Galápagos: Detrás del horizonte

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Texto: Ilan Greenfield

Fotos: Jorge Vinueza

El silencio de la bahía viene de lo hondo. Como de un hueco en la geografía ecuatoriana. Como un pueblo que levó el ancla, se desprendió del continente y se perdió en el mar y solo ahora venimos a encontrarlo: a la deriva, sin puentes, gabarras ni carreteras que lo unan al mundo…

Mucho se ha dicho de la colonia internacional que acogió a Galápagos como última morada, ciudadanos
del mundo que dejaron sus países para hacer de Galápagos su país sin país. Pero la realidad política de Galápagos es otra.

Como colonia ecuatoriana, ecuatorianos también despertaron un día, como de un largo sueño, desprendidos de su historia, convencidos de que este mundo era suyo aun y no un pedazo de piedra saliente del abismo marino.

Lejos de Darwin, a años luz de la retórica evolucionista, con la conservación a sus espaldas y los animales –lobos marinos, piqueros, pinzones de picos gigantes – como extraños perros y gatos de un país maravilloso, el Ecuador insular se desperezaba ante un nuevo día, sin sospechar nada.

“Ojones, ojones… lisa, lisa” gritaban los pescadores, como lo harían en sus ensenadas manabitas, forzando a los que aún no despertaban a abrir los ojos.

Las ondas de Radio Encantada rompían con la fuerte brisa del océano hasta llegar a los parlantes de las casas y las camionetas.

Era una banda sonora ubicua… Uno podía caminar de un lado a otro de la bahía oyendo las noticias o la canción del momento sin perderse un compás, porque no había otra emisora y todos la sintonizaban.

Casas de palo de generaciones pasadas se levantaban a la par de las nuevas casas de cemento. Puerto Baquerizo Moreno era un pueblo moderno, como cualquier pueblo ecuatoriano, improvisado; remendado, primero, de un pasado incierto y siempre con ganas de llenarse de hormigón.

Con su edad a cuestas, algunas señoras recordaban limonadas hechas con agua salobre, las que de tanto beber dejaron de afectarles el estómago. Contaban de ropa que hacían de los costales que traían las embarcaciones del continente. Había un cine. Era una sala con proyector y sillas de plástico. Los aviones llegaban dos veces por semana y el resto del tiempo se permitía el acceso a la pista: los jóvenes correteaban sobre ella con la libertad de las fragatas en el cielo.

Estos recuerdos los he recopilado de mi amigo Gonzalo Fernández, baterista de Swing Original Monks y miembro fundador de la primera banda de la historia de Galápagos, Arkabuz.

Me los cuenta con la convicción de que el futuro ya ha llegado a su orilla. Que nada más tiene que llegar y que todo seguirá así, intacto para siempre, la resaca devolviéndolo todo al fondo, siguiendo de largo, transitando el oleaje inmenso hasta perderse por el barranco del horizonte, un horizonte que lo envuelve todo, una pecera infinita que a fin de cuentas regurgita lo que ha sido y repite lo que vendrá.

Como aquella cometa de su cielo interminable, que se va y se va pero sigue atada a la mano, la visión, el mensaje, la evolución misma de la especie, todo es ese tiovivo de la vida insular, es «futuro» que quedará intacto hasta el día que finalmente la isla se hunda en el mar… es quizás la mejor forma de describir lo que es estar en Galápagos: una última esperanza. Un último bastión. El último paraíso.

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