Lágrimas de cocodrilo

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Texto: Ilan Greenfield

Fotografía: Jorge Vinueza

El cocodrilo, en o cerca del centro urbano de Guayaquil, era común hace cien años. Cuentan que no era inusual que los más forzudos de la sociedad los desafiasen, entrando en gresca directa con sus fauces sobre lodazales que se formaban a las orillas del río Guayas.

Si bien alguno repta solitario en algún lejano marjal, manglar o montaraz embalse, hoy, el cocodrilo ha desaparecido de la memoria ciudadana. El único, a modo de metáfora, sería el propio río, el gigante de aguas sedimentadas que viene a dar sus últimos coletazos sobre los flancos de la ciudad más grande del país.

El río Guayas nos trae, resumidas, todas las aguas que han corrido a través del país. Las aguas de los glaciares, de los páramos, de los subtrópicos, estribaciones y planicies costeras, incluso el agua del Océano Pacífico.

Técnicamente, nace de sus afluentes, el Babahoyo y el Daule, justo al frente de Cerro Santa Ana. Es, entre otras cosas, el río más insigne de Ecuador. El mismo que aparece en el escudo nacional. El mismo que le da a la ciudad su rostro inequívoco.

El manso Guayas, la corriente indecisa: la que a veces se encamina hacia los mangles y playas del sur y otras veces sube con los autos de la Avenida Simón Bolívar. Es sangre corriendo por las venas del puerto principal, a pulso del océano y sus caprichos de luna.

Ha sido, históricamente, el acceso tanto fluvial como marítimo para tanto habitantes como visitantes. Gracias a él, se conecta Guayaquil al mundo. Gracias a él, se conecta, el Ecuador a Guayaquil. Digamos, pues, que el río es razón de ser de la ciudad.

Eclipse fluvial

A través de él se levantaron civilizaciones desde edades prehistóricas. Fue puerto estratégico durante la Conquista, astillero indispensable durante la Colonia y eje de entrada para liberar a América del yugo español. Fue el medio para que el país exista como país, las embarcaciones ancladas en medio río cargándose de cacao, verde, café y paja toquilla.

Pero, ingratamente, un auge en el desarrollo allá por los años 1960, hizo volcar la sociedad (y la industria) hacia las novedosas carreteras y el puerto fluvial de Guayaquil, aquél que recibía al mundo a la vera de su malecón, fue dejado de lado, como al anciano de las tradiciones manuales: despedido, trasladado fuera de la ciudad.

Muy al contrario de lo que significó la construcción del primer muelle, obra del icónico político ecuatoriano Vicente Rocafuerte, este nuevo “puerto marítimo” dejó a la ciudad del río en vilo durante años. Nadie le encontró razón de ser a ese generoso cuerpo de agua sin su puerto. ¿Qué era la ciudad sin su razón de ser?

Antes de 1960, recuerda la historiadora guayaquileña Jenny Estrada, era “difícil precisar la edad en que aprendimos a amar al río”. Luego de 1960, el sentido de pertenencia se fue disipando y Guayaquil, poco a poco, se convirtió en olvido y nostalgia.

La reputación de la ciudad fresca y tropical, la que Alejo Carpentier, el ilustre escritor cubano, allá por los años 50, llegó a describir como irrepetible en cuanto a su verdor, admitiendo que su amada La Habana no tenía “el lujo de vegetación que adorna las orillas del río Guayaquil”, empezó a esfumarse entre el asfalto.

Treinta años más tarde, dominaba el concreto partido, el polvo y la cantera… y por ello, cuando se inaugurara el frondoso malecón, la ciudad se volcó entera a verlo, como quien se abalanza al hijo migrante que no ha visto en muchos años. Desde ese día, el encuentro persiste, como un momento que se quedó en el tiempo y nadie quiere que se extinga. Como si cada guayaquileño estuviese abrazándolo fuerte a su amor del alma, diciéndole, “¡nunca más te dejaré ir!”

Y el gran Guayas volvió

La actividad en el malecón, hasta por la noche, cuando salen numerosas familias a pasear, es intensa. No existe, claro está, alivio comparable con la brisa del río. Antiguas balandras y pequeñas embarcaciones pesqueras van y vienen, vendedores de lotería, comederos llenos a todas horas, enamorados, pescadores entregando la faena en los muelles.

La ciudad vive de nuevo. Para Jenny, sin embargo, existe un problema grave: el sedimento que ha hecho delgado al caudal. La necesidad de dragar, nos dice, es imperativa.

El río debe volver a ser el dinosaurio navegable que fuera alguna vez.

Quizás la última pelea entre un hombre y un cocodrilo lo registró El Universo en 1926 en el American Park… Desde entonces no tenemos noticia de este emblema de las orillas que, en las descripciones de los españoles Ulloa y Juan de los años 1740, estuvieron llenas de cocodrilos.

Esta ausencia es menos feliz de lo que parece. Puesto que la panza del cocodrilo es indispensable para la salud del río. El cocodrilo es un dragador natural. Y el río lo hecha de menos. Es posible que si no hubiese sido desterrado, este orgulloso “guayaquileño” de escamas habría ayudado a solucionar las preocupaciones que hoy afligen a quienes tanto aman al Guayas río y su caudal. Porque para todo guayaquileño de verdad, amar y cuidar a su río, celebrarlo y conocerlo íntimamente, es amar a su ciudad.

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