La vuelta al Quilotoa

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Al momento de escribir este artículo (julio 2013), siguen llevándose a cabo obras viales en el tramo hacia Quilotoa desde Pujilí, justo antes de Zumbahua. Hasta abrir la carretera al tráfico, pueden pasar dos horas. Inmunes, sin embargo, a la espera, la gente llega a armar partidos de fútbol, acaso una fiesta improvisada de reggaetón que estalla de los parlantes de algún vehí­culo, mientras que los vecinos aprovechan para vender habas y mellocos con sal. La comunidad de Quilotoa ha exigido que la carretera esté lista en un mes a más tardar. Han pasado dos años desde que se iniciaron los trabajos.

Juan César Umaginga, una especie de “padre fun­dador” de la comunidad Quilotoa, habla del turismo como la salvación. “A causa de la erosión, la agricultu­ra ya no garantiza el sustento que necesitamos”, dice. Y ésta es, sin duda, la razón por la que se ha levantado una galería de artesanías a pocos metros del mirador. Umaginga tiene su taller situado en el camino al cráter y la primera actividad que uno ve temprano en la ma­ñana, a través de la ventana de su taller, es él pintando cuadros. Quilotoa es la columna vertebral de todo em­prendimiento turístico de la zona. Desde su cavidad, como instan los mitos locales, nacen los dones de la Madre Tierra… y el turismo es, hoy, el mejor regalo para quienes viven alrededor.

Quilotoa no es ningún descubrimiento reciente. Puede que no tenga la acogida del Parque Nacional Cotopaxi, pero la ruta se ha destacado por varios puntos de inte­rés bien establecidos. El recorrido podría iniciar desde Latacunga, capital provincial de Cotopaxi, girando a la derecha a la altura del puente principal, a la izquierda en el “triángulo”, pasando al lado de una iglesia de piedra y continuando fuera de la ciudad hacia Pujilí. Pujilí, entre otras cosas, cuenta con una identidad indígena arraigada., con celebraciones en Corpus Cristi protagonizados por sus reconocidos Danzantes de Pujilí. El Niño de Isinche –al parecer originalmente una huaca o piedra de adoración incásica– es hoy un Niño Jesús que los fieles celebran y visitan apasiona­damente. Un popular mirador, Sinchahuasín, se ubica a unos 500 escalones subiendo la colina, mientras que su plaza central, jardines, hermoso edificio municipal e iglesia revelan una profunda realidad colonial. Por otro lado, los maceteros que decoran los postes de luz de la calle principal provienen del poblado vecino de La Victoria, que proporciona a Quito gran parte de sus tejados y vasijas.

Desde aquí, se inicia el ascenso hacia el páramo, con pendientes herbosas a ambos lados de la carretera que los vecinos han utilizado para camuflar pequeños refugios, o chozas, de paja. Guiando a sus ovejas, vesti­dos en ponchos coloridos, los locales hacen uno con el paisaje. Tigua aparece repentinamente al kilómetro 35, la mayoría de sus viviendas apostadas a la montaña, con el singular taller-galería de Julio Toaquiza a la de­recha. Para una cómoda estadía está la Posada de Tigua. Más adelante aún, rodeado de un fotogénico mosaico de cultivos, está Zumbahua, pueblo que llega a alborotarse los sábados en la plaza del mercado. Uno desciende, entonces, atravesando dramáticas forma­ciones erosionadas hacia el cañón del río Toachi, para luego volver a subir hacia la corona del Quilotoa.

El Quilotoa es un reservorio inmóvil embotellado en el interior de un volcán aparentemente activo. Su color va mutando a medida que se desplaza el sol en el cielo, convirtiéndose en un verde casi turquesa bajo ciertas luces, un bronce aceitunado bajo otras. Un extenso mirador hecho de grandes vigas de madera, una cafe­tería comunitaria y una calzada de cemento que inicia el descenso al cráter son aditamentos recientes. Se puede acampar junto al lago: mulas y caballos facilitan el transporte de subida. Sitios donde alojarse (Chuquiragua, Quilotoa Lodge, Princesa Toa) son sencillos, pero por lo general cuentan con buenas camas y comida. Puede hacer bastante frío, así que se recomienda vestir en capas.

El pueblo más cercano es Chugchilán, donde se han instalado albergues de mayor categoría: Black Sheep Inn, Cloud Forest o Mama Hilda. Una caminata hacia este pueblo desde Quilo­toa comienza pasando el mirador del cráter (llegando a Chugchilán, se puede seguir camino hacia Guangualo e Isinliví. En vehículo, el camino continúa desde la carretera, pasando frente al Quilotoa Lodge, un par de metros antes de la entrada al cráter. Esta nueva vía se vuelve rápida­mente en un camino de piedra, que sigue siendo muy especial en medio de cultivos escondidos y vistas panorámicas de gran alcance.

Chugchilán persiste en su aislamiento perpe­tuo, con un ambiente inesperadamente afable, especialmente durante los días de mercado en domingo. El lugar más llamativo del pueblo es el taller de artesanías y una tienda de trabajo en madera “Don Bosco”, hallado a un costado de la iglesia (más adelante en camino a Sigchos, hay otra sede “Don Bosco” más grande). Bastante cerca de Sigchos, que en sí es un buen lugar para parar, comer algo y extender las piernas, está la Hostería San José, una opción reciente dónde albergarse; o el excelente Llullu Llama, al sureste de Sigchos, hacia Isinliví.

El camino pavimentado de Sigchos a Saqui­silí dura aproximadamente una hora y media para completar sin escalas. Cambiante y muy hermoso, pasa en frente de dos grandes picos andinos, Los Ilinizas, que en días despejados revela su singular cota de nieve que parece azúcar impalpable salpicando sus vertiginosos peñascos.

Hay varias maneras de concluir el recorrido. En el semáforo de Toacazo, se puede continuar al sur hasta Saquisilí. Todos los jueves hay merca-do. Ahí, hay de todo: desde afilar una hoz hasta arreglar las vastas de los pantalones, en talleres al aire libre. Desde aquí se puede volver a Lata­cunga o continuar al norte: girando a la izquier­da, hacia Quito, el Parque Nacional Cotopaxi, o a Lasso. En Lasso, visita La Ciénega, una de las residencias históricas más importantes del país.

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