En Manta se come en Martinica

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Nunca nos imaginamos que en una ciudad pequeña como Manta nos encontraríamos con un lugar como Martinica. Desde el momento en que uno ve la casona desde la calle, llaman la atención sus colores, construcción, su aire distinto. Una vez que uno se hace paso hacia el interior acogedor, de mesas de madera con manteles, de pare­des de tonos cálidos, de objetos, decoración y cuadros escogidos deliberadamente para crear un ambiente de distinción, uno comprende que está en un lugar especial.

Nuestra experiencia, no hay duda, tomó un giro aún más especial cuando el chef y propietario Omar Rivadeneira vino a nuestro encuentro, ofreciéndonos una degustación de una variedad de platos, para que realmente “podamos entender su esencia”. Aparecieron una extensa lista de platos: un Carpaccio de pulpo con tomate de árbol y llapingachos en miniatura, un suculento cochinillo, un langostino de Galá-pagos sobre una cama de espagueti en azafrán. Cuando el mesero retiró el caparazón, todas las caras de los presentes se iluminaron. Mientras probábamos, no sabíamos con qué plato quedarnos. Todos eran especiales y diferentes. Todos los sabores, impregnados en cada salsa, en cada carne, en cada bocado, tenían su propio peso, su propia esencia, eran, cada uno, un pequeño universo de sabor por derecho propio.

Martinica lleva once años marcando su propio camino en Manta, convirtiéndose en uno de los lugares insignes de la ciudad y uno de los restaurantes a visitar en el país. Su menú es, evidentemente, una celebración de los ingredien­tes que se utilizan, muchos de los cuales son locales, pero no por ello se deja de importar lo necesario, cuando se lo requiere. No es un menú que se encasilla en un estilo específico. Si bien se basa en lo tradicional, es absolutamente innovador. Y al “entender su esencia”, pudimos entender su diversidad.

Luego de conversar un rato con Omar, nos encontramos con un verdadero apasionado de la cocina. Su mayor placer es cocinar y más que una profesión, es una forma de vida. Chef de larga data, sus años de estudio y experiencia se remontan a su juventud, y ello se evidencia en cada receta. “Lo importante es potenciar cada sabor,” nos explica. “Cada producto los trabajo y bajo la técnica que requieran van adquiriendo aromas que cuando llegan a la mesa, hacen el deleite de la gente que nos visita”.

Hay, por ende, muchas versiones de platos locales, tradicio­nales, como el singular “hornado” de atún, con su salsa de maní y trocitos de plátano maduro, o una menestra tradicio­nal de fréjol llamada molineado, basada en recetas antiguas del campo, cuando se rompían fréjoles con un molinillo; con cebolla caramelizada, aceite de oliva y una reducción lenta. Entre lo más apetecido está el Ceviche de Jipijapa, un plato que se ha mantenido desde que fue incorporado hace ocho años, convirtiéndose en un clásico.

Comer en Martinica es inolvidable, una aventura culinaria completa que empieza por los pescados y mariscos tan accesibles de la costa aledaña, pero que se extiende a todo tipo de carnes (res, cordero, cerdo, pato). Cada plato, cada versión, cada sabor, un viaje.

Uno se despide con sólo una cosa en la mente: “tengo que volver, tengo que decirles a todos que vengan acá”. Porque si estás en Manta, sería una lástima no comer en Martinica.

Contacto
Cdla. Umiña #2, Mz I, Lote 1,
Vía a Barbasquillo, Manta

(+593 5) 261 3735

info@martinica.com.ec / www.martinica.com.ec

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