El vigía del volcán

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Escrito por: Bernarda Carranza

Fotos: Paula Holguín, Juan Sebastián Rodríguez

Carlos Sánchez Carrasco es bajito, pero se para firme, como quien no tiene nada de qué avergonzarse. Cuando habla, su voz resuena a través de la estación de monitoreo volcánico que él mismo construyó y él crece… gana por lo menos 50 centímetros al llenar sus pulmones. Ésta historia la ha contado muchas veces. Se la sabe de corazón. Pero su tono devela que la quiere seguir contando con la misma pasión mil veces más. “Mi compromiso es con Baños,” expresa sin titubeos. Exmilitar y bombero, a sus 76 años Carlos tiene su profesión engranada en la piel.

En septiembre de 1999, el Tungurahua entró en un proceso eruptivo y para el mes de octubre la ciudad de Baños y sus 18.000 habitantes ya la habían tenido que evacuar. Carlos, quien décadas atrás luchó contra el Perú en la frontera, no se conformaba con quedarse con los brazos cruzados. El primero de noviembre de ese año volvió a su ciudad con una idea. “Daré la alerta temprana,” recuerda aguerrido: “no importa lo que me pueda pasar a mí. Yo soy uno en la montaña frente a toda la población.”

Se instaló en la propiedad de su familia, ahora conocida como la Casa del Árbol, ubicada a 30 minutos de la ciudad (por la vía a Luna Runtún). Lugar ideal para observar de lleno el flanco occidental del Tungurahua y de Baños, indefensa a sus faldas.

Tomó su rol tan en serio que pasó semanas con escasa comida anotando ferozmente la actividad diaria del coloso, sin dar noticias a su familia (su esposa sospechaba lo peor). “Es verdad, estaba con otra como ella pensaba,” dice de pronto, observando nuestra reacción. “¡Con la Mama Tungurahua, pues…!” se explica entonces y libera una carcajada.

El 14 de julio de 2006, el Tungurahua produjo la erupción más grande que ha tenido en 88 años y Carlos –quien ya reportaba sus informes de monitoreo al Instituto Geofísico— fue el primero en darse cuenta de lo que venía.

“Le informé a la ingeniera Patricia Mothes que había un flujo de material piroclástico en el río Bascún y le dije también que sentía un fastidio en la respiración,” recuerda. La ingeniera le dijo que corriera por su vida, pero él permaneció firme en su posta.

El columpio al fin del mundo

Carlos y su familia jamás imaginaron que el columpio casero que construyó con dos sogas y una tabla en 2006 iba a ser famoso. Ni que la foto que se tomaría un turista esloveno en 2014 columpiándose con el Tungurahua en pleno proceso eruptivo en el fondo iba a ganar un premio de National Geographic. Hoy, si no te tomaste tu foto en el columpio, no estuviste en Baños.

Para Carlos, la construcción de su casa de árbol no era nada más que “un trabajo de inteligencia militar”. Tenía como referencia una casa más grande de madera ceñida a un árbol que usaban para observación militar con un banco hecho de doble pieza de balsa para filtrar las balas del enemigo. Construyó algo similar para monitorear el volcán. El columpio que ató a una rama fue más para pasar el rato. El Facebook se encargó del resto, con un meme que se hizo viral. Quizás lo has visto: “El Columpio al Fin del Mundo… ¿Te montarías?”.

Aparte de tener al Tungurahua de fondo, estás sobre un precipicio rodeado de nubes. No se parece a ningún columpio que hayas visto en tu vida.

Dado al número de turistas que lo visitan (hay una ruta de bus diaria que sale del centro de Baños), el Ministerio de Turismo se vio obligado a intervenir en la seguridad. Un equipo del GOE lo probó para dar su diagnóstico. Implementaron una cuerda adicional y las reemplazaron por cuerdas más fuertes; “hay cascos,” explica el hijo de Carlos, Carlos Vinicio, “pero nadie quiere usarlos; prefieren que la foto muestre la adrenalina de columpiarse sobre un abismo.”

Ahora, con toda una infraestructura a su alrededor –una tarabita, dos columpios más pequeños para quienes no se sienten tan temerarios, un área de comidas y personal que te ayuda a columpiarte lo más alto posible (para sacar la mejor foto)— Carlos no se distrae de su cometido original.

Asombran su colección de cenizas volcánicas de cada una de las erupciones desde 1999; las bitácoras que ha llenado religiosamente desde hace 19 años, todos los días, con la actividad del volcán; las fotografías y gráficos del Tungurahua. A fin de cuentas, pese a la amenaza y las erupciones, Baños sigue en pie… con solo unos pocos rasguños. El milagro siempre se lo ha adscrito a la Virgen de Agua Santa. Pero Baños tiene otro guardián, el que vigila desde de su casa del árbol.

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