Guayaquil, una Perla que surge

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Ilán Greenfield explora los retos, dilemas, conflagraciones y espíritu singular de la Perla del Pacífico.

La torre de reloj, así como una estatua de Vicente Rocafuerte, el presidente ecuatoriano que trajo la reliquia desde Londres, en 1841, son de las pocas cosas que quedaron en pie luego del incendio que arrasara la ciudad en 1896. Guayaquil se incendiaría entera dos veces más (1901 y 1902). Así que, cuando en 1906 se planteó erigir una segunda metrópolis en torno a la estación del ferrocarril de Durán, al otro lado del río, la propuesta no era para nada absurda. Para algunos era más sensato que esperar a que volvieran los incendios para calcinar de nuevo la ciudad.

No hubiera sido la primera vez que Guayaquil tomara la decisión de mudarse. El primer asentamiento colonial fue reubicado varias veces antes de ocupar definitivamente el Cerro Santa Ana. Y ya en 1692, el centro de la ciudad fue trasladado a la zona de la Catedral. Y como lo que se extendía desde aquí se lo conocía como «La Nueva Guayaquil», para no confundir, el proyecto de 1906 tomó el novedoso nombre de «La New Guayaquil».

El arquitecto francés, André Bérard, diseñaría una matriz urbana progresiva y ordenada, con iglesias, centros administrativos, puertos, zonas residenciales y barrios obreros. La transformación utópica, que quedó en papeles, dejó soñando a algunos, un hecho confirmado por barrios como La Puntilla, o las ciudadelas amuralladas de Samborondón, ubicadas precisamente al otro lado del río, no lejos de donde la New Guayaquil habría sido levantada.

Todas las ciudades se someten a procesos de regeneración. Es parte de su naturaleza evolutiva. Pero Guayaquil – su propia historia – parece estar marcada por cambios drásticos

La ciudad de hoy es un mundo aparte frente a la Guayaquil de hace quince años atrás, que, según la historiadora Jenny Estrada, ya tenía poco que ver con la ciudad de los 1950. Estrada afirma que la velocidad y naturaleza de los cambios fue tal que «Guayaquil llegó a ser irreconocible». En el período comprendido entre 1980 y 2000, de una ciudad portuaria, calificada, en su momento, de ‘primer orden’, exuberante y cálida, dominada por un río sano y rozagante, Guayaquil giró sobre sí misma, convirtiéndose en una selva de concreto, con pocos vestigios de su pintoresco pasado. Hasta los guayaquileños más orgullosos (de los cuales hay muchos) estarían de acuerdo de que este período no fue el más halagador de su historia.

Alcaldía de Guayaquil.

Tal vez la caída en decadencia tuvo algo que ver con otra faceta de su realidad: que en Guayaquil las cosas siempre han sido extremas, más grandes y difíciles de manejar que en cualquier otro lugar del país. Mudar el puerto de la ciudad al sur de la misma coincidió con un desarrollo sin precedentes, que a su vez coincidió con una migración sin precedentes, el mayor éxodo rural-urbano en la historia del país. Barrios improvisados ​​surgieron de la nada, brotando como mala hierba en cada esquina. «Se dice que Guayaquil quiere decir Nuestra Casa Grande», explica Estrada, «lo que habla de nuestra apertura hacia el mundo. Así fue concebida, incluso, para los españoles que la fundaron, quienes fueron ‘permitidos’ asentarse aquí, gracias a la buena disposición de las tribus nativas por desarrollar lazos comerciales. No era como en los Andes, donde los españoles manipularon la sociedad anterior para dominarla. En este caso, primaba la navegabilidad del río. El área era punto de comercio precolombino y la ciudad colonial estaba atrapada en el medio.» Convivencia y cohabitación significaron supervivencia, otra clave para entender la ciudad.

Su crecimiento demográfico (de 300.000 en 1950 a casi 2 millones en los 1990) superó la capacidad de hacerle frente a los problemas. Gris, sobrepoblada, con una humedad atosigante por falta de ventilación natural, la ciudad era, pues, irreconocible. Muchos aún conservan esta imagen de ella, pues es muy reciente, la de una «Perla del Pacífico» decididamente deslustrada. Pero tanto como había cambiado entonces, está cambiando ahora y quien la hubiera conocido antes de 2000 difícilmente creería lo que en esta edición de Ñan estamos prestos a demostrar. Diríamos que una nueva ciudad está rompiendo con el asfalto anterior.

The Point.

Para Joseph Garzozi, defensor del potencial turístico de Guayaquil, la ciudad ha sido objeto de uno de los procesos regenerativos más importantes de los últimos 50 años. «El proyecto ambicioso del Malecón hizo que todos los guayaquileños recordemos el paraíso tropical en que vivimos», explica. «Para muchos fue una revelación, y para otros una reafirmación, de lo que ya sabíamos era la esencia de esta ciudad. Guayaquil se siente más ligera, ahora, y ello nos permite apreciarla mejor», continúa Garzozi. «El acceso al río, lugares como Puerto Hondo o Parque Histórico ponen de manifiesto activos naturales que nos obliga a reinterpretarlo todo.»

Esta ciudad no se parece a ninguna, ni en gente, ni en cultura. Como tantas ciudades y zonas del Ecuador, Guayaquil también es ‘otro país’, otro país dentro del mismo país.

Los resultados han sido innegables, testimonio del último elemento del carácter propio de esta ciudad que debemos destacar: su capacidad de recuperación. Después de que las llamas dejaran nada más que quemar en 1896, los guayaquileños, en cuestión de un día, recaudaron lo necesario para empezar la reconstrucción de la ciudad. Guayaquil tiene, y tendrá siempre, la pulsión de renacer, como la cola de una lagartija, como un ceibo que de ser pelada se vuelve frondoso, como el paraíso tropical que busca grietas para volver a surgir en todo su esplendor.

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