Loja a pie

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Cuando la admiras desde el llamado Mirador de las Tapillas o desde la misma Universidad Técnica Particular, Loja no miente. Es una ciudad pequeña, un lugar que te regresa varias décadas en el pasado a un mundo libre de centros comerciales, cuando todo estaba a la mano en mercados y pequeñas tiendas particulares, en tiempos en que volvíamos a la casa para almorzar y no abríamos el local hasta bien entrada la tarde. Si aceptas su encarecida invitación a caminarla, varias de estás impresiones se irán confirmando. Ya en medio del movimiento de una ciudad en crecimiento, que al decir de los mismos lojanos es “irreconocible”, sentirás aún la amabilidad de antaño. La gente se acercará a ti. Te sonreirá. Te ayudará a encontrar lo que buscas y te contará de sus leyendas e historias. Si te toca hablar con un lojano de verdad, quedarás admirado de lo mucho que sabe, de lo claro que habla, de lo inteligente y elegante que es.  

Una ciudad en su castillo

Es sólo lógico que un recorrido de Loja inicie en la “Puerta de la Ciudad”, una construcción imponente que parece un castillo medieval emboscado por el asfalto y un enjambre de autos. Manuel Vivanco —un lojano, como muchos, que vive ahora en Quito —nos recuerda algo fundamental: la migración ha sido eje y axioma para comprender a la ciudad y si existe una gran puerta, no es tan sólo de entrada, pues representa también la fuga de talento que a través de la historia ha permeado en el resto del país.

En plena avenida Gran Colombia, este fuerte parece ocultar un feudo. Puedes visitar sus salas de exposiciones, su cafetería, el almacén de artesanías, pero sube a su mirador para observar un panorama memorable del pequeño mundo que oculta. Por las noches, e iluminada, la Puerta invita a la fotografía y la unión del Zamora y el Malacatos, llegando desde el puente Bolívar, presenta a estos dos ríos, hilos conductores de la urbe, con su dote de dramatismo. Admiramos las figuras de conquistadores saliendo hacia El Dorado, junto al lema hidalgo Fidelis Loxa Liberis. Del otro lado, Don Quijote y Sancho Panza: un guiño a una enraizada tradición literaria.

Al otro lado de la calle, se levanta un curioso cóndor que, con cizaña, transeúntes que lo pasan lo tildan de “pajarraco”. El ave tan pequeña sobre un pedestal varias veces demasiado grande puede causar risa, sin duda. Pero heroico se levanta a sus espaldas un colorido mural, realizado por Fabián Figueroa (2000) ilustrando a Bolívar con personajes secundarios que no tienen ojos, un tributo al padre del artista que era ciego.

Tradición y modernidad: paredes forman parte de la escena lojana.

Estamos listos ahora para cruzamos la Puerta hacia el centro de la ciudad y bajamos la calle 18 de Noviembre, la que habría cabalgado El Libertador cuando visitó la ciudad liberada en 1822. El Tamal Lojano nos espera, una parada obligatoria para probar la textura que caracteriza a esta especialidad de la provincia, al igual que la cremosidad de sus humitas con una buena taza de café lojano. Al frente, el parque Bolívar y su monumento al héroe sudamericano aparece rodeado de seis columnas: los seis países de Gran Colombia. Homenaje al Tratado Binacional de Paz de Itamaraty que marcó el final de la guerra entre Ecuador y Perú, son también un eco de la relevancia que ha tenido la precaria situación fronteriza en el imaginario local.

La permanencia de trece días de Bolívar en Loja se recuerda con su dosis de romanticismo. Sirvió para fortalecer los procesos independentistas de la región, pero también es el momento y lugar donde muchos lojanos aseguran se escribió la recordada poesía “Mi Delirio en Chimborazo” (frente a la versión más conocida: que la obra fuera escrita en Riobamba).

Dos cuadras más adelante, sobre la Eguiguren, a la izquierda y bajando dos cuadras hasta la calle Bolívar, llegamos a la Plaza Central. En épocas coloniales fue la Plaza de Armas, desde la que se configuró la ciudad como damero y donde constan importantes edificios: la Catedral, el Municipio, la Gobernación, el Ministerio de Turismo, la Prefectura, el Centro de Información Turística y el Museo del Banco Central (donde se relata la historia de la ciudad a lo largo de siete salas). También podrás encontrar el monumento a Bernardo Valdivieso, un importante filántropo de la ciudad.

Si tienes ganas de llevarte un delicioso recuerdo, en los bajos de la Prefectura busca café (de entre decenas de marcas), turrones y otros productos propios de la zona. También busca alrededor de la plaza escapularios e imágenes de la Virgen de El Cisne y si es hora de almorzar, El Emporio Lojano, a media cuadra de la plaza, en la calle peatonal 10 de Agosto, ofrece los platos insignes (repe, alverja con guineo, cecina) en el patio interno de una casa tradicional.

La Catedral, construida en 1920, recibe todos los años, en agosto, a la Virgen del Cisne, figura que se queda “a vivir” hasta noviembre. Miles de romereantes la acompañan en su trayecto desde el pequeño pueblo de El Cisne hasta la ciudad (p. xxx). El órgano del templo proviene de Alemania y más de una vez cobró vida en los dedos del afamado compositor lojano Salvador Bustamante Celi.

Otros hitos religiosos incluyen el Museo de las Madres Concepcionistas, rico en historia y piezas de arte (un cuadro importante ilustra el Bautizo de la Virgen María; en América solamente México cuenta con una obra que trata la misma temática). Es un verdadero claustro y quienes lo cuidan no son muy adeptos a los curiosos, pero intenta asomarte hasta donde te dejen para tener al menos un vistazo de tanto arte y belleza colonial que cunde en su interior.

A una cuadra al oeste (calle Colón) está la Iglesia de San Francisco, hoy un museo de arte religioso; y dos cuadras al este de la Plaza Central, la Iglesia de Santo Domingo, una de las primeras de la ciudad, donde descansa la Virgen del Rosario, traída desde Sevilla. Cuenta con dos torres de agua y un Cristo Crucificado que se adjudica a Caspicara.

La gente sale de misa de la Catedral de Loja.

Volviendo hacia la plaza, sobre la calle Valdivieso, encontrarás el Museo de la Música. Asentado en el primer patio del antiguo colegio Bernardo Valdivieso, esta exposición permanente, salón de conciertos, café y almacén de venta de música delata una pasión lojana. Loja es una ciudad muy arraigada a su cultura musical y éste es un lugar donde puedes descubrir por qué. Su “Carta de la Música” te permitirá conocer, incluso, piezas de compositores lojanos o compuestas en honor a la ciudad.

Compartiendo el espacio con el Museo, está el Teatro Municipal Simón Bolívar. Resuscitado en años recientes de un profundo olvido, es hoy un verdadero tesoro arquitectónico para disfrutar de una nutrida agenda cultural. Las esculturas de las musas que miran y son miradas por los visitantes en uno de sus pasillos, antes estaban en pleno estrado, tan imponentes que uno imagina cómo robaban la atención de las obras representadas.

Algo fuera de ruta, pero una gran tradición lojana es la “gallina acuyada” del Salón Lolita, y si tienes curiosidad de probarla, trasládate a la calle Salvador Bustamante Celi, a dos cuadras del Parque Recreacional Jipiro.

¿Una zona rosa?

Cuatro cuadras al sur de Santo Domingo está la Iglesia de San Sebastián, donde encontrarás también el fantástico Mercado San Sebastián. Una arquitectura de madera con ventanas angostas y verticales y techos de teja reflejan otro tiempo; de hecho, toda la cuadra aledaña a la plaza también cuenta con este aire, casas antiguas hoy ocupadas por tiendas y comercios. Por dentro, cada puesto invita a los visitantes de paso a llevarse alguna fruta, probar un dulce tradicional o admirar cómo Doña Clara (puesto 140) hace tamales, humitas y quimbolitos todos los días.

La plaza, por su parte, revela una torre de 32 metros de alto. En su glorieta se celebran los Jueves Culturales, veladas en las que se presentan gratuitamente grupos musicales y escuelas de danza.

Por cierto, la calle de Nuestra Señora de Lourdes es imperdible. Fue la primera en construirse y data del siglo XVI. Angosta y llena de matices tanto en sus paredes como en su oferta, cuenta con casas coloniales de balcones floridos y ventanas de madera de lado y lado. Tiendas de artesanías, servicios turísticos, restaurantes y cafés la animan por el día y, por la noche, brilla de forma especial bajo elegantes farolas. El café Portal 16 cuenta con una decoración peculiar: pizarras de antaño, teléfonos viejos, un ambiente relajante, ideal para compartir con amigos. También llama la atención Bird Explore, un curioso almacén que vende dibujos de aves a mano, al igual que tours para observarlas. A la altura de la calle Bolívar, el Centro Cultural Alfredo Mora Reyes nombrado en honor a un celebrado escritor es uno de los centros culturales más importantes de la ciudad.

Asómate a los portales de la calle Lourdes.

La Lourdes nos lleva hasta la calle 24 de Mayo, una atractiva avenida con frondosos árboles y restaurantes concurridos. Prueba desde platos alemanes en Iecka Bistro Alemán (su Frikadellen cambiará tu noción de lo que es una hamburguesa) hasta shawarmas de queso en El Hez. El café La Mojigata con sus afiches vintage y sillas rojas de metal, se junta a varias cervecerías, pizzerías, simpáticos bares y cafés, cada local conservando su decoración y menú característico, que le dan incluso una colorida vida nocturna a la ciudad. Y, claro, para cerrar tu caminata con broche de oro, no dudes en probar un helado de Amor Brujo en La Tienda (lo describen como un concentrado de frutas con frutos secos, mermelada y manjar de leche: no hay nada igual).

Esta calle desemboca a las Orillas del Zamora (la avenida lleva, en sí, este nombre), a lo largo de la cual verás el río debajo de varios puentes decorados, sombreados por las hojas de los altos árboles que se levantan elegantes… es un bonito lugar para pasear antes o después de una buena cena, cerrando el círculo de una ciudad enmarcada por dos ríos.

Los parques de la ciudad

Loja es una ciudad muy verde y si estás de visita, no puedes perdete esta oportunidad de conectar con la naturaleza. Existe el inmenso Parque Recreacional Jipiro, al extremo norte de la ciudad, con mucho espacio para la familia, extensiones para correr y jugar y un parque temático dedicado a la universalidad cultural (con réplicas de construcciones representativas del mundo, desde una mezquita árabe a la Torre Eifel, pasando por la choza shuar). Otro lugar especial es el Jardín Botánico Reinaldo Espinosa, con hermosos caminos llenos de plantas medicinales, árboles locales y flores, todas debidamente indicadas, incluyendo un grupo de “chinchonas” o árboles de cascarilla, una especie al borde de la extinción que alguna vez fue fuente de quinina, uno de los productos de exportación más importantes del territorio, dada su efectividad para curar la malaria. Para quienes buscan naturaleza en su estado más indomable, está por supuesto la entrada Cajanuma del Parque Nacional Podacarpus, a sólo 10 minutos al sur de la ciudad.

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