La Canadá, el Olimpo de las calles quiteñas

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Un clásico quiteño

Esta vez, la aventura Toyota nos lleva hasta San Juan, conocido cariñosamente por los capitalinos como su balcón favorito gracias a su vista privilegiada. Es también un barrio conocido por sus cuestas. Y un barrio de conductores, si acaso existiera uno en esta ciudad, por lo difícil que es remontar algunas de ellas.

De todas las calles imposibles, hay una en particular que, todo quiteño sabe, pondrá a prueba cualquier motor, una calle prueba-de-fuego que convierte a todo novato en conductor hecho y derecho, preparado para cualquier reto, y a todo auto en auto bueno para comprar. Estamos hablando de la gran subida de la calle Canadá.

Si el auto no se queda, la adquisición es garantizada. Si el auto se queda, puede que sea el auto el que no vale lo que cuesta… o el conductor, que no ofrece lo que ostenta. La Canadá es el examen obligado.

La Canadá es, sin duda, la calle más querida de los conductores quiteños, pilotos y aficionados. A todo auto que se precie, hay pues que probarlo en la Canadá.

Es también parte de toda anécdota familiar en Quito. La mía sucedió cuando tenía ocho años, con mi mamá y mi tío. Íbamos tranquilos cuando de pronto el auto se ahogó, justamente en esta terrible pendiente. Mi tío, que fue siempre un apasionado de los autos y reconocido por lo mucho que conocía de ellos, no se sentía afectado. No era él por supuesto, el problema. Se bajó de inmediato y colocó un palo de helado —¡un palo de helado!— en un lugar muy preciso del motor. Volvió a encenderlo y continuamos camino por esa temible calle Canadá sin problemas. Curvamos por la Montevideo con toda la suavidad del mundo y el carrito se ganó al menos tres años más de vida después de la hazaña.

Sacamos nuestra Toyota Yaris para ver si tiene pulmón quiteño y asume el reto. Parqueado en la calle Buenos Aires, espera paciente. Pasa un camión, dos motocicletas, dos taxis, otro vehículo alto, por la intersección, hasta que llega el momento, la prueba de pruebas: no hay nadie. Acelera. Empieza a subir.

La cuesta se vuelve eterna y cuando parece que pierde volumen y ritmo, encuentra su estabilidad. La cuesta termina siendo nada para él. Toyota es Toyota, siempre con la respuesta precisa para superar los escollos del camino. Sin aprietos, curvamos finalmente por la Montevideo. Misión cumplida: un auto capaz, cómodo y hecho para las calles quiteñas. Porque si pudo con la Canadá, podrá con cualquier rincón de Quito.

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