Guamote: Mosaico tejido

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La oleada de colores, especialmente dominada por el tono escarlata profundo de centenares de ponchos, como el corazón de un volcán, inunda el pueblo de Guamote durante el día de mercado. Los comuneros, haciendo camino sobre las rieles del tren que desde hace más de un siglo atraviesa el pueblo, van dando cada vez más dramatismo a la escena que desde temprano empieza a pintar la mañana.

Sombrero de queso de Cacha con cintas coloridas, dos de éstas indican que la dama está soltera.

No solo es una de las reuniones más coloridas de personas en el país, es también una de las más autóctonas, auténticas y especiales. Guamote, en sí, es un pueblo tranquilo, algo desvencija do por lo que fácilmente podría parecer siglos de descuido, con pocos hoteles, casas antiguas, algunas de madera, con balcones, que recuerdan el pasado ferroviario de este pueblo principalmente indígena. Son ya algunos años, sin embargo, que se viene promoviendo su mercado, momento que hace que el pueblo olvidado de ayer se convierta en una explosión de identidad y belleza, colores y calidez de centenares de indígenas que llegan desde distintos parajes de páramo para mercar sus productos, vestidos a su manera, que siempre es llamativa. Llegan la noche anterior para montar su puesto, donde permanecen a medias dormidos para cuidarlo, arropados debidamente a la intemperie, entre los bufidos de viento de las montañas.

Entre borregos, cuyes, patos, chanchos y los ponchos de los compradores, contrastes y texturas celebran el mercado de animales detrás de la iglesia. El día transcurre con la llegada de camiones de productos, que se pasean por las pocas calles principales del lugar. Y qué decir del tren, que atraviesa el centro del pueblo, que cuando llega un jueves de mercado, es una de las entradas más triunfales del país. Uno está envuelto, repentinamente, en la burbuja de este palpitante mundo indígena.

Colores, pulseras, ponchos y sombreros son parte del uso diario y reflejo de su cultura en cada detalle.

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