Equinoccios en la niebla: la ruta de La Condamine a Quito

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Perderse en la selva es fácil. La incesante repetición de hojas, ramas, troncos…  un laberinto perfecto. La única referencia: la pendiente de los Andes. Y subirlos a pie y solo, sin otro recurso que la fe ciega de alcanzar el destino, es la labor de una leyenda…

Sólo los Yumbos de selva adentro encontraban caminos donde no existían. Y para alguien como La Condamine, esta simple información bastaba: pronto imaginó la posibilidad de atravesar junglas y montañas en línea recta desde Manta hasta Quito, imantado a la línea imaginaria del ecuador. ¿Por qué querría separarse de su equipo, sus únicos conocidos, sus coterráneos, y lanzarse solo a la aventura en tierras hostiles, desconocidas incluso para los locales? Ya le habían dicho que la única carretera transitable hacia Quito salía desde Guayaquil, (y no era un trayecto fácil).

Quienes conocieron a La Condamine en los días de su llegada – personas que en poco tiempo llegaron a apreciarlo mucho -, hicieron lo posible por disuadirlo. La muerte en los Andes era inevitable para un hombre de su refinamiento. Aquella extravagante peluca no serviría de resguardo alguno frente a una naturaleza indomable, dominada por bestias furiosas, peñascos, enfermedades y lluvias torrenciales. Sin prestar atención a los avisos, La Condamine preparó su viaje. Se llevó a un grupo de guías locales, quienes lo abandonarían en plena travesía; y sí, llegó a Quito. En harapos.

Por supuesto, parte del encanto es imaginar al francés con mancuernillas de oro y telas innecesariamente abultadas, penetrando fangosos bosques, embarrando de lodo sus sedosos pantalones. Pero La Condamine no fue tan iluso como para afrontar la “zona tórrida” con tanta pizpireta elegancia. Él mismo relata que limitó sus efectos personales a un “traje de guerra” y una hamaca. El sinsentido aquí, por supuesto, fue llevar instrumentos geodésicos, especialmente el cuadrante. Había intercambiado el suyo, más pequeño – y por ende mucho menos aparatoso -, con su colega Bouguer, que le dejó uno pesadísimo. Para colmo, no pudo montarlo ni una sola vez. Las espesas nieblas, incesante lluvia y frondosa cubierta del bosque imposibilitaron cualquier intento de distinguir distancia alguna.

Desde un principio decidió no escalar los peligrosos cerros de la cordillera litoral y avanzó hacia el norte, bordeando la costa en una pequeña piragua, hasta encontrar “la ría” que le permitiera penetrar las espesas marañas de una de las zonas más húmedas y torrenciales del mundo. Rechazó también la amplia entrada de Bahía de Caráquez, lo cual tenía sentido solo conociendo la geografía del país. Sin mapas (pues fueron él y Bouguer quienes empezaron a trazarlos), no habría parecido mala idea hacer el cruce por aquí:  “la línea recta hasta Quito”. Se habría encontrado con una calzada “tan pantanosa que no pasaban las mulas cargadas”, esto según Pedro Vicente Maldonado, quien quizás conoció antes, incluso, de realizar la travesía y le habría sugerido continuar hasta la boca del Esmeraldas, avanzando así con gran agilidad hasta el río Blanco.

En la actualidad, algunas comunidades de la zona siguen utilizando los ríos para movilizarse, aunque no existe un sistema de navegación idóneo, como hasta inicios del siglo pasado. El tramo se hacía a contracorriente sobre el Esmeraldas hasta Puerto Quito (o Puerto de Quito, según aparece en el mapa de Maldonado y La Condamine). La pendiente y estrechamiento de los ríos hacía necesario desembarcar en este punto y continuar en mula o caballo hasta la capital, casi una semana de trayecto. Hoy toma cinco o seis horas recorrerlo en auto. La Condamine tardó bastante más de ocho días; el famoso ‘puerto de Quito’ no existía aún.

La travesía fluvial se suscitó sin mayores contratiempos. Pero una vez que empezó la escalada de los Andes, con el pequeño grupo de cargadores que lo acompañaba, lo que había parecido fácil se convirtió rápidamente en una pesadilla. Fue abandonado a su suerte en medio de la selva. Solo, sin mulas, caballos ni provisiones, no tardó en enfermar. Caminó sin dirección certera, con su brújula intentando dilucidar la vía al este. Comía frutas de las ramas y raíces del suelo, bebía agua de los ríos que encontraba. Y la poca comida que encontró fue la dieta que lo ayudó a mejorarse. Esta ruta y su historia lo tienen todo para figurar entre las grandes odiseas del continente, pero para esta misión geodésica era sólo la punta del iceberg.

Midiendo el arco

Si bien La Condamine no logró realizar mediciones de la zona – al final de la misión Bouguer volvería para hacerlo -, empezó a trazar mapas de asombrosa precisión.

Marcando el paso
Del Puerto de Quito a Quito

Reserva Canandé: Un mundo preservado en el corazón de Esmeraldas, refleja la naturaleza indomable que quizás encontró La Condamine en la región.

Mirador Río Blanco: A más de ofrecer un verdadero show de aves en sus comederos, la vista del río Blanco es impresionante, aún más al pensar en la distancia que tuvo que escalar La Condamine desde el río.

Mindo: Hoy es un lugar lleno de actividades, incluyendo tiendas de souvenirs, tours de chocolate (en Quetzal), la excelente pizzería La Mecha, mariposarios, muchos lugares donde hospedarse, tubing en río Nambillo, o el cruce en tarabita, un ejemplo moderno de las tarabitas coloniales.

San José de Milpe: Si bien San José de Niguas, pueblo yumbo, desapareció por siempre, San José de Milpe representa hoy un hermoso paraje de selva, repleto de vida silvestre.

Yunguilla y Alaspungo: Los culuncos de estos lugares conectaban costa y sierra; algunos segmentos existen aún. En caminatas de varias horas son excelentes rutas de senderismo, a través de auténticas ruinas prehistóricas.

La Ecorruta: La antigua ruta de Pedro Vicente Maldonado es hoy una hermosa vía lastrada, escoltada por vegetación tupida, al encuentro de puentes colgantes y el cristalino río Alambi, que serpentea bordeando las montañas.

Tulipe: Un fabuloso museo de sitio que celebra la existencia de los yumbos en la zona, ubicado sobre las antiguas ruinas de un observatorio astronómico preincásico. Prueba su excelente licor de caña, y sus muchos sabores.

Nono: El pequeño y simpático pueblo de Nono es buen lugar para comer o realizar cabalgatas. Un eje de la ruta de Maldonado, quizás el último pueblo “colonial” antes de penetrar las profundidades de la selva.

Fotografías: Jorge Vinueza

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