Eugenio Espejo, genio y espejo de la Colonia

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Uno de los grandes inventos de Eugenio Espejo fue la Madamita Manuela Monteverde, la protagonista de sus Cartas Riobambenses (1787) que conforma una de las primeras obras literarias de ficción, si no la primera, de la época colonial quiteña.

Es muy posible que este invento de mujer (y sus cartas imaginadas), se inspiraron en María Chiriboga y Villavicencio, personaje de carne y hueso de la Colonia; pero lo que hoy vive por cuenta propia – con argumento, tragicomedia, clímax y desenlace – como todo un símbolo de su época, es la propia ‘Tu Maliciosa’ (como firmara, por última vez, la Madamita en la obra).

Espejo habría escrito, un año antes, la fascinante Defensa a los Curas de Riobamba, otra obra imperecedera de su importante catálogo que se considera como el estudio más trascendental de la situación indígena americana hasta la fecha de su creación. Cartas Riobambenses, por su parte, desprende una visión sexuada de una mujer insatisfecha con su vida provinciana, quien manipula su relación con un hombre para liberarse de los prejuicios sociales de su tiempo, sucumbiendo finalmente a los mismos y sufriendo el escarnio general por su actitud. No. Espejo no se inspiraba en Madame Bovary, la famosa obra del francés Gustave Flaubert. Espejo inventó a su Madamita 70 años antes que Flaubert concibiera la suya.

Si bien esta obra, que fuera realizada en el oscurantismo de la Colonia, revela similitudes inesperadas con el hito francés, que muchos consideran la primera novela moderna, hallamos aún mayor similitud entre Espejo y otra figura francesa de la modernidad: Louis Pasteur.

En su humilde Reflexión acerca de un método para preservar a los pueblos de las viruelas (1785), Espejo llegó a 
la descabellada conclusión (para la época), de que eran organismos invisiblemente diminutos los culpables de las enfermedades virales, adelantándose casi ochenta años a los descubrimientos de Pasteur y el desarrollo de la microbiología. Con estas dos exposiciones, cabe preguntarse: ¿es posible que la obra de Eugenio Espejo figuró en las bibliotecas de estas celebradas figuras francesas?

Si bien la seductora ‘Madamita’ se adelantó a la revolución feminista (hablaba de sexo y bebía licor en público), revelando sueños y realidades de Quito del siglo XVIII que ningún otro texto ha podido recrear, la Reflexión logró ver una realidad que nadie más podía siquiera imaginar: un mundo microscópico más de cincuenta años antes de la invención del microscopio.

Cuando los científicos de Europa sostenían convencidos que las enfermedades eran causadas por el ‘mal aire’, Eugenio Espejo escribía lo que en el entonces sonaba a ciencia ficción: “El aire mismo no es causa de las enfermedades… son otros tantos cuerpecillos distintos del fluido elemental elástico que llamamos aire [que causan el contagio]”

No es descabellado pensar que con esta visión preclara y genial, Eugenio Espejo hubiera evocado lo inimaginable para aquellos tiempos en la pequeña ciudad andina de Quito: la emancipación de América. A falta de pruebas mayores y para evidenciar la incidencia de Espejo en la lucha independentista, autores utilizan su implicación en la puesta de ‘banderines insurgentes’ sobre las paredes de las iglesias de Quito.

Estas amanecieron un buen día con la frase: «Al amparo de la cruz, sed libres y conseguid la gloria y felicidad». La frase fue motivo de escándalo en el entorno social y sería su hermano el declarado culpable y no Espejo, aunque éste cumpliera la pena (por salvaguardarlo), enfermando de muerte en el intento. Este hecho ha llevado a los más románticos a tildarlo de ‘primer grafitero’ y a los más patriotas, de ‘precursor de la independencia’. Por supuesto, es uno de tantos títulos que podríamos darle.

Un genio de orígenes humildes

Todo dice que Eugenio Espejo tuvo un origen humilde… algunos aseverando que su madre era mulata y su padre indígena; en esas épocas, condiciones que hacían prácticamente imposible cualquier deseo de superación social o intelectual.

Su paso a la mediana fama dentro de su entorno solo se la puede entender gracias a esfuerzos personales incomparables; su importante educación gracias a los jesuitas; y su indudable genialidad. Instruyéndose (y distinguiéndose) en las mejores instituciones de Quito (el colegio jesuita San Gregorio y la Santo Tomás de Aquino), Espejo logró ser médico en el Hospital San Juan de Dios y, gracias a su pasión por los libros (era un ávido lector, que leía incluso el francés, el latín y el griego), fue bibliotecario de la Biblioteca Pública de la ciudad.

Reproducción del primer ‘periodico’ del país, las ‘Primicias de la Cultura de Quito’ (1792) de Eugenio Espejo.

Aquí, editó el primer periódico/revista de Quito (Primicias de la Cultura de Quito) y creó la selecta Sociedad Patriótica, lo que le permitió codearse con la nobleza local (por lo menos doce de los miembros de este grupo conformarían la Junta Suprema independentista de 1809). El reconocimiento de su cultura y preparación por parte de sus contemporáneos, muchos de ellos criollos de gran importancia, nos muestra su relevancia sin precedentes en la vida social quiteña.

Se lo podría calificar de muchas cosas – de microbiólogo, de periodista, de sociólogo, de reformador social, de novelista, de indigenista, de feminista, de grafitero, de independentista, de activista – pero no fue ninguno – no pudo haberlo sido – pues ninguno de estos adjetivos existían cuando él vivió.

Podemos hablar quizás de político, investigador, científico, abogado, filósofo, escritor, pero en realidad, fue tan sólo médico y bibliotecario. Su legado, sin embargo, es el de un visionario cuyo espíritu crítico y autónomo hizo que abarcase tantos frentes en una sola vida. Espejo fue el genio quiteño por excelencia y como el espejo mágico de la reina, no se cansó de revelarle a la realidad colonial lo mucho que le faltaba para igualarse a la inmensidad de su mente e ingenio. Quizás existen, incluso hoy, cosas que aprender de Espejo. Debería estar en la biblioteca de todo quiteño de verdad.

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