En la sombra de la Mama Negra

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Texto: Ana Cristina Espinosa

Fotografías: Yolanda Escobar

La Mama Negra, fiesta única que sólo se celebra en la ciudad de Latacunga, honra a una Virgen de Volcanes y da paso a su misteriosa protagonista, un hombre vestido de mujer, con turbante, una colorida y ataviada blusa, largos zarcillos dorados, labios pintados de rojo y la cara pintada de negro.

Caminando por las bulliciosas calles de Latacunga, nos abrimos paso entre la gente del pueblo que vende exquisitos manjares típicos de la ciudad. Nos guiamos por nuestros oídos, escuchando a lo lejos una multitud aclamando a gran voz. Se puede distinguir entre los seguidores a la estatua de la Virgen de las Mercedes, que con su túnica blanca resplandece con los rayos del sol. “¡Viva la Virgen! ¡Viva Latacunga!”

Es el recorrido de la misa campal en honor a la figura religiosa principal de esta pequeña ciudad, cuyo atractivo principal, si nos ceñimos a la geografía, es su cercanía al emblemático volcán Cotopaxi. Logramos llegar al inicio del desfile, al encuentro de cuatro hombres devotos que sostienen el pedestal sobre el cual descansa la Virgen. Es cuando veo y conozco a Jorge Aymacaña, quien sostiene el pedestal por el lado derecho frontal. Su rostro refleja años de sabiduría y, a pesar del calor, no se deja vencer por el cansancio.

Nos guiamos por nuestros oídos, escuchando a lo lejos una multitud aclamando a gran voz.

Intercambiamos palabras en medio de las exclamaciones, cantos y las vivanderas arrojando pétalos de rosa que llueven sobre nosotros. Además de ser latacungueño de nacimiento y un fiel devoto a la Virgen, Jorge se destaca entre todos los feligreses que caminan junto a él por el papel que ha interpretado *y lo ha definido) durante 15 años: capitán y prioste principal de la celebración de la Mama Negra. Solo horas después, cayendo la tarde, mi paciente espera da sus frutos. Jorge entrega el pedestal y nos sentamos a conversar de verdad.

El fuerte olor a fritada y mote de las chugchucaras seduce a todo que pase por Latacunga. Y en las fiestas se las consume con gusto, prueba también su emblemática allulla (galleta de sal) acompañada con queso de hoja, o sus tradicionalísimas tortillas de maíz con queso. Para los que quieren un poco de dulce, no pueden faltar los crujientes aplanchados o los buñuelos que se deshacen en tu boca.

En el ambiente cálido de fiesta, alegría y hermandad del 23 y 24 de septiembre, desfilan por las calles los devotos que han formado parte fundamental de esta ocasión, reconocida como la fiesta oficial de Latacunga. Entre indígenas bailando al son de la música, como si los expulsara la brocha de un gran pintor, aparecen personajes sacados de un cuento para niños. Se alcanza a divisar a un hombre con una bandera de mil colores, el rey Moro; un niño disfrazado de ángel a caballo; los guacos haciendo las limpias a los presentes; luego ella, destacada entre todos, una mujer (en realidad es un hombre disfrazado con su cara pintada de negro) vestida con un atuendo de excepción, saludando con vehemencia a la multitud. Lleva su muñeca (su hija, la Baltasara) en brazos y lanza leche perfumada con un soplete mientras los champuseros guían el caballo. A pocos pasos la escolta el capitán, luciendo orgulloso su uniforme y su sable, acompañado por los “engastadores”, sus fieles acompañantes. Podrían parecer disfraces, pero cada uno tiene su significado.

Entre indígenas bailando al son de la música, como si los expulsara la brocha de un gran pintor, aparecen personajes sacados de un cuento para niños

“El capitán es el que está al frente de todo”, explica Jorge. “Hasta la misma Mama Negra le da respeto, porque ella es la mujer del capitán y solo puede bailar con él”. Su personaje representa autoridad, y tiene a su cargo la gran tarea de organizar la fiesta. Recurre a jochas, o pedir favores a sus vecinos para que ofrezcan contribuciones al festejo. Organiza todo junto con las vivanderas del mercado de El Salto; todos con un objetivo, rendir homenaje a la Virgen de las Mercedes. “Festejamos en honor a nuestra madre por todos los favores que nos hace. Ella nos cuida de las erupciones y se merece nuestra devoción,” dice una apasionada seguidora, Susana García, vivandera latacungueña.

La curiosa figura de la Mama Negra tiene varias interpretaciones acerca de quién es y por qué es la protagonista. Se cree que la celebración data de épocas coloniales, pero el personaje aparece, oficialmente, a mediados del siglo XX, siendo el latacungueño Jorge Montalvo el primero en pintarse el rostro de negro y declararse la personalidad de la fiesta. Estudiosos del tema ofrecen teorías, pero el misterio la envuelve. Podría ser un híbrido de tradiciones españolas e indígenas. O un reflejo de la expulsión de los moros de España; una festividad ancestral que los españoles permitieron festejar en sus comarcas y que fue mutando con las épocas. Los personajes de origen ibérico son indiscutibles: Gabriel Arcángel, el Rey Moro, el Abanderado, entre otros; también las figuras indígenas: los guacos y champuseros.

Las vivanderas de los mercados La Merced y El Salto están a cargo de la organización de la fiesta de la Mama Negra en septiembre. La logística recae sobre ellas, que donan y preparan la comida que alimentará a cada participante durante las dos fechas. Ellas inician días antes: pelan papas, cuyes, gallinas, preparan litros de chicha porque aseguran que la Virgen de La Merced les devolverá el doble.

Algunos aducen que la Mama Negra era nodriza de la Virgen María, y que al ser liberada, su personaje pasó de reina mora oprimida a libertadora de los esclavos que trabajaban las minas de El Salto, vecinas a la zona. E incluso, los pobladores insisten de que la Virgen de las Mercedes los protegió de erupciones del Cotopaxi como la de 1742. Los capítulos incompletos se siguen escribiendo en el presente. Cada feligrés con su versión lleva el peso de la tradición de sus antecesores, y cada uno tiene su motivación para celebrarla. Incluso, en el siglo pasado, el gobierno latacungueño la proclamó su fiesta oficial por la independencia de Latacunga, que se celebra en otra fecha: el 5 de noviembre. ¡Sí, dos Mamas Negras para prender a la ciudad durante el año!

Luego de ser prioste principal, y con la mirada altiva por haber cumplido una anhelada meta, Jorge está entregando su posición este año. “Hice un juramento a nuestra madre santísima que estaría al frente por doce años”, me explica. Confiesa que problemas graves de salud amenazaron con detener su misión y que tuvo que rezar para “quedarse” más tiempo. “Gracias a eso estoy aquí, tres años después”. Su labor en la festividad no ha terminado. Sabe que deja un legado a quienes lo rodearon. “Es un honor, un orgullo; ser capitán es ser un personaje de ejemplo y eso he dejado. Ni me chumo ni llego borracho a la casa. Doy ese eterno agradecimiento”. Junto a sus trajes de capitán, le saca brillo a su sable, donde se refleja la luna, sentada, gorda y blanca, sobre la cima del Cotopaxi.

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