artesanías que están a la venta. Hay mucho movimiento, y Hola Vida es quizás la cascada más visitada de la zona. Patricio, sin embargo, nos cuenta sobre otro atractivo cercano: el Mirador Indichuris.

Nadie sabe cuándo ni quiénes tallaron estas piedras.

Ubicado a pocos minutos, en la comunidad de Pomona, el lugar da la bienvenida con una vista especial: el punto de encuentro entre el río Puyo y el río Pastaza. Si está despejado también se puede observar los grandes picos de la región: el volcán Sangay, Tungurahua, El Altar e incluso los Llanganates. Hay un columpio y una liana que cuelgan sobre los árboles. Al no contar con ninguna seguridad, no es del todo recomendable, pero despierta la adrenalina de los más aventureros.

Un característico rostro tallado en la entrada de la cueva cercana nos recuerda lo que nos dijo Patricio. No es una coincidencia, estos lugares de poder las comunidades los han identificado con el pasar del tiempo. Sólo al caer la noche es que los rostros se vuelven a ocultar en la oscuridad de la selva, permitiendo que los “protectores” sean ahora los encargados de vigilar estas tierras.

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