Las tres Manuelas, metáforas de libertad

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Llega a ser difícil de creer que las tres mujeres protagonistas de la lucha independentista quiteña llevaran el nombre Manuela. Al menos podría considerarse entre las coincidencias asombrosas de la historia latinoamericana.

Por supuesto, fueron muchas las mujeres quienes tuvieron incidencia en las Guerras de Independencia de América Latina; entre ellas, María Larraín y Rosa Zárate, quienes se pusieron las armas al hombro para defender, por ejemplo, la breve ‘soberanía’ quiteña de 1812. Pero las Manuelas se destacan. Sus historias fascinan y marcan tres momentos cumbres: un precedente, un grito y la libertad.

Manuela Espejo, con la pluma en la mano

Todo comienza con Manuela Espejo, a quien se podría llamar precursora del feminismo ecuatoriano, acaso la primera periodista (mujer) del país.

No sólo fue hermana menor del hoy reconocido precursor independentista Eugenio Espejo, fue esposa del ilustrísimo José Mejía Lequerica, quiteño que con gran razonamiento defendió el movimiento americanista frente a la Corona en las Cortes de Cádiz.

Manuela Espejo trabajó con Eugenio en el Hospital San Juan de Dios; leyó los libros heredados de la biblioteca jesuita, de la cual era bibliotecario su hermano. Fue una de las primeras escritoras quiteñas: bajo el seudónimo Erophilia (‘amante de la sabiduría y el amor’), participó de su puño y letra en el primer periódico de la ciudad, ‘Primicias de la Cultura de Quito’.

Su indiscutible ilustración la volvió influyente entre las mujeres de la nobleza local, incitándolas a ser críticas de su realidad social, mujeres que luego formarían parte activa del movimiento patriótico quiteño de los próximos años.

Otro dato llamativo fue su matrimonio con Mejía Lequerica, que se dio cuando este tenía 23 años y ella 41. Seguramente el 40-20 era más común en aquellas épocas… ¡hoy armaría un romance semejante armaría tremendo revuelo!

La Cañizares, con la sangre en el ojo

La segunda Manuela, Manuelita Cañizares, fue la transgresora, el grito detrás del Grito. Murió soltera y perseguida por las autoridades realistas. Famosa por prestar su casa a los confabuladores de la Junta Soberana de Quito la víspera del ‘Grito de Independencia’ del 10 de agosto, era aparentemente amante de la tertulia revolucionaria y, por ahí se chismea, de uno que otro revolucionario también.

Vivía junto a la iglesia de El Sagrario (una placa muestra el lugar en la actualidad), y ofrecía fiestas que, se cree, ayudaron a velar las intenciones de emancipación de los quiteños. “¡Cobardes!,” dicen que les gritó a los patriotas en un momento de duda antes del golpe, “Nacidos para la servidumbre…,” les increpó: “¿de qué tienen miedo? ¡No hay tiempo que perder!”

Manuela Sáenz, la Libertadora

Y llegamos al símbolo mayor, la metáfora doble de la libertad, la Manuela más laureada de todas: Manuelita Sáenz, quien dejó a su marido inglés por escaparse con el gran Bolívar – a quien acompañaría hasta su muerte.

Sáenz siguió los pasos de las libertadoras que vinieron antes que ella y no llegaron a ver su patria libre en vida.

Se armó y luchó para, en carne propia, liberar tanto a su pueblo como al modelo de la mujer del pasado. Su ímpetu, su tesón, su forma de ser centrada, solidaria, combativa, hoy ofrecen a las generaciones visionarias de equidad de género toda una héroe y bandera de superación.

Sin embargo, su historia sólo nosotros, con el tiempo, podemos reconocer, pues su actitud fue inaceptable para la sociedad de su tiempo. Fue ridiculizada, criticada y, por tanto sus ideas políticas como su valentía, desterrada hasta su triste muerte.

Exiliada, su pasaporte revocado por Vicente Rocafuerte, terminó su vida vendiendo tabaco y traduciendo cartas para bucaneros en la ciudad portuaria de Paita, Perú, donde falleció sola a los 59 años de edad.

Foto portada: J. Vinueza

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