La Montaña

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El hombre, el pequeño hombre, mira hacia esa fina comisura que une cielo y tierra, a ese bordado algodonado que marca el último horizonte del mundo, aquel que con sus altos picos incrusta su nieve en las nubes y llena de su helado aliento el gran azul del cielo.

Allá arriba nace el viento. De ese punto, último, del mundo, nace el agua. Nace el fuego cuando irrumpe en cataclismos eruptivos. Nace, incluso, la tierra, cuando se deslíen sus flujos y como un gran alfarero, va moldeando paredes y suelos a la naturaleza: valles, quebradas, onduladas cordilleras. La montaña. De su corazón de sangre se hace el mundo.

Desde tiempo inmemorial, el hombre no había sido capaz de vivir para contar un encuentro real con este dios que a todo cielo rehúye, este espíritu de todas las cosas terrenales al que los antiguos llamaron apu, o “señor” por antonomasia. Quien se atrevía a acercarse, peor aún a tocar su puerta e ingresar en su morada cavernosa por algún orificio escondido de su rugoso cuerpo, se perdería por siempre en sus entrañas. Escondido en su guarida, la divinidad de la montaña es su propio tesoro… si alguien pudiera volver con algo de todo lo que adentro existe, sería el humano más rico del planeta. Pero claro, volver es imposible.

Cotopaxi desde Chimborazo

Cuando La Condamine intentó llevarse hacia las montañas a los lugareños más resueltos, pensando que sabrían guiarlo, ninguno jamás terminó de acompañarlo hasta las últimas instancias. No llegaban ni siquiera al nivel de la nieve, temerosos de enfrentarse con los dioses que allá pudieran tragárselos. En pocas palabras, querían vivir. Y abandonaron una y otra vez a La Condamine y a sus colegas europeos en las cumbres.

Para los nativos, quienes habían vivido con estas criaturas geológicas desde siempre, el respeto era absoluto. Le adscribían poderes no sólo mágicos y sobrenaturales, sino también humanos. Como la capacidad de enamorarse entre ellos –eran, sí, gigantescos, pero no por ello inmunes a la pasión– y se amaban y se herían de amor. También tenían la capacidad de ser el invitado de honor, por ejemplo, de una celebración: descendían de su existencia física y geológica y penetraban la locura de una fiesta en la forma de un borracho con careta (por lo menos, es lo que se cree posee al taita Carnaval cuando se enfiesta: se le mete un volcán en la cabeza).

Aún en esta era tan indiferentemente moderna, las tradiciones locales no dejan de reverenciar el poder sagrado de la montaña. Las comunidades rurales ofrendan comida y artefactos a ese dios de la tierra, en agradecimiento de todo lo que él da de su reserva oculta de bondades a los mortales que las cosechan. Por ello, los hombres que viven bajo su sombra hacen celebraciones. A la montaña le gusta que hagan fiestas en su honor. La montaña es fiestera. La montaña es dadivosa. En ella están todos los frutos de la Tierra.

Desde la época de La Condamine —luego vino Humboldt —quienes, por el nombre de la ciencia, se empezaron a aproximar a sus portentos y luego, Whymper y los Carrel, que se pararon sobre estos dioses de piedra y lograron mirarles a los ojos, su fuerza cúspide se transformó en algo distinto, pero no por ello menos imperioso y fascinante.

Hoy, el montañista también venera a la montaña. En las propias palabras del gran Iván Vallejo, “la montaña es un lugar con mucha fuerza, donde te puedes dar cuenta de la ‘chura’ de Dios. En determinados momentos, sí, para mí la montaña es una especie de santuario.” Hace unos años, murió el venerado Ueli Steck, uno de los montañistas más importantes del mundo, en las entrañas de la cordillera que le dio la fama, los Himalayas. La montaña es demasiado inmensa y poco podríamos hacer si ella decide pisarnos.

El montañista le tiene, es verdad, otro respeto a la montaña, y quizás la sienta viva, pero ya no es un dios al que no se visita. Es un dios accesible, un templo, una escalera al cielo. Y de su cielo, mágicamente, uno hace lo imposible: vuelve a tierra. Como Ulises, que partió nueve años y volvió. La cueva del cíclope sólo parecía una prueba insuperable. Homero lo alegorizó entonces: a través del ingenio, el “pequeño hombre” superó el obstáculo más insuperable de todos: volver nueve años después para contar el cuento. A través del ingenio humano, el héroe regresa de su odisea de pararse cara a cara frente al guardián del mundo. Un poema épico siempre nos espera en el corazón de la montaña. Y quien vuelve, vuelve con el alma llena de bondades.

FOTOS DE JUAN SEBASTIÁN RODRÍGUEZ: portada ilustra al montañista Iván Vallejo en la cima del volcán Chimborazo.

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