¡Juyayay Pachamama! Un proyecto comunitario de las mujeres de Angla

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Al igual que los humanos, las plantas también sienten, respiran y se comunican. Por supuesto que para escucharlas no basta con prestar atención, también hay que conectarse con ellas. De esta conexión viene la medicina ancestral, aquella que ha sido canalizada por yerbateras y curanderas desde tiempos inmemorables y que hoy, a pesar de la lejanía que hemos generado con ellas, siguen compartiéndose sigilosamente dentro de las comunidades indígenas.

‘Aquí tenemos plantas calientes, plantas frescas, tanto machos como hembras’, explica con un misticismo intrínseco Rocío frente a un pequeño altar con todo tipo de yerbas recolectadas de su huerto para iniciar el ritual. Junto a ella, están sentadas en grupo sus compañeras de la fundación Pachamama de la comunidad de Angla, de la parroquia San Pablo del Lago en Otavalo.

Angla es una de las comunidades más antiguas de Imbabura. Si algo caracteriza a su población indígena Kichwa Cayambi es el respeto a la sabiduría de sus ancestros y por la vida. Sin embargo, su historial de desigualdad entre varones y mujeres siempre estuvo presente. Fue en el año 1996 que un grupo de 28 mujeres se organizaron para crear su proyecto y empoderar a las abuelas y madres a través de lo que mejor sabían hacer: cuidar sus tierras y sus saberes.

Casi treinta años después, siguen recibiendo a visitantes y turista con quienes comparten la alegría de vivir de su campo. Hoy, un día previo a la gran celebración del Día de Difuntos, nos invitaron a presenciar y formar parte de una limpieza energética. Rocío y sus compañeras piden con respeto a los taitas Imbabura y San Francisco, y a las mamas Cotacachi y Cayambe que les permitan canalizar la energía de sus plantas.

Frente al colorido altar, María Perugachi, otra de las mujeres que conforman Pachamama, recoge un racimo que se encuentra junto al humo del palo santo. Contiene ruda, ortiga, marco y chilca, ingredientes base para limpiar el cuerpo y el alma desde la cabeza hasta los pies. Indica que así se regresan las energías del cuerpo a la tierra y se purifica. Además de la voluntad de la persona para hacerlo, también se necesita fe, precisa.

Uno por uno, los asistentes se acercan donde María para recibir las bondades de las plantas. Las piedras en el centro del lugar que, por cierto, se trata de un reloj solar, hacen que se concentren las energías más pesadas y que la esencia de las flores puedan proteger a los pacientes al igual que el agua. Los cuatro elementos forman parte de este momento. El viento y el fuego se juntan con el humo del palo santo que pide también protección de los sagrados elementos.

Flores como la guayaba, el geranio, la lavanda y la aloe vera se utilizan en el proceso, cada una con una función especial que las yerbateras conocen a la perfección. ‘Todo empezó en casa’, dice María, ‘con nuestras abuelas que nos inculcaron el respeto de estos saberes porque nosotros solamente somos un canal para transmitirlo’. Dice que se trata de una farmacia milenaria que, poco a poco, ha empezado nuevamente a obtener la atención de los jóvenes de Angla.

Ahora, la fundación Pachamama se dedica no solamente a estos rituales, sino también a compartir su estilo de vida en un museo interpretativo, su mercado orgánico y también artesanías, bordados, gastronomía, música y bailes tradicionales que hacen de esta una experiencia integral.

Es difícil transmitir lo que se siente después de compartir un momento tan especial con estas mujeres poderosas. No hay mejor manera que concluir danzando alrededor del altar entre cánticos, expresiones como ‘¡qué vivan los visitantes! ¡qué vivan los turistas!’ y el sonido de los campaneros que cargan una pesada estructura metálica en su espalda mientras tocan la flauta andina (es el único rol en el que se involucran los varones), con quienes, al unísono, respondemos ¡Juyayay anfitrionas! ¡Juyayay Pachamama!

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