El oasis de Anelio

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El camino que se recorre desde La Concordia (Santo Domingo) hasta El Carmen, también conocida como ‘la Puerta de Oro’ de Manabí, empieza a definir la región costera. El cambio más claro que se aprecia en el paisaje es la ubicuidad de palma africana y árboles de banano.

Una vez en El Carmen, tomamos un estrecho camino hasta el hogar de Anelio Loor, oriundo de la pequeña parroquia de San Isidro. Se trata de un pedacito de selva conservada en medio del litoral, rodeada por numerosas hectáreas de monocultivos y parcelas destinadas a la ganadería.

“Bienvenidos, ya les abro la puerta eléctrica”, bromea Anelio al vernos, mientras desempata una puerta de madera que él mismo construyó. Un verdadero oasis se despliega frente a nosotros, solo que en lugar del desierto, vemos pastizales sin árboles; y en lugar de la laguna, nos encontramos con este bosque rebosante de vida.

Las tres hectáreas del lugar representan una verdadera isla, rodeada de terreno destinado exclusivamente para el comercio. Si uno vislumbra alguna palma nativa, elevándose solitaria sobre el paisaje, es mera coincidencia. Como diría el botánico Thomas Couvreur, científico que trabaja con el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo, con quien realizamos la visita: “son cementerios vivos… son árboles que no pueden procrear; su soledad básicamente marca el final de su linaje”. Pero Anelio ha hecho todo lo contrario en su reducto. Ha logrado que sus palmas (y cientos de especies de árboles) permanezcan intactos. Para algunos científicos, Thomas incluido, es un ‘héroe de la conservación’. A pesar de no ser parte de la comunidad científica, protege su ecosistema contra viento y marea.

“Estas tierras pertenecieron desde hace mucho tiempo a mi familia”, explica Anelio: “y poco a poco se convirtieron en las únicas en no ser taladas”. Esto nos lo dice en su nuevo ‘espacio de conferencias’ que acaba de construir. Busca financiamiento para el proyecto de conservación, pero no es fácil. Solo le acompañan dos vecinos preocupados por conservar sus pedazos de tierra como Anelio y son los únicos en toda la zona. “Veía con tristeza como lo talaban todo”, añade, inevitablemente soltando una lágrima al preguntarse por qué hemos llegado a este punto de desconexión con la naturaleza.

Un túnel de árboles

Nos preparamos para entrar, a la selva circundante que parece reverberar con su movimiento interno, oculto detrás de un telón de hojas. Me cuesta imaginarlo cuando en lugar de tres hectáreas había 15 000… vírgenes. Aún así, la biodiversidad es amplia. Anelio, junto a Thomas, llevan recopilando por mucho tiempo información del lugar para explicar lo importante que es conservarlo. Dada la destrucción que lo circunda, hay poblaciones de especies vitales para su supervivencia. Se han registrado 105 especies de aves; monos araña, monos aulladores, machines, tigrillos y cientos de plantas… “Es todo un ecosistema idóneo para la conservación, en una región donde nadie está pensando en esto, donde la frontera agrícola ya no tiene fronteras a donde ir, salvo ésta…”, explica Thomas.

En este espacio se permite la función de la regeneración, tanto para la flora como la fauna. Pero las fuentes de agua no están siendo protegidas. “Todo el entorno está colapsando”, explica Anelio con decepción. Algunas especies de palma como el moral fino, el pambil, el caucho y la caoba están desapareciendo. Hay rezagos que podrían indicarnos que no es así, pero la realidad es que el suelo de los alrededores está desgastado y no permite que el hábitat se siga reproduciendo. Cada árbol es hogar y sustento para aves, mamíferos, insectos, anfibios… los cuales tendrán que seguir buscando nuevos espacios para procrear, que no los hay en estos alrededores, y de esta manera se anticipa su extinción.

Tres hectáreas de luz

Gracias al trabajo dedicado de Anelio esta realidad podría ser diferente. A través de programas de reinserción de especies en colaboración con otras instituciones ecuatorianas interesadas, se podría contrarrestar la pérdida y el aislamiento de este pequeño nicho de vida. Se planea crear un centro de conciencia con actividades de senderismo, charlas y voluntariado. El objetivo es además escribir guías para el turismo ético y responsable que amplíe la visión de las personas locales como potenciales agentes de cambio.

Anelio cuenta su camino hasta aquí, una especie de parábola por la vida, con cierto grado de indolencia.  Hace algunos años “cayó en las garras de una petrolera” por razones económicas. Luego, su visión conservadora lo llevó a formar parte del prometedor proyecto Yasuní ITT dedicado a dejar el crudo bajo tierra. La comercialización del tema y la supuesta conservación de esta área lo llevó a cuestionarse sobre cómo se gastan millones de dólares para llevar el mensaje. “Pura pantalla mediática”, dice ahora: “y en cuanto a la práctica… nada”.

Es por ello que, desde su regreso a El Carmen, dedica su vida a esta pasión. Quiere “llevar su voz al mundo” y cree firmemente que la verdadera educación proviene de sentirse cercano con la naturaleza de la cual uno proviene. Por eso, hay que empezar desde la casa, “desde mi tierra natal”, en estas tres pequeñas hectáreas de luz al final de un túnel de destrucción.

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