Frente al Mar

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Por: Ilán Greenfield

Fotos: Jorge Vinueza

Los años parecen pasar en vano… es decir, no pasan… languidecen. En nuestra Costa del Pacífico, el tiempo mismo es brisa de mar.

Cuando estuve dando vueltas por esta misma costa en los noventa, paseando con la novia y quedándome en casa de amigos con casas en la playa, subiéndome a los autobuses sin camiseta y en sandalias, sentándome en un pueblo pesquero sin malecón (hoy pocos de estos pueblos quedan), para mirar, durante horas, la caída del sol sobre el planeta, ese planeta era otro.

El internet recién llegaba. La telefonía celular, incluso, era bastante nueva y recuerdo estar completamente incomunicado durante mis meses de mochilero. El calentamiento global era el nuevo tema de preocupación ambiental, y el plástico en los océanos todavía no entristecía a la gente.

Ahora estamos comunicados. Ahora hay un muelle turístico en Puerto López, y Montañita es mucho más ciudad que un par de callejas con surfistas que no dejan dormir por la noche. Mompiche es accesible en auto.

Sí, en el fondo son cosas puntuales las que han cambiado… la esencia permanece.

Recuerdo, en Puerto López, un lugar al que me gustaba ir. Era una casa de planchas de madera, construida en frente de la casa de hormigón de un pescador, que servía de restaurante. El pescador había sido buzo, de aquellos que te contaban sobre fabulosas travesías marinas sin bombonas de aire, y te explicaban la alegría de ubicar una concha Spondylus entre las rocas más profundas. Servía lo que pescaba, pero Puerto López era mucho menos concurrido entonces, y parecía que abría sus puertas cuando le venía en gana hacerlo. Te podía tocar langostinos, dorado, pulpo… hasta langosta, cuando volvía con alguna del mar, que su esposa sofreía en ajillos o rápidamente incluía en un ceviche, de esos tan frescos que se derretían en la boca por la suavidad de la carne.

¡Qué comida! Un recuerdo que en todos estos años jamás me ha dejado, que me vuelve exacto, sabor por sabor, cada vez que regreso.

Hoy, los lugares quizás son otros, pero la misma sazón, el mismo mundo pesquero, las mismas brisas, las mismas olas, te llenan igualmente de esa calma interior y satisfacción. Sí, el planeta era otro, pero la costa ecuatoriana sigue siendo la misma, emanando el sabor de su profundo pasado y eterno mar.

Estas hojas revelan esa preciosa experiencia de comer frente al mar y las recomendaciones que podemos legar a todos nuestros lectores luego de tantas travesías por la bella Costa del Pacífico de nuestro país.

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