La Semana Mayor (Domingo de Ramos)

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Uno de los grupos culturales más representativos del Ecuador es Jacchigua, con sus 83 coloridas coreografías, 400 bailarines y su entrega a la música y danza del Ecuador –sobre todo andino-. Una creación que viene de la necesidad de “recuperar, valorar, mantener y difundir la memoria ancestral del pueblo ecuatoriano como país plurinacional, pluriétnico y multilingüe”.

Por eso, en los últimos años, la intención de Rafael Camino, su director, ha sido recuperar expresiones del patrimonio, entre ellas las fiestas religiosas que sincretizan la tradición católica con lo indígena ancestral. Se trata de buscar el referente patrimonial de esas tradiciones. Fiestas como la de Santa Marianita, en mayo; el Corpus Christi y San Pedro y San Pablo, en junio; la Virgen del Carmen, en julio; Santa Rosa en agosto; Corazas y pendoneros, en septiembre; San Francisco, en octubre; Difuntos, en noviembre y el gran pase del Niño, en diciembre, se toman el centro de la urbe y convocan al público a participar y a reconocerse en estas manifestaciones.

Parte de esta propuesta es la procesión del Domingo de Ramos, el florido y cálido inicio de la Semana Santa, para recordar la entrada de Jesús en Jerusalén. Es la Fiesta de San Salvador que, en coordinación entre Jacchigua y los frailes del convento de San Francisco, comienza con una gran procesión en la que participan al menos 80 bailarines, mezclados con miles de fieles que se suman a la veneración. Por esta vez no bailan (aunque no faltan personas que se lo piden), son parte del cortejo que alaba y da la bienvenida a Jesús.

Con este aporte, el ballet contribuye a mantener a Quito como una ciudad viva. Porque, como dice su director, no se trata solo de recuperar los monumentos y la arquitectura, sino el movimiento, la dinámica de la ciudad, la sensibilidad de la gente. Que se abran las puertas y ventanas, que la gente que vive en el Centro Histórico deje de encerrarse y se apropie de él, que recupere sus valores y quiera el lugar donde vive para que no se pierda la identidad.

Rafael Camino es muy creyente. Se entiende, entonces, su entrega a este sincretismo en el que se recrea la religiosidad. “Se da una mezcla hermosa”, manifiesta, al tiempo que aclara que si bien nos han traído unos santos, una virgen, un demonio, un Dios ajeno, los indígenas, continúan respetando al agua, los cerros, el sol, la luna… viviendo en armonía. Y eso precisamente transmite Jacchigua.

La procesión parte de la Basílica del Voto Nacional, donde se bendicen plantas de romero, maíz, habas, puma maki, cebada, eucalipto, flores y arrayán. Hasta hace algunos años, los fieles portaban la palma de cera del género Ceroxylon, actualmente en desuso.

Acompañan al cortejo la cruz alta, los ciriales (portadores de candelabros largos), personajes de Jacchigua vestidos de indígenas de toda la Sierra, de santas mujeres, de la virgen de los Dolores y la virgen de Quito. La figura de Jesús, una estatua colonial flexible de tamaño natural, va montada en un burro. En medio de los olores y humos del incienso, los fieles, monjas, curas, cofradías, corean con fervor, quizás esperando el perdón de sus pecados.

El recorrido abarca la calle Venezuela, sube por la Manabí, llega a la García Moreno y, por la Sucre y Benalcázar, llega a la plaza de San Francisco, donde se celebra una misa campal, con por lo menos 15 mil asistentes. Muchos sacerdotes asisten al oficio de la misa, encabezados por el arzobispo.

Quito, ciudad franciscana y religiosa, custodiada por el imponente Pichincha, canta en las voces de los miles de asistentes. El cerro parecería escuchar las preces y aquietarse para cobijar a la ciudad, para que ésta “recupere la fe, no solo en la religión, sino en ella misma”, a partir de hechos culturales que permiten caminar hacia la paz.

Jacchigua, que es parte del Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folklore y de las Artes Tradicionales, CIOFF, apuesta por una convocatoria general a visitar los conventos y claustros, la profusa repartición de templos y monumentos; a participar en estas procesiones multitudinarias que son parte –querámoslo o no-, de nuestra identidad.

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