Incursión a la Zona Cero

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Fotografía: Juan Pablo Verdesoto

Quito, domingo 17 de abril del 2016, el día después: el recuerdo aún está intacto, casi palpable. Las calles emanan el silencio del minuto después. Con las manos pegadas a los teléfonos inteligentes, buscamos información más actualizada. ¿Cuántos muertos? ¿Cuántos heridos? ¿Qué zonas sufren…?

Se comparte las estadísticas en las redes sociales, al igual que la información de los suministros necesarios para mandar a los “hermanos de la costa”.

Ese mismo domingo, otro grupo de residentes de la capital, envueltos en la preocupación colectiva, se reunieron para discutir el mismo tema – el terremoto de magnitud 7,8 – pero lo discutían con ojos impasibles y el corazón empuñado. Les afectaba, sí, las estadísticas humanas, pero a lo que ellos apuntaban estaba debajo de esas calles descuartizadas, atravesando las capas de asfalto, a 20 km de profundidad: la litosfera, las placas tectónicas, el corazón mismo del movimiento planetario. Sismólogos, geofísicos y geógrafos del IRD e IG querían estar, cara a cara, con la fuente y madre de la catástrofe.

Sabían que todos acudirían a ellos en busca de respuestas a tantas preguntas: ¿por qué pasó esto? ¿cuándo va a volver a ocurrir? ¿viene uno más grande? ¿por qué aquí? Mientras los demás organizaban misiones de rescate y ayuda, los científicos armaron su propia misión, para rescatar la información de sus equipos de monitoreo. A partir del lunes después del terremoto, ambas misiones, la humanitaria y la científica, emprendieron su viaje a la zona cero.

El proyecto

El proyecto ADN (Andes del Norte) se creó en 2008 para estudiar los procesos que generan sismos fuertes en zonas del Pacífico. Se monitorea la actividad sísmica de la región a través de 10 estaciones colocadas en puntos específicos de Esmeraldas y Manabí (donde antes de colocar los equipos se estimaba había mayor probabilidad de movimientos telúricos).

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Sismógrafos, GPS y acelerómetros

Lunes 18, dos días después: Frédérique Rolandone, Paúl Jarrín y nuestro fotógrafo Juan Pablo Verdesoto, salen en un auto del IRD para recuperar los registros de sismógrafos, GPS y acelerómetros.

La ruta empieza en Quito, pasa por cada una de las “estaciones” (Quinindé, Punta Galera, Muisne, Mompiche, Pedernales, La Chorrera, Punta Prieta, Jama y Bahía) y el camino, largo y cansado, se ablanda con la música francesa de Frédérique. En cada lugar, la misión empieza con la búsqueda de aquella caja blanca metálica que contiene los instrumentos de monitoreo. Los investigadores pueden tomar hasta dos horas cruzando matorrales, bajo condiciones climáticas incómodas y un calor abrumante, lo que puede convertirse en una verdadera odisea por hallar una tarjeta de memoria. La tarjeta contiene todos los datos. Al llegar a sus equipos, la reemplazan por una nueva, que seguirá registrando las réplicas del terremoto, y la anterior se introduce a una laptop “viejita y a prueba de todo” para después mandar al instituto.

Las noches, en carpas, o con suerte, en alguna casa u hotel, consisten en dos o máximo tres horas de descanso. El reto es encontrar, mientras más se aproximan a la zona cero, los equipos intactos. Se topan muchas veces con cajas destruidas, debajo de escombros y sin datos. En Pedernales, el epicentro, irónicamente, los instrumentos no han sufrido daño alguno… pero Paúl, Frédérique y Juan Pablo digieren por primera vez la magnitud del desastre que cobró la vida de más de 600 personas.

El terror invade los sentidos, y por la noche, el campamento lo deben alzar al lado de ataúdes.

Mientras más equipos mejor

El área técnica del IG emprende un viaje para colocar más estaciones sísmicas. A través de los datos de estos equipos los ecuatorianos podemos mantenernos al tanto de la magnitud y ubicación de las muchas réplicas del terremoto. Se colocan nuevas estaciones temporales con un sensor sísmico para detectar los temblores, un digitalizador que interpreta lo registrado, y una radio y antena para transmitir los datos en tiempo real. En Manta, una de las estaciones quedó atrapada en un edificio caído. “Estaba completamente cerrado el lugar. Entramos bajo nuestro riesgo,” recuerda Cristina Ramos, encargada del área técnica.

Luego llegarían más sismólogos de IRD, con colegas norteamericanos y observadores, para estudiar las réplicas en tierra, y en el mar.

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Grietas y levantamientos

Martes 19, tres días después: El vulcanólogo del IRD, Jean-Luc Le Pennec sale junto con un equipo de geólogos para comprender la deformación superficial de las zonas afectadas. A pesar de no ser especialista, se une porque “se necesitan brazos, cerebros y carros”.

En Pedernales, las carreteras están levantadas y los científicos murmuran entre ellos: “falla inversa”. Las deformaciones que atestiguan los lleva a esa conclusión. Es lo que sucede cuando la superficie en lugar de desplazarse y abrir un hueco, se levanta. En la zona cero, las carreteras se han levantado 60 cm y se han desplazado 15 cm de manera horizontal (lo que se conoce como acortamiento de corteza).

Tan solo observando los caminos destrozadas y los autos atascados en las grietas los científicos entienden la gravedad de la deformación. La subducción que se dio a 20 km de profundidad fue tan potente que hizo que el suelo presione con fuerza y de manera horizontal, hacia adentro, como aplastando un globo por sus extremos hasta que este no dé más y explote. Similarmente, la corteza, 20 km más arriba, se va quebrando y se dispara de manera vertical.

Edificios fallucos

Miércoles 20, cuatro días después: El equipo de Matthieu Perrault, investigador del IG, se traslada a la zona cero para realizar un estudio de los daños. Su objetivo es dibujar un mapa de “intensidades” del efecto del terremoto sobre la gente y edificaciones. A diferencia de la magnitud, que es un valor intrínseco del terremoto, las intensidades varían dependiendo del lugar. En la zona del epicentro, la intensidad es mayor porque se reporta muchos más daños que a 200 km, pero la magnitud de 7,8 en la escala de Richter no cambia.

Para Matthieu y su equipo, el día en el campo empieza a las 8h00 y termina en la noche. El objetivo es cubrir varios sectores cada día. Dividiéndose en seis grupos se extienden a través de una zona, de norte a sur, de Esmeraldas a Salinas, y de oeste a este hasta Latacunga y Ambato. Entre columnas colapsadas, edificios enteros destrozados y escombros por doquier, la intensidad se concentra en Pedernales. Los científicos entienden el pánico de la gente y la violencia del evento.

«Personalmente fue una experiencia que no voy a olvidar; viví mi primer sismo muy fuerte,” afirma conmovido el ingeniero francés.

Algunos edificios están completamente destruidos. A pocos metros, hay construcciones con daños mínimos. Poner menos material de reforzamiento en una biga de concreto es más barato, por ejemplo, pero debilita la construcción considerablemente. Edificaciones grandes mampostería o de madera son más vulnerables en Ecuador (en otros países existen códigos de construcción que aseguran la resistencia de la madera). Otro factor es la fecha de construcción. Las estructuras antiguas ya han sobrevivido sismos anteriores y un terremoto como este simplemente agrava su estabilidad. Gran parte de los edificios que cayeron no estaban diseñados correctamente, no estaban reforzados o no respetaban los códigos de construcción.

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Vivimos con sismos

Es solo luego de un gran terremoto que la gente toma consciencia de los daños que éste puede causar. Fue el caso en los Estados Unidos a partir de los años 70, en Japón y en Chile también después de unos sismos fuertes del siglo XX. Conocemos hoy las construcciones resistentes a temblores fuertes y las nuevas edificaciones deben seguir estas normas. Debemos evitar construir en lugares vulnerables, donde sabemos, a partir de este terremoto, que seguramente se repetirán los mismos movimientos. Debemos crear conciencia para crear ciudades más seguras.

Suelos profundos

Miércoles, 18 de mayo, un mes después: los sismólogos Hugo Yépes, José Manuel Marrero, Patricio Ramón y Pablo Palacios llegan a Portoviejo. Tras un mes del terremoto, la gente aún está insegura. Se acercan al auto al ver el logo del Instituto Geofísico para preguntar:

¿Hasta cuándo va a durar esto?

Las réplicas han sobrepasado los 1 500. El recuerdo de ese sábado catastrófico no quiere dejar a nadie en paz. No para de temblar.

Los sismólogos llevan consigo sensores sísmicos para grabar el ruido de fondo de la ciudad, y la información sísmica que ésta produce. Cada que hay una réplica, las ondas viajan a través del suelo y los equipos capturan la información que luego ayudará a entender la respuesta del suelo. El proceso toma días y hay un trabajo con la gente de la comunidad. Las estaciones deben ser instaladas en lugares seguros, cerrados y donde haya energía solar para los paneles. Ello implica que alguien cuide de los instrumentos en su casa. Son siete las estaciones que se logran colocar en diferentes zonas y suelos: cerca del centro, cerca de los ríos y en áreas de bosque.

“Hay que considerar que hay suelos más permeables,” afirma Pablo Palacios, investigador de sismología del IG. “Los suelos blandos o arcillosos tienden a tener más humedad y amplifican más las ondas que un suelo compacto. Se comportan como gelatina… cuando la mueves se queda vibrando más tiempo que un material más sólido”.

Esta información es clave. En un suelo blando construir edificios de múltiples pisos desestabiliza la estructura. Los daños más graves se dieron en zonas céntricas y cerca de ríos… Como el río está tan bajo y las calles principales son más altas, lo que se hace para tener acceso a la calle es colocar un muro y simplemente rellenar. El muro cede, cede el relleno y se destruyen manzanas enteras. En zonas compactas o rocosas los daños fueron mucho menores.

Respuesta inmediata

El terremoto llevó el laboratorio a los pueblos y ciudades, desplazó a los científicos al campo, a la zona cero, para ver en carne propia el daño causado del fenómeno natural que tanto han investigado en sus cubículos, en sus computadoras, en sus gráficos y sus pláticas teóricas. Su heroísmo, aunque silencioso, se da en sus resultados y en la comprensión sismológica a la que llegarán a través de este importante estudio, para así, a futuro, enfrentarnos de mejor manera a catástrofes naturales devastadoras, que aunque generan miedo, son inevitables y forman parte de nuestro gran laboratorio natural.

Cuatro ejes

La operación se basó en cuatro ejes: retirar los registros del sismo y sus réplicas (recolectar datos sismógrafos, GPS y acelerómetros); colocar más equipos para mejor comprender y ubicar las réplicas; entender la relación entre las ondas y los daños (la respuesta del suelo y los edificios); y medir las deformaciones superficiales.

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