Insectos, miles de millones

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Texto: Ilán Greenfield

Fotografías: Jorge Vinueza / Juan Pablo Verdesoto

De todos los taxones estudiados dentro de la Amazonía, el de los insectos es el que requiere más tiempo, cuidado y paciencia. Es, por supuesto, entre los menos conocidos. Estadísticamente se dice que existen más de 100.000 especies en cada hectárea de bosque amazónico. La probabilidad de hallazgos nuevos es inmensa.

El mundo de los insectos, tan menospreciado por la mayoría de observadores, es en realidad parte importante del espectáculo sin precedentes que ofrece la Amazonía ecuatoriana.

Es una comunidad llena de misterios y complejidades, de organización, adaptaciones, camuflaje y mimetismos, de simbiosis y química.

A pesar de ser tan pequeños, generan fobias profundas e irracionales en muchas personas. Pero eso importa poco en el mundo real de una selva. Su importancia para el equilibrio del ecosistema es fundamental. Representan los primeros peldaños de la cadena trófica, en especial dentro de los bosques húmedos tropicales, donde se encuentran en abundancia y donde adoptan formas y colores fabulosos, incluso inexplicables.

Están los escarabajos rinoceronte, la criatura más fuerte del mundo, capaz de cargar más de 800 veces su propio peso corporal; o los escarabajos arlequín, que lucen diseños persas sobre las alas, en anaranjados, rojos y negros, mientras que los preciosos escarabajos tortuga llevan ‘caparazones’ dorados o color rojo escarlata.

En cuanto a las mariposas, están, por supuesto, los ‘ojitos azules’ de la selva, las preciosas y gigantescas morfo que pasan pestañeando sus colores iridiscentes donde sea que vayan. Por más lindas que sean estas especies, son quizás las polillas las que más llaman la atención: incluyendo la radiante Urania o la espeluznante Bruja Blanca (o “polilla fantasma”); hay polillas que pasan perfectamente por avispas, o las llamadas ‘esfinge’ que se camuflan con el tronco del árbol; y algunas gigantescas, como la Rothschild, uno de los insectos más grandes del mundo.

Hay luciérnagas que comen caracoles y hay las mata-abejas (que, sí, se especializan en matar abejas); hay abejas sin aguijón, abejas ‘orquídea’ de los más primorosos colores, insectos palito, insectos liquen y cigarras que tienen la forma de una hoja muerta; algunas de estas, ¡de una hoja muerta parcialmente comida por hormigas! Por no mencionar los arácnidos, entre ellos, la madre de todos, la tarántula.

Todo un hormiguero

Las hormigas pertenecen a un grupo de insectos al que los científicos han puesto bastante de su energía en identificar y estudiar. Increíblemente, se calcula que en un territorio como Yasuní existen más de 600 especies, en distintos micro-hábitats y estratos de bosque, demostrando comportamientos y organización “social” asombrosos. Muchas (un 24% de las especies) desempeñan ‘mutualismo’ con otros organismos (la interacción entre dos especies que beneficia a ambas).

Un ejemplo es el llamado “Jardín del Diablo”, donde las hormigas limón (llamadas así por su ácido sabor) viven en mutualismo con las plantas Duroia hirsuta que les brindan un hogar. Las hormigas las protegen de herbívoros y limpian los alrededores de la planta, impidiendo que otras especies de plantas, potencial competencia de nutrientes, luz y espacio, crezcan cerca.

Otro fascinante caso de mutualismo se da entre una especie de hormiga y una especie de oruga que secreta miel. A cambio de este ‘manjar’, las hormigas protegen fanáticamente a la oruga de los depredadores, a tal punto que cargan y guarecen a la oruga en lugares seguros para evitar que sea devorada por aves u otros animales.

Las primeras agrícolas

No hay, en la selva tropical, hormigas más memorables que las arrieras y las legionarias. Ambas demuestran el mismo grado de intensidad comunal; las primeras son muy difíciles de pasar por alto en los suelos del bosque, mientras forjan sus carreteras kilométricas, cargando pedazos de hojas, tallos e incluso flores hacia los inmensos laberintos donde, como verdaderas agricultoras, cultivan un hongo que cosechan para su sustento.

Sus ‘nidos’ pueden contar con más de un millón de miembros y pueden llegar a tener más de 4 metros cuadrados en extensión; cuentan además con un complejo sistema jerárquico, donde prima la reina, la fundadora del nido, y diferentes grupos, con diferentes atributos corporales, que cumplen funciones específicas.

¡Al ataque!

Si bien las arrieras son las hormigas bonachonas, hay hormigas mucho menos amigables. Las hormigas legionarias, por su parte, consiguen su comida arremetiendo en organizadas tropas sobre insectos y otros animales más grandes, a los cuales aniquilan a punta de número, llevando su presa de vuelta a la ‘colmena’.

Las legionarias también exhiben jerarquías, y las llamadas ‘trabajadoras’ protegen a la reina y la llevan consigo, por la selva, como auténticos guardaespaldas. Ciertas especies de aves se vinculan a estas hormigas para poder atrapar todo lo que huye de la invasión.

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