El Pase del Niño Viajero: Viaje ‘ida y vuelta’ de pasión popular

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Hay quienes no pueden concebir un festejo navideño sin Papá Noel. Y por eso, durante el desfile del Pase del Niño Viajero del 24 de diciembre, en Cuenca, lo encontramos como intruso habitual, montado sobre un borrico cubierto en chupetes, con botellas de ron que guindan de la montura, con cerdos o cuyes asados pegados al lomo del animal. Digna de un filme de David Lynch, esta visión es asombrosamente fiel a una celebración que se remonta a la Cuenca colonial.

Es en el Museo de las Conceptas donde nos topamos con una antigua escultura que revela la autenticidad del , en la que un joven, a caballo, lleva juguetes, instrumentos musicales, golosinas y un cuy hornado para regalar. Hoy, quizás los juguetes sean de plástico y, en algunas ocasiones, los caballos terminan siendo las mascotas de la casa, pero la esencia es la misma, no ha cambiado en todos estos siglos.

El Pase del Niño del 24 de diciembre es la fiesta más concurrida de la Cuenca de hoy.

Su protagonista, el llamado ‘Niño Viajero’, es una imagen policromada esculpida por artesanos anónimos en 1830, y tiene también su historia. El Monseñor Miguel Cordero Crespo recibiría como herencia la figura y al sentir un enorme afecto hacia la misma, se decidiría por llevarla a conocer la Tierra Santa, consiguiendo, en el trayecto, la bendición del propio Papa Juan XXIII. De regreso en Cuenca, la figura fue reconocida y venerada como el Niño Viajero y, desde entonces (1961), la tradición tomó su giro de fe y fervor actual.

Desde las 9 de la mañana, los fieles hacen fila frente a la imagen colocada sobre un pedestal a las puertas de la Iglesia del Carmen, y después de esperar su turno durante horas, se acercan, uno por uno, para tener un “momento a solas” con Él. Le besan los pies y rezan con vehemencia. Muchos son migrantes que han cuadrado sus respectivas visitas a la familia para no perderse el desfile, logrando así rendirle tributo a este patrono no declarado de sus vidas en ultramar.

Cerca de 30.000 personas participan.

Crean una procesión tan gruesa como la avenida y tan larga como el centro histórico, junto a los llamados carros alegóricos – camiones vestidos con coloridas mantas y decoraciones (los más apoteósicos procuran recrear, incluso, las puertas del cielo).

El desfile, dedicado, por extensión, a los niños y niñas de la ciudad, es liderado por los mayorales y mayoralas de cada comité, barrio o comuna. Por muchos años, era la panadera Rosa Pulla quien se tomaba el esfuerzo de elegir a cada uno de estos personajes, ofrendando, seis meses antes del evento, cestas de regalo a diferentes familias a través de la región (no sólo en Azuay, pero en Cañar y Morona Santiago también), para que sus hijos participasen en el pase. Rosa Pulla vive aún en la memoria de este día tan especial, como una estrella sobre mayorales y mayoralas que guían a sus grupos a caballo, ellas vestidas con coloridas lligllas, ellos con elegantes chalecos bordados.

PH: Jorge Vinueza

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