Los Naporuna: Haciendo de la selva un hogar

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La casa kichwa en la Amazonía es un receptáculo de vida y espíritu, con sus altos techos como flechas enormes que apuntan al firmamento. Su cobertura es tejida con la fibra de una palmera, realizada con nudos que representan todo tipo de entes selváticos, desde plantas a jaguares, con una espesa cubierta de hojas y, en la base, cerca de la entrada, con huesos de animales plantados como talismanes. La idea siempre es proteger; proteger de lluvias, sol y ventoleras, y proteger de los espíritus pícaros presentes en ciertas criaturas selváticas, que al ver algo de ellos mismos, desisten en realizar sus travesuras y se devuelven a la selva circundante.

Estos techos son tan altos que concentran el calor en la cima (donde en pocas horas podrían deshidratar a un ave que se haya extraviado ahí), proporcionando aire fresco abajo, a través de la parte habitable. La casa es orientada con una ventana hacia el amanecer y otra hacia la selva y el río, ambos dadores de vida y equilibrio. Afuera, está la comuna, el ‘ayllu’ inca transportado a las marañas amazónicas, un espacio despejado donde se asienta el grupo, están las casas y el camino a las chakras o ‘huertos’/’granjas’ y la bajada al río. Estos dos ejes de la vida de hombre del Napo sirven de puente hacia su sustento. Los kurakas, o ancianos sabios, invocan; la bebida (la chicha) enseña.

De las poblaciones netamente amazónicas, la sociedad kichwa hoy es la más influyente de los alrededores del río. Su presencia no es milenaria, al contrario de los Cofanes o los propios Waorani, que jamás formaron comunas y existieron (y algunos aún existen) de manera nómada a través de la región. Los kichwas amazónicos, sin embargo, se desplazaron de la sierra y comparten con estas culturas andinas el idioma incásico y algo de su cosmovisión; en su modo de vida prima la necesidad de asentamiento, y en sus viviendas y centros poblados uno puede presentir, quizás incluso más que en la sierra donde ya se han impuesto los ideales de urbanización occidental, un sentimiento más arraigado de comunidad.

Cuando se pregunta a los lugareños de qué cultura provienen, algunos se identifican como naporunas (personas del Napo en kichwa), y algunos se remontan más allá, a una antigua cultura Omagua, que habría desaparecido, acaso fusionado, con los advenedizos, hace 500 años. Se cree que los Omagua dominaron los bosques de varzea, aprovechando el suelo de las orillas del río para asentar un sistema agrícola a pequeña escala, que aprovechaba las inundaciones estacionales para cultivar mandioca, maíz, algodón, tabaco y piña. La caza de tortugas y caimanes, la recolección de nueces, chontaduro, maní silvestre y miel producida por abejas sin aguijón, la pesca a uso de trampas y de una curiosa planta, el barbasco, que ahogaba a los peces en su misma agua, haciendo de la pesca una actividad muy sencilla, son aparentes legados Omagua, parte hoy del sustento naporuna.

Este grupo, apenas llegado de su procedencia montañera, fue profundamente influenciado por el entorno de selva. Pero siendo sociedades agrícolas y sedentarias, siempre mantuvieron su distancia y respeto hacia ella. La selva profunda no es para todos. Varios lugares son dominados por amakuna, o espíritus del monte, a los cuales nadie se aventura; existen sitios sagrados, donde no se puede pescar ni cazar, u otros, incluso, como los saladeros de animales, que son protegidos por ánimas y los ancianos de la comunidad, por ser manantiales de regeneración espiritual. Existía, además, una necesidad de mudar de asentamiento cada cuanto tiempo, ya que los suelos se degradan rápidamente cuando se cultiva en ellos; se cuenta que cuando un grupo naporuna trasladaba su asentamiento, se realizaba una fascinante ceremonia durante la cual se devolvía la chakra a las marañas circundantes (las cuales no tardarían en invadirla).

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